El susurro del cuervo blanco Capítulo 6 — Donde El Silencio Aprieta #3
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Capítulo 6 — Donde El Silencio Aprieta #3

—¡Si oh! Queda perhí, sí —respondió el hombre con su acento natal—.

Y asegúrovos que queda tamién una cantidá ingente d'agua suelto nel camín esta tarde.

Si cometéis la torpeza de metervos nel prau fondu, garantízovos que non un salís de ellí nin portando zuecus nos pies.

Tirái de frente escontra la posición del fresnu grande y cortái el pasu de momentu a la izquierda. Prestu que la nube apierta.

— Gracies , paisano —se aventuró a pronunciar Ayko, ensayando con sumo respeto la fonética del asturiano.

El veterano pastor esbozó una sutil sonrisa que se reflejó únicamente en las arrugas de sus ojos.

—El monte ye de toos quien s'atreven a caminalo, rapazos, pero tenen mala costume de nun esculpar la torpeza de los homes.

Y, sin añadir más consideraciones, se desvaneció entre la niebla escoltando a tres vacas de raza asturiana que daban la impresión mística de flotar en mitad de la bruma.

—Irene, ahí mismo tenías el material perfecto para una historia de éxito en tus redes —le susurró Bruno con ironía, intentando distender el ambiente.

—Tú crees que estoy yo para grabar nada ahora, Bruno —sentenció la abogada con firmeza, habiendo recuperado por completo el control de su voz, después del gran susto

La cabaña de pastores se presentaba como una recia estructura de piedra caliza, provista de un techo bajo de losas y una puerta de madera que colgaba de una bisagra coja.

En el interior del habitáculo flotaba un olor característico a humedad antigua y a hollín de humo posible.

Mateo procedió a organizar la estancia sin necesidad de levantar la voz: dispuso las prendas empapadas colgadas de las vigas, ordenó abrir las lengüetas de las botas para facilitar el secado y colocó los calcetines a una distancia media prudencial del fuego que comenzaba a avivarse, garantizando agua caliente para todos los expedicionarios.

Elías extrajo con parsimonia una tableta de chocolate de su mochila y procedió a partir la onza en nueve porciones casi idénticas en esta ocasión.

—Para combatir el efecto del susto en el cuerpo, señores —afirmó el catedrático, depositando un pedazo en la palma de cada uno de sus compañeros.

Alex lo observó fijamente, mostrando una genuina sorpresa en sus facciones de urbanita.

—¿Me estás diciendo que siempre viajas transportando chocolate de emergencia en tu equipaje de montaña, profesor?

—Siempre me tomo la molestia de viajar portando un par de finales felices de bolsillo, muchacho —le contestó Elías con una sutil sonrisa académica.

El aguacero continuó descargando toda su furia sobre el tejado durante el resto de la tarde.

En el interior del refugio se habló poco; en su lugar, se escuchó mucho: el crepitar reconfortante de la leña seca, el goteo rítmico del agua exterior sobre las lajas de piedra y el sonido del propio corazón recuperando de forma paulatina su ritmo cardíaco habitual.

Inspeccionando con detenimiento una de las vigas maestras de carbayu, Ayko descubrió un símbolo toscamente raspado en la madera: dos líneas diagonales cruzadas y un punto perfectamente marcado en el centro exacto.

Se apresuró a fotografiar el hallazgo con la cámara de su móvil, y alerto a Laila que la tenía a su lado sobre el descubrimiento realizado.

—En las estructuras sagradas del santuario de Nikkō, en mi país, es posible localizar marcas que guardan una similitud geométrica con esta —le susurró a Laila—. Sin embargo, el sentido espiritual que encierran es radicalmente distinto.

—¿Cuál consideras que es el mensaje que intenta transmitir este grabado aquí, Ayko? —inquirió Laila.

—Siento que es la constancia de que alguien pasó por este mismo desamparo con anterioridad y albergó el deseo generoso de que los futuros caminantes supieran exactamente por dónde se puede respirar en mitad de la tormenta —concluyó la japonesa, contemplando el grabado.

Paula, permaneciendo recostada en su rincón del habitáculo, observaba la escena exhibiendo una media sonrisa de aprobación: le agradaba constatar que en el grupo existía alguien dotado de la sensibilidad necesaria para mirar la realidad con ojos limpios, aunque pensara que algo de fantasía existía entre tanta simbología.

—Te agradezco de corazón que tomaras la determinación de volver a prado abierto para buscarla, Mateo —manifestó Bruno en voz baja, dirigiéndose al guía.

—Te equivocas en el planteamiento, Bruno; en la inmensidad de la montaña, nadie vuelve a buscar a nadie —le corrigió Mateo con seriedad—. En estas canales de piedra se rige una ley más antigua: aquí nadie se marcha jamás dejando a un compañero atrás. — y matizo — Salimos juntos y volvemos juntos.

Pasado — Decisiones en voz baja

La mañana siguiente trajo consigo la recompensa de dos piezas de buen tamaño en la trampa trenzada del arroyo de Las Caldas.

Arawen ya no permitió que la menor duda paralizara sus movimientos de supervivencia.

Taran se ocupó de cortar ramas secas para el hogar; Lía reunió las hojas de ortiga silvestre mostrando un respeto por la planta; Briga extrajo de entre los pliegues de su manto un puñado oculto de cereal silvestre que había conseguido esconder de las requisas.

Ninguno de los jóvenes se tomó la molestia de juzgar su acción pasada; la gratitud colectiva adoptó esa mañana la forma de una sopa pobre pero reconfortante.

—Hoy nos corresponde marcar cinco líneas nuevas en la superficie de la pared —anunció Arawen, señalando el muro con el carbón—. Si el río de este valle mantiene su generosidad con nosotros, mañana estaremos en condiciones de grabar la número seis.

—No podemos cometer la temeridad de quedarnos a vivir de forma indefinida en este refugio, Arawen —señaló Taran, mostrando su preocupación—. Si las patrullas del nuevo rey logran dar con nuestro paradero, o si el rigor del hambre vuelve a cebarse con nuestras fuerzas…

—Emprenderemos la marcha hacia nuevos territorios, Taran, como bien dices, tienes razón —le respondió la joven con madurez—.

Pero hoy nos dedicaremos exclusivamente a curar tus heridas, a alimentarnos en abundancia y a secar las pieles de abrigo y, sobre todo, aprenderemos a movernos con mayor destreza en la espesura.

El lazo de tripa que habían dispuesto para capturar conejos falló en sus dos primeras tentativas; sin embargo, acertó de forma implacable en la tercera ocasión.

El animal forcejeó con violencia por su vida.

Arawen experimentó el tirón seco de la tensión directamente en el tendón de su muñeca.

Ejecutó la maniobra necesaria sin desviar la mirada del animal ni un solo segundo.

Acto seguido, dejó escapar un suspiro prolongado y después de muchas lunas de huida constante, por primera vez en su existencia, la muchacha respiró de forma pausada y consciente.

Antes de proceder a extinguir las brasas del fuego, abandonó las estancias de la cabaña.

Una fina rendija de cielo despejado comenzaba a abrirse paso entre las formaciones de nubes.

El bosque primigenio no constituye un enemigo declarado del hombre; representa, más bien, un examen riguroso de sus capacidades, concluyó para sus adentros.

Regresó al interior, cubrió las brasas calientes empleando piedras planas para conservar el calor residual y dejó todo el habitáculo perfectamente ordenado, emulando la cortesía de quien devuelve una vivienda prestada a su legítimo dueño.

Justo debajo del recuento de las muescas de la pared, trazó con el carbón una palabra de grafía tosca pero rotunda: “Pasamos” .

—¿Hacia qué oriundo destino del mapa debemos dirigir nuestros pasos ahora? —inquirió Briga, poniéndose el petate.

—Seguiremos el curso del río aguas abajo hasta que la propia pendiente del terreno nos indique que hemos alcanzado el límite del valle —decretó Taran con firmeza—.

Si topamos con la presencia de asentamientos humanos en el trayecto, los observaremos con cautela de reojo; si nos ofrecen su hospitalidad, se la agradeceremos de corazón; si se aproximan a formular preguntas incómodas, responderemos lo mínimo imprescindible y bajo ninguna circunstancia revelaremos el castro de donde provenimos.

En el travesaño superior de la puerta, la espiral doble grabada en la piedra parecía observar fijamente cada uno de sus movimientos.

Arawen extendió la mano para tocar la superficie de la roca y permaneció completamente inmóvil durante un