Capítulo 6 — Donde El Silencio Aprieta #5
A unos metros, Briga ya no recolectaba ramas a ciegas de forma automática.
Algo en su interior había cambiado, se detenía con fascinación ante el envés de las hojas, oliendo la savia fresca y prestando una atención magnética a los susurros del bosque y al tacto de las plantas medicinales que empezaban a revelársele como un mapa invisible.
Mientras tanto, Taran, terco y encarnizado en su afán por convertirse en el guerrero que el clan Branwen iba a necesitar, utilizaba cada parada para ensayar la firmeza de sus apoyos.
A pesar de su paso cojo y dificultoso, comenzó a desarrollar una agilidad nueva y felina, compensando la lesión al aprender a leer el relieve de la roca para ganar ventaja en el terreno.
El grupo poco a poco era un engranaje vivo, donde la madurez de uno sostenía la debilidad del otro. Comprendieron, en mitad de la fatiga, que el camino lo hacían juntos y que, en la montaña, cada nueva habilidad iba a costar la vida de todos o a convertirse en su única salvación.
Arawen aprendía la difícil lección de reajustar el ritmo propio al de las capacidades de los demás: esa determinación, mucho más que la mera exhibición de la fuerza física, constituía la prueba irrefutable de su madurez interior.
Al enfilar un recodo pronunciado de la ladera, al otro lado del cauce fluvial, un fino hilo de humo rectilíneo ascendía de forma vertical hacia el cielo.
Los jóvenes optaron por no aproximarse a investigar el origen de la fogonera.
No se trató de una reacción motivada por el miedo fugaz; respondió, estrictamente, a una inteligente economía de riesgos en territorio hostil.
—Descendemos un tramo más de la ladera —ordenó Arawen con sigilo.
De forma paulatina, la densidad de los árboles centenarios comenzó a ceder sus posiciones en favor de amplios prados de pasto.
A lo lejos, se recortaba la silueta de un tejado oscuro de pizarra.
Un perro guardián dejó escapar un ladrido de advertencia, desprovisto de intenciones bélicas, un hombre de avanzada edad los observaba fijamente apostado en el umbral de la puerta exterior, exhibiendo unas manos negras curtidas por el trabajo del metal y unos ojos que custodiaban el peso de inviernos largos y severos.
Arawen reaccionó levantando la palma de su mano derecha abierta, en señal de paz.
El anciano asintió levemente con la barbilla: el salvoconducto implícito para transitar por sus tierras estaba concedido.
Justo al lado de la edificación principal, se emplazaba una antigua estructura de forja que en ese momento se mostraba apagada: restos de carbón vegetal humedecido por la lluvia, un yunque de hierro macizo que lucía marcas profundas de martillo en su superficie y varias hojas de hierro mal templadas abandonadas sobre el banco.
Arawen deslizó la yema de sus dedos sobre el filo romo de una de aquellas piezas defectuosas: comprendió de inmediato la gran lección metalúrgica de que la fuerza más bruta, desprovista de un temple adecuado, no sirve para ningún propósito noble en la vida.
Guardó aquel concepto conceptual en su mente con el mismo esmero con el que se custodia un arma nueva en el arsenal: ante las embestidas del destino, resultaba imperativo aprender a templarse por dentro.
Presente — La noche que no se cuenta
El calor reconfortante que imperaba en las estancias del comedor de la casa rural se transformó de forma paulatina en una conversación fluida, distendida y desprovista de las tensiones acumuladas en el sendero.
Algunos de los excursionistas subieron a los dormitorios con el propósito de tender las prendas de ropa húmedas en las cuerdas; otros solicitaron una segunda ración de la sopa de berzas a Carmiña.
Irene, luciendo los mechones de su cabello todavía húmedos por el orbayu de la tarde, se aproximó con timidez a la posición de Mateo.
—Te agradezco de todo corazón el uso del silbato técnico en mitad del prado, Mateo —manifestó con sinceridad—. Sinceramente, escuchar aquellas notas sonó en mi cabeza más como una norma de seguridad reconfortante que como un rescate desesperado.
—Es que se trataba estrictamente de la aplicación de una norma, Irene —le contestó el guía, clavando sus ojos en ella—. El verdadero mérito del rescate te corresponde en exclusiva a ti: tuviste la sangre fría de quedarte quieta en el sitio sin dar bandazos.
—Me quedé inmóvil en la hierba, Mateo, porque siendo legalmente honesta contigo… ya no me quedaban el menor gramo de fuerzas ni de ganas de continuar corriendo hacia ninguna parte de este mundo —confesó con una sonrisa cansada.
—Un criterio excelente para afrontar la montaña, abogada. Conserva esa idea.
En el tramo intermedio de la escalera de madera, Noa alcanzó la posición de Alex, que subía portando su petate.
—Hoy ha sido la primera jornada en la que no te he visto registrar ni grabar el momento del susto del grupo para tus seguidores, Alex —señaló la joven, empleando un tono casi dulce, desprovisto de su habitual sarcasmo.
—Supongo que he comenzado a comprender que no todas las realidades de esta vida se han hecho con el propósito de ser filmadas a través de un objetivo, tengo que cambiar el chip, me lo noto —respondió el joven de Madrid con un matiz de madurez imprevisto.
—¿Te encuentras seguro de que tú ya has alcanzado a asimilar esa lección, creador de contenido? —Noa dejó la pregunta en el aire con una media sonrisa y ascendió con presteza hacia las literas.
Laila, que había permanecido atenta a la interacción desde el vestíbulo inferior, optó por no intervenir en la escena; se limitó a registrar aquella sutil fricción personal en su mente considerándola un dato de utilidad para el porvenir del grupo.
Bruno se encontraba sentado en un banco bajo terminando de ajustar los cordones de sus botas ya secas, fijando la mirada en las baldosas del suelo emulando la actitud del soldado que repasa mentalmente los aciertos y errores de la misión del día.
Antes de emprender el ascenso hacia los dormitorios, el profesor Elías se aproximó a la mesa comunal para depositar un papel cuidadosamente doblado sobre la superficie de madera.
El grupo no mostró la osadía de estirar la mano para abrirlo y desvelar su contenido.
A veces, la verdadera intimidad compartida entre los seres humanos consiste, rigurosamente, en poseer el respeto de no invadir los espacios de silencio del compañero.
Carmiña procedió a apagar las luces del comedor empleando unos movimientos pausados, propios de una madre que vela por el descanso de su prole.