El susurro del cuervo blanco Capítulo 7 — La Montaña Blanca
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Capítulo 7 — La Montaña Blanca

Pasado — La huella de la guerra

El bosque protector de la ladera inferior se abrió finalmente ante los ojos de los fugitivos de forma abrupta, emulando el contorno de un telón descosido por el uso.

Los árboles centenarios, que hasta ese momento habían cerrado filas en torno a sus pasos, comenzaron a presentarse cada vez más dispersos y raquíticos, cediendo el terreno a un viento rudo y glacial que transportaba un inequívoco aroma a piedra lavada y a agua estancada bajo los mantos de nieve.

Arawen avanzaba encabezando la marcha junto a la pequeña Lía, Taran y Briga a través de una rampa pronunciada de hierba corta y agostada por la escarcha.

El propio aliento de los jóvenes se transformaba de inmediato en una densa nube blanca al abandonar los labios.

El barro de las jornadas previas había desaparecido por completo del mapa; en su lugar, se abría paso un suelo calcáreo, firme, áspero y cruel con las plantas de los pies.

Avistaron las estructuras del asentamiento de montaña desde una distancia considerable: tres chozas modestas con los techos de paja hundidos por el peso de las estaciones, un cercado para el ganado vencido sobre la vertiente y un pozo de agua comunal burdamente tapado mediante el empleo de una gran losa de piedra plana.

No se percibía el menor rastro de humo en el ambiente, ni el ladrido de advertencia de los perros pastores, ni el eco de las voces humanas.

—Permaneced ocultos en esta posición —ordenó Arawen a sus compañeros, deteniendo la fila.

Se aproximó al complejo midiendo cada uno de sus apoyos sobre el terreno.

El silencio que impera en los lugares que han sido abandonados a la prisa posee la particularidad de pesar de una forma drásticamente distinta en el alma.

Al aproximarse al dintel de la choza principal, descubrió varias lanzas de madera partidas y arrojadas entre la maleza, así como los dedos negros del fuego congelados en forma de carbonilla sobre los travesaños de la entrada.

Disperso en el suelo del habitáculo, yacía un collar de cuero adornado con cuentas de hueso tallado.

Unos metros más allá, dos claros de tierra removida revelaban la presencia de entierros rituales ejecutados a medias; la cruda constatación de huidas que se habían consumado del todo ante la inminencia del peligro.

—Sufrieron una pelea violenta en este lugar —afirmó Taran, que se había aproximado arrastrando los pies a pesar de la prohibición de la muchacha.

—Se marcharon a la carrera, Taran —le corrigió Lía, examinando el entorno—. Nadie se toma la molestia de sellar la boca de un pozo con una losa de ese calibre si alberga la menor intención de regresar a la jornada siguiente.

Arawen clavó su mirada en la inmensidad del valle inferior, albergando tal vez la débil esperanza infantil de localizar la silueta de su madre Mäelis recortándose sobre la línea de la hierba.

—Marchémonos de aquí de inmediato, Arawen. Aquí arriba, en mitad de esta desolación, todo da un miedo atroz.

—Hay un olor que no me gusta nada—apunto Briga—Huele a carne quemada de varios días, los espíritus están cobrando su tributo.

Taran asintió con la cabeza, compartiendo el desasosiego, al tiempo que Briga se abrazaba a sí misma buscando un gramo de calor y desasosiego bajo su manto.

Sin embargo, Arawen optó por dirigir su mirada mucho más allá de las ruinas del asentamiento: la ladera caliza continuaba ganando altura de forma inmisericorde hacia las cumbres, y el cielo del mediodía se tensaba sobre sus cabezas emulando un paño gris sometido a una enorme presión.

No se trataba de una reacción motivada por la bravura insensata de la juventud; respondía, puramente, a la aplicación de una lógica nueva y adaptada a la adversidad: en las tierras de abajo aguardaban el hambre crónica y la presencia de hombres armados con hambre de hombres; aquí arriba, en cambio, solo imperaban la soberanía del viento y la pureza de la piedra.

—Ascenderemos por la vertiente —sentenció la joven—. Si la guerra y la destrucción se han adueñado de los valles, significa que el único espacio donde todavía queda aire limpio para respirar es la zona alta.

—Y una ración doble de frío extremo —añadió Taran, exhibiendo una sonrisa terca que intentaba desafiar los elementos.

—El frío de la montaña puede llegar a matarte, Taran, pero tiene la decencia de no formular preguntas incómodas ni exigirte sumisión —repuso ella con gravedad—. Los hombres de la guerra, sí lo hacen.

Cruzaron el perímetro del poblado fantasma absteniéndose de tocar ningún objeto, guardando un respeto escrupuloso hacia la desgracia ajena, con la única excepción de la estructura del pozo: Arawen unió sus fuerzas a las de Taran para retirar la pesada losa de piedra, llenó un cuenco de arcilla con el agua cristalina del fondo para que todos bebieran a discreción, se lavaron las manos de forma ritual y volvieron a sellar la abertura con esmero.

Aun careciendo de habitantes físicos, un lugar que había brindado cobijo a la vida merecía el mayor de los respetos.

Al disponerse a abandonar el recinto, justo sobre la superficie de una estaca de madera parcialmente quemada que delimitaba el antiguo cercado, Arawen reparó en la presencia de un signo toscamente rayado con un elemento punzante: dos líneas diagonales cruzadas que sostenían un círculo perfecto en su intersección.

Se sintió incapaz de descifrar el significado literal de aquel grabado tribal, pero al contemplarlo empezó a sentir un dolor en el pecho emulando el efecto de una advertencia mística.

Más arriba, en las canales de piedra que antesala de las cumbres, el viento comenzó a parpadear con una cadencia irregular, asemejándose a la llama de una vela colocada al revés.

Presente — Torrebarrio a Collada: la puerta del cielo

Los integrantes de La365 Trail hicieron su salida formal de las inmediaciones de Torrebarrio cuando la luz de la aurora todavía se presentaba blanda, tamizada por las brumas matinales.

Las casas tradicionales de piedra del pueblo, agrupadas de forma compacta sobre el terreno emulando el comportamiento de un rebaño de ovejas asustadas, los despidieron del término sin ningún tipo de ceremonia o alarde.

Al fondo de la panorámica, la mole imponente de Peña Ubiña no se percibía como una montaña común: se erigía como una muralla colosal de roca calcárea, plantada deliberadamente en mitad del mundo para desafiar la osadía de los seres humanos.

El aire de las primeras horas se sentía intensamente gélido al rozar los pabellones de las orejas, pero ingresaba en la garganta con una pureza mineral que expandía los pulmones.

—Nos encontramos oficialmente ante la jornada clave de toda la travesía, señores —anunció Mateo, deteniendo al grupo antes de hincar los bastones en la primera rampa—.

El menú del día incluye el ascenso hasta la Collada, transitar por una arista técnicamente asequible pero expuesta y, finalmente, coronar la cumbre mítica.

Es un trazado de distancia corta, sí; pero os garantizo que se presenta peleón con las articulaciones.

Allá arriba va a mandar de forma estricta el viento del norte; aquí abajo, vuestra obligación es permitir que manden las rodillas y la prudencia.

Requiero máxima concentración en cada apoyo.

El sendero de montaña comenzó mostrando una faceta amable y civilizada, pero no tardó en enseñar los verdaderos dientes al grupo: tramos de piedra suelta que cedían bajo la bota, una sucesión de revueltas en "Z" que se clavaban con saña en los gemelos y palas de fuerte inclinación que obligaban por completo a sepultar las conversaciones para concentrar toda la energía en la respiración.

Bruno caminaba contando sus pasos de veinte en veinte, un viejo automatismo del ejército para medir las distancias y mantener la mente ocupada lejos del dolor muscular.

A su lado, Irene clavaba la vista un par de pasos por delante de sus botas, concentrada en asegurar cada pisada y manteniendo un ritmo constante que dejaba claro que el asfalto ya formaba parte del pasado.

El profesor Elías prefería quedarse un paso por detrás, custodiando con celo la retaguardia para vigilar discretamente que nadie se descolgara del grupo.

Un poco más adelante, Ayko caminaba protegiendo su cámara reflex bajo los pliegues impermeables de su chaqueta, siempre lista para el momento en que el paisaje revelara sus secretos.

Laila, por su parte, controlaba el esfuerzo acompasando su respiración con las zancadas, inhalando en el llano y soltando el aire al clavar el pie en la pendiente.

Noa afrontaba la subida con una energía contagiosa, reflejando en sus ojos esa mezcla de nerviosismo y fascinación de quien descubre la montaña por primera vez.

Paula avanzaba con una solidez envidiable, apoyando los bastones con precisión para no hacer ruido ni desperdiciar un gramo de fuerza; mientras Alex echaba un vistazo rápido al mapa digital de su reloj, asegurándose de que el grupo no se desviara ni un metro del trazado correcto.

A media subida de la vertiente, el viento viró de golpe desde las zonas altas de la Ubiña, apartando los flequillos de los excursionistas con el tacto inequívoco de un dedo de hielo.

De forma unánime, se alzaron los cuellos de las chaquetas y se apretaron las correas de ajuste de las mochilas.

Mateo marcaba sobre el terreno variaciones mínimas en el trazado de la huella, de esas decisiones técnicas que no alimentan el ego del montañero pero que poseen la virtud matemática de salvar la musculatura de las piernas.

—¿Qué cantidad de trayecto nos resta para coronar este tramo, Mateo? —interrogó Irene, formulando la pregunta con un tono de mera consulta, desprovisto de queja alguna.