El susurro del cuervo blanco Capítulo 6 — Donde El Silencio Aprieta #4
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Capítulo 6 — Donde El Silencio Aprieta #4

—Alineaos detrás de mí. Lía en el medio, Briga cerrando la marcha con el venablo en la mano. Nada de separarse ni de hablar a voces. Si la visibilidad cae a cero, el que se salga de la huella se despeña.

Miró un segundo a Arawen, bajando la voz solo para ella, pero manteniendo un tono firme que no admitía réplica:

—Guárdate las dudas para la noche. Ahora lo único que importa es ganar la collada antes de que el frío nos entumezca los pies. Mueve a la gente.

Arawen asintió en silencio, tragándose la incertidumbre que aún le quemaba el pecho, y ocupó su lugar en la fila mientras Taran abría paso hacia la brecha de la montaña.

Presente — Torrebarrio, calor y grietas

La persistente lluvia de la jornada terminó por ceder definitivamente sus posiciones cuando el cielo norteño se quedó por completo sin energías que descargar.

Entre charcos monumentales, tramos de piedra lavada y una claridad lechosa que tamizaba la luz de la tarde, los nueve caminantes hicieron su entrada formal en el término de Torrebarrio, empapados hasta el último jirón de sus prendas, pero embargados por ese contento humilde y sincero que solo es capaz de conceder la perspectiva de un techo caliente tras el esfuerzo.

La casa rural de acogida se presentaba con una arquitectura sencilla y honesta: pulcras paredes blancas de cal, una robusta mesa comunal de madera de castaño y un aroma embriagador a sopa casera cociéndose a fuego lento.

Carmiña, la hospitalaria dueña del establecimiento, se apresuró a depositar una olla de barro de dimensiones imponentes en el centro exacto del comedor.

—Sopa de berza de la huerta y patata de la zona, muchachos. Si albergáis el deseo de repetir ración, sabed que hay abundancia en la cocina.

Comieron desprovistos de cualquier tipo de grandilocuencia o discursos solemnes, cruzando entre sí miradas cómplices que transmitían un inequívoco mensaje: “Estamos aquí, lo hemos logrado juntos” .

En el instante en que el calor reconfortante de los fogones comenzó a descender de forma física hasta las plantas de los pies, las barreras de la comunicación terminaron por soltarse de forma definitiva en la mesa.

—Pues mirar, tomé la determinación de marcharme de mi hogar en Andalucía cargando únicamente con dos cajas de cartón en el maletero —confesó Bruno, rompiendo el fuego de las confidencias—.

Una de ellas se encontraba abarrotada de ropa de abrigo.

La otra albergaba, única y exclusivamente, una cantidad ingente de silencio personal.

Siento que la dura jornada de hoy me ha servido para comenzar a rellenar los huecos de esa segunda caja con algo valioso.

Irene asintió con la cabeza en silencio, compartiendo la hondura del pensamiento del exmilitar. Elías procedió a cerrar las tapas de su libreta de notas y apoyó la palma de la mano firmemente sobre la cubierta, emulando el gesto de quien brinda abrigo a un ser vivo.

—Por lo que a mí respecta, albergo el único deseo de dormirme de inmediato en la litera, compañeros —soltó Noa con su habitual frescura juvenil—, pero os garantizo que antes de cerrar los ojos me apunto sin dudarlo a dar buena cuenta de una fabada asturiana en condiciones reglamentarias.

—Mañana por la tarde, al alcanzar el refugio del Meicín, os aseguro que las cocineras la preparan de primer orden, siempre y cuando demostréis el valor de cumplir con las exigencias del sendero, muchacha —les contestó Carmiña con una sonrisa materna—.

Hoy nos toca permitir que esta sopa caliente cure los estragos de la niebla en el cuerpo.

Mañana será la jornada donde el compango os enseñe las verdaderas lecciones de la montaña.

—Mañana afrontaremos el ascenso directo a Peña Ubiña —anunció Mateo, acaparando la atención del grupo—.

Nos encontramos ante una de las cimas más míticas y respetadas de toda la cordillera.

Requeriré de todos vosotros un ritmo de marcha corto, constante y sin alardes innecesarios.

Nos levantaremos con las primeras luces de la aurora.

Las vicisitudes que hemos experimentado en la jornada de hoy no se han hecho con el propósito de ser contadas de forma banal; se han hecho para ser asimiladas como un aprendizaje vital.

—¿Me estás diciendo que no me vas a permitir inmortalizarlas ni siquiera en mis stories de Instagram, Mateo? —interrogó Alex con una sonrisa de complicidad.

—Se aprenden de forma más eficiente si las conservas en el disco duro de tu propia memoria, muchacho —sentenció el guía.

—Propongo un brindis colectivo —intervino Paula, alzando en el aire su vaso de vino tinto de la casa.

—Brindo por aquellos caminantes que poseen la particularidad de perderse por completo a tan solo dos metros de distancia del sendero y, a pesar de todo, tienen la fortuna de retornar sanos y salvos a las filas —propuso Bruno, clavando su mirada en Irene.

