El susurro del cuervo blanco Capítulo 7 — La Montaña Blanca #2
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Capítulo 7 — La Montaña Blanca #2

—Nos queda exactamente lo que nos queda por caminar, Irene —le respondió el guía con una sonrisa de viejo zorro de montaña—. Grábate esto: cada zeta que completamos con éxito sobre esta pedrera nos vuelve sustancialmente más listos y sabios que la revuelta anterior.

—Pues si esa regla matemática se cumple de forma estricta, te garantizo que voy a finalizar la jornada de hoy transformado en un auténtico sabio de la antigüedad —bufó Bruno, deteniéndose un instante para enjugarse el sudor de la frente.

—Y con unas agujetas monumentales localizadas directamente en las neuronas del cerebro, compañero —añadió Irene con presteza, y el sonido de la broma compartida sirvió para aflojar de golpe la rigidez muscular que empezaba amenazar al grupo.

La Collada del Collado Ronzón se presentó ante ellos emulando el contorno de una majestuosa puerta de piedra tallada por los elementos. El viento del norte cruzaba el paso de forma apresurada, rugiendo con fuerza entre las canales calcáreas, sin tomarse la molestia de saludar a los humanos.

—Desde este hito exacto hasta alcanzar la posición del vértice geodésico de la cumbre: nos aguarda una pedrera inestable y la superación de algún resalte de roca caliza bastante fácil —instruyó Mateo, verificando el estado de sus pupilos—.

Recordar son 2.417 metros de altitud, pasos cortos, mantened siempre tres puntos de apoyo en contacto con la montaña y sepultad los teléfonos en los bolsillos.

El tiempo para las fotografías llegará luego.

Ayko se agachó con presteza junto a una laja de piedra caliza que sobresalía del camino: la superficie del mineral lucía un grabado fino, nítido, un trazo doble acompañado de un punto perfectamente marcado.

Extrajo su terminal móvil, registró la imagen para sus archivos personales y se abstuvo de realizar cualquier publicación en sus perfiles digitales.

—He localizado este mismo grabado en mitad de las estancias de la cabaña de la collada ayer por la tarde —le susurró en voz baja a Laila, que se había detenido a su lado—. Guarda una identidad exacta con aquel, pero aquí se presenta de una forma muchísimo más limpia y definida.

—¿Y qué significado encierra ese símbolo en tu cuaderno de anotaciones, Ayko?

—En mi libreta en mi catálogo de signos está especificado bajo la acepción de “precio” —sentenció la japonesa, y su tono de voz no arrastraba ningún misticismo impostado; sonaba, puramente, atenta y analítica ante la realidad de la ruta.

Laila dirigió una mirada cargada de suspicacia hacia la posición de Mateo, pero el guía de montaña fingió por completo no percatarse de la interacción de las chicas.

Las advertencias solemnes que Carmiña les había formulado la noche anterior en el comedor en relación con los legendarios “diablos de Ubiña” regresaron de golpe a la mente de las implicadas.

El concepto abstracto de pacto cruzó la conciencia de tres personas al mismo tiempo en mitad de la Collada.

Pasado — La cueva y el viento

La luz de la tarde se cerró sobre las alturas de forma drástica y repentina.

Una formación densa de nubes de panza baja comenzó a correr a velocidad de vértigo ladera arriba, amenazando con devorar por completo la visibilidad del terreno.

El espolón calcáreo ofrecía escasas posibilidades de refugio para los jóvenes fugitivos.

—Dirijamos los pasos hacia esa oquedad —señaló Briga, extendiendo el brazo hacia una fractura de la roca.

En mitad de la caliza, se abría una pequeña cavidad natural: una cueva de dimensiones reducidas pero que se revelaba más que suficiente para sustraer los cuerpos de la acción directa del viento rudo de las cumbres.

Hicieron su ingreso en el habitáculo marchando agachados, adoptando una postura de sumisión ante la montaña.

El suelo interior se percibía glacial pero seco por el efecto continuo de la aspiración del aire exterior.

Sentados con la espalda firmemente apoyada contra la pared de piedra, los jóvenes procedieron a consumir las últimas provisiones que restaban en sus petates.

No se trataba de una tormenta de aparato eléctrico o truenos ensordecedores; era la soberanía de una masa de aire que empujaba con violencia todo objeto que osara interponerse en su trayectoria.

Con el firme propósito de espantar la inquietud creciente que amenazaba con adueñarse del refugio, Lía tomó la palabra para rememorar la historia de su abuela paterna, una mujer que demostró la capacidad de cocer pan directamente sobre la piedra caliente del hogar cuando la harina auténtica escaseó en el asentamiento.

Briga replicó de inmediato compartiendo el relato tradicional del perro pastor que poseía la destreza de abrir la empalizada del cercado empleando únicamente la fuerza de su morro.

Taran dejó escapar una carcajada exenta de ganas reales de festejo.

—Relatad otra historia más —solicitó Arawen, manteniendo la vista fija en la boca del refugio—. Continuad hablando hasta que el viento del norte tome la determinación de modificar su rumbo.

Lograron conciliar el descanso únicamente a intervalos cortos, manteniendo el cuerpo en un estado de alerta constante, emulando el comportamiento de un animal acechado en su madriguera.

Fue en mitad de uno de esos duermevelas de piedra y frío cuando Briga se sumergió en una negrura diferente.

Su mente no cayó en el cansancio del cuerpo, sino en un lugar profundo y olvidado.

En su sueño, regresó de golpe a la infancia.

Se vio a sí misma correteando entre los prados de Oueto, pero, de forma paulatina, una niebla espesa y asfixiante comenzó a brotar de la tierra, tragándose el paisaje.

El gris de la bruma se tiñó de un rojo denso, violento, el color de la sangre y del fuego que lo había devorado todo.

Se sintió perdida, atrapada en un laberinto sin salida.

Entonces, el frío de la pesadilla se rompió.

Una voz que no pertenecía a ningún hombre, un susurro sibilante que parecía modelado por el propio viento de las cumbres, le habló directamente al alma:

“ En lo alto todo se ve más claro... la niebla desaparece y los corazones se tiñen de aire puro. Sigue el sendero de la luz blanca.”

Un latido unánime y violento los devolvió a la realidad.

Los cuatro se incorporaron de golpe sobre el suelo de la cueva, con la respiración desbocada y el sudor frío pegándoles la ropa a la piel.

Se miraron los unos a los otros en mitad de la penumbra, con los ojos abiertos por el terror absoluto.

No hacía falta que hablaran; la vibración en el aire lo decía todo.

—La niebla... se volvía roja —consiguió articular Taran, con la mano aferrada instintivamente al pomo de su daga, temblando como nunca lo había hecho en un combate.

—Y la voz —añadió Lia, abrazándose las rodillas, con los dientes castañeteando—. Alguien hablaba en el viento. Nos decía que subiéramos... hacia la luz blanca.

Todos habían tenido exactamente el mismo sueño.

El pánico del grupo no era el miedo a un enemigo de carne y hueso, sino el pavor sagrado ante lo desconocido.

Era una sensación que sus mentes jóvenes no alcanzaban a procesar; una corriente eléctrica que les erizaba el vello y les encogía el estómago.

No conocían esa fuerza. ¿Era magia? ¿Una maldición?

En la cultura de sus mayores, el mundo invisible siempre caminaba de la mano de los vivos.

En el silencio sepulcral de la cueva, atrapados entre el asombro y el miedo, los cuatro comprendieron que las viejas historias de las brañas eran reales.

Las Xianas desde las fuentes, los Trasgus desde la maleza o los propios Ancestros protectores les estaban hablando directamente a ellos.

La montaña los había reclamado. El sendero ya no era una simple ruta de escape; se había convertido en una prueba mística de la que ninguno de los cuatro podría escapar.

Al despuntar las primeras luces de la aurora, la nota monótona y grave que había resonado incesantemente en la entrada de la cueva cesó por completo de golpear sus oídos.

Abandonaron el cobijo arrastrando unas piernas parcialmente dormidas por la falta de circulación y contemplaron con asombro cómo la imponente silueta de la Montaña Blanca, alzándose ya a escasa distancia de sus posiciones, se erigía majestuosa por encima de la creación entera, emitiendo una luz blanca deslumbrante por el reflejo del sol sobre su roca de caliza pura.

—¡Mirar la Luz! — exclamo Lía.

—¿Sera esa la luz blanca de nuestro sueño? — pregunto Briga, con duda e intrigada.

—Allá arriba, en esa cumbre, se produce el final definitivo del miedo de los hombres o bien se inicia el despliegue del mundo real —afirmó Taran, contemplando las aristas calcáreas.

—O tal vez acontezcan ambas realidades al mismo tiempo, Taran —sentenció Arawen, ajustándose el cuchillo de caza.

Presente — Ascensión a Peña Ubiña

Desde las inmediaciones de la Collada, la pendiente del sendero se transformó de forma definitiva en un alfabeto indómito de piedras sueltas y canchales inestables.

El rumor del viento del norte incrementaba su intensidad a cada paso que daban, conforme el contorno del mundo conocido se reducía de tamaño bajo sus botas.

Noa se emocionó en silencio, conteniendo las lágrimas ante la inmensidad del paisaje; Laila respiraba profundamente, estaba por primera vez sin preocupaciones de sus actos, diciéndose a sí misma: — Por esto vine yo hasta aquí “Esto es el Paraiso” ; Paula se apresuró a ofrecer uno de sus bastones a Irene para facilitarle la superación de un resalte de roca especialmente expuesto; Ayko no dejaba de admirar los paisajes y el sonido del viento, murmurando mientras su mirada se perdía en cada piedra que cruzaba.