Capítulo 6 — Donde El Silencio Aprieta #6
El pequeño pueblo de Torrebarrio se sumió por completo en el sueño bajo el amparo de la noche leonesa.
En las estancias de los dormitorios, los cuerpos exhaustos de los caminantes agradecieron de corazón la posición horizontal sobre los colchones.
En la planta baja, la robusta mesa de castaño custodió entre sus vetas el aroma estancado de la sopa caliente y la madera vieja.
En el exterior del edificio, la imponente silueta caliza de Peña Ubiña se alzaba hacia el firmamento, erigiéndose como una sombra sustancialmente más alta, densa y majestuosa que la propia noche.
Pasado – La unificación de los clanes
Arawen, Taran, Briga y Lia cruzaron el umbral de los prados con paso cauteloso pero decidido. Al acercarse a la zona de las viviendas, otros dos lugareños salieron al encuentro del anciano, secándose el sudor de la frente con paños mugrientos. El olor a hierro frío y ceniza lo inundaba todo.
Taran, asumiendo una posición protectora, saludó con una inclinación de cabeza. Fue Briga quien, incapaz de apartar la vista del yunque, rompió el silencio con una curiosidad que le nacía de las entrañas.
—¿Es aquí donde dais forma al metal? —preguntó, señalando las herramientas—. Parece que el fuego lleva tiempo sin visitar esta casa.
El anciano de las manos negras intercambió una mirada sombría con sus compañeros antes de responder.
—El fuego es ahora un lujo que no podemos permitirnos malgastar en herramientas de labranza, muchacha —dijo con voz cascajosa—. ¿De dónde venís vosotros con esas ropas y ese rastro de cansancio en las botas?
—Venimos de las tierras del sur, de los valles altos. Buscamos el camino hacia Oueto —respondió Arawen, tratando de mantener la voz firme, desviando la atención del camino real de donde partían y a pesar de la inquietud que le provocaba la mención del fuego.
Al oír el nombre de la ciudad, uno de los hombres retrocedió un paso, haciendo una señal de protección con los dedos.
—Si valoráis vuestras vidas, dad media vuelta o buscad refugio en las brañas más profundas —advirtió el lugareño con severidad—. No os acerquéis a Oueto. Desde que el nuevo Rix, Drawen, gobierna desde el trono, aquello se ha convertido en una zona peligrosa para cualquiera que no lleve su marca.
—¿Tan mal están las cosas bajo su mando? —inquirió Lia, sintiendo cómo el frío de la sospecha le recorría la espalda.
—Peor de lo que podáis imaginar —sentenció el anciano, señalando con la barbilla hacia el horizonte—.
Drawen obliga a pagar tributos que desangran a las aldeas.
Allí las forjas están calientes día y noche; el fuego es el único rey que conocen ahora.
Está preparando un ejército como nunca se ha visto, forjando acero sin descanso para invadir y "unificar", según dice él, a todos los clanes vecinos y a cualquier tierra conocida más allá de los valles.
Arawen apretó con fuerza el cayado en su mano. Recordó la hoja mal templada que acababa de tocar: Drawen estaba fabricando armas, pero lo hacía con la prisa del tirano, desprovista de propósito noble.
—Busca el poder absoluto —susurró Arawen para sí misma, mirando hacia donde la niebla ocultaba la ciudad.
—Busca esclavos, no aliados —corrigió el anciano—. Si seguís ese sendero, solo encontraréis el humo de sus hornos y el filo de su ambición. En Oueto, la libertad ha muerto bajo el martillo.
Los cuatro jóvenes intercambiaron una mirada llena de gravedad.
El sol comenzaba a descender, y con la advertencia de los forjadores pesando en sus corazones, comprendieron que el camino que tenían por delante ya no era solo una huida, sino el inicio de una colisión inevitable contra la sombra que Drawen proyectaba sobre todo el territorio Astur.
Canales de Piedra
En la superficie fría de la piedra de una cabaña deshabitada y desprovista de dueño, la joven Arawen grabó para la posteridad cinco muescas verticales y una palabra rotunda de grafía tosca: “Pasamos” .
En la calidez de una mesa de madera de Torrebarrio, el hallazgo de una fotografía antigua y desgastada oculta entre las páginas manuscritas le sopló al oído al profesor Elías una directriz inequívoca: “Sigue las marcas” .
En ambos planos temporales, drásticamente distanciados por el discurrir inexorable de las centurias, el camino de la montaña acababa de impartir a sus respectivos caminantes una lección de vida que no encuentra acomodo en los discursos solemnes: sobrevivir en este mundo no se reduce al mero ejercicio de resistir los embates de la tormenta; implica, necesariamente, la obligación de templarse por dentro.
Al amanecer de la jornada siguiente, tanto los refugiados del pasado como los expedicionarios del presente se adentrarían de lleno en un territorio indómito que exige un riguroso precio de sangre a los hombres.
Y la alta montaña —un escenario severo que jamás se ha tomado la molestia de regalar epifanías gratuitas a los seres humanos— pediría a cambio lo mismo de siempre a cada uno de ellos: una cabeza lúcida para afrontar el descenso…
y una lealtad inquebrantable para no traicionarse a sí mismos en mitad de las canales de piedra.