—Brindo por todos aquellos seres humanos que atesoran la madurez y la humildad necesarias para saber pedir ayuda en los momentos de flaqueza —añadió Elías con solemnidad académica.

—Y brindo también por todos aquellos paisanos generosos que demuestran la capacidad de espantar la niebla de los valles calzando zuecos de madera —remató Laila con gracia parisién, ganándose de inmediato las carcajadas unánimes de toda la mesa.

Carmiña apoyó ambos codos sobre la superficie rugosa de la mesa de madera, reduciendo de forma drástica el volumen de su voz adoptando la actitud característica de quien se dispone a extraer una historia sagrada del fondo de un arca vieja.

—Y ya que mañana tenéis la firme determinación de tirar con vuestras mochilas hacia la cima de la Ubiña…

os ruego que prestéis atención a lo que acostumbran a relatar los vieyos de estos pueblos: allá arriba, en mitad de las canales de piedra calcárea, moran desde tiempos inmemoriales los diablos de la peña.

En los inviernos de antaño, los pastores locales se veían en la obligación mística de cerrar tratos y pactos de sangre con ellos cuando las tormentas de nieve nun daban la menor tregua al ganado.

En esos acuerdos, prometes una cosa con la boca, pero terminas por regresar portando otra drásticamente distinta en el petate.

Y os aseguro que la montaña siempre se encarga de cobrarte el doble del precio estipulado a la vuelta.

El silencio ambiental se volvió denso y pesado durante un segundo interminable en el comedor. Laila dirigió una mirada de reojo hacia la posición de Mateo: en las facciones habitualmente relajadas del guía de montaña, algo se contrajo de forma imperceptible y pasó a la velocidad del rayo.

—¿De verdad me está intentando vender que hay un demonio con mal genio viviendo en las nubes, señora?

—se mofó Alex, soltando una carcajada impostada para la galería mientras buscaba con la mirada la complicidad del grupo—.

Mire que he visto clickbaits malos en internet, pero la narrativa paranormal de este pueblo supera todo.

—No te burles de los diablos de la alta montaña, poseen la facultad de adoptar mil formas cambiantes para engañar al caminante, muchacho —sentenció Carmiña con extrema seriedad—.

Pero os advierto que los más peligrosos de todos acostumbran a utilizar una cara idéntica a la de cualquier persona común.

¿Alcanzáis a comprender el verdadero alcance de mis palabras?

Ayko extrajo, finalmente, su teléfono móvil del bolsillo.

Abrió en la pantalla la carpeta de archivos donde almacenaba los registros fotográficos de los símbolos de la ruta.

Las imágenes nítidas de la espiral doble y el signo de las dos diagonales con el punto central brillaron con fuerza en la penumbra del comedor.

—En las tradiciones de los templos orientales, un signo de esta naturaleza exacta marca de forma inequívoca “aquello que exige un precio de sangre para ser desvelado”.

En estas tierras del norte… —inquirió la japonesa, clavando sus ojos en Mateo— ¿cuál es el precio exacto que acostumbra a exigir Peña Ubiña a los hombres que la desafían?

Mateo sostuvo la mirada escrutadora de Ayko durante un latido apenas perceptible. Acto seguido, esbozó una sonrisa leve y enigmática.

—Ubiña exige, única y exclusivamente, que demuestres la capacidad de bajar de sus cumbres conservando exactamente la misma cabeza y los mismos valores con los que iniciaste el ascenso, Ayko.

Si cometes la osadía de cambiártela por otra movida por el orgullo, te garantizo que la montaña se encargará de cobrártelo con creces en el descenso.

Elías, mientras se desarrollaba el debate en la mesa, había dejado su libreta de notas depositada sobre la superficie de madera.

Al tomarla de nuevo entre sus manos para guardarla en el petate, constató con asombro que una fotografía vieja y desgastada había aparecido misteriosamente intercalada entre sus páginas manuscritas: una instantánea en blanco y negro que retrataba una arista de nieve batida por el viento y dos sombras humanas difuminadas apostadas junto a una cruz de cumbre.

Al dorso del papel fotográfico, lucía un trazo nítido a lápiz: “Sigue las marcas” .

Ninguno de sus compañeros de mesa había reparado en el hallazgo.

El catedrático optó por guardarla en el bolsillo, sin articular palabra alguna.

Pasado — Salida del refugio prestado

Los jóvenes abandonaron de forma definitiva las estancias de la cabaña protectora justo al filo del mediodía. El curso cantarín del río Paramo se encargó de marcar el compás exacto de su andadura.

El camino se convirtió en una escuela cruda donde ninguno tenía el título de maestro; todos estaban aprendiendo a sobrevivir en la intemperie.

Arawen se arrodilló junto a la pequeña Lía en el barro, compartiendo con ella la frustración de entrelazar las trampas de fibra de tallos secos; ninguna de las dos dominaba el nudo astuto de sus mayores, pero permanecieron allí, codo con codo, perdiendo el miedo a errar hasta que una de las cuerdas tensó por fin de forma correcta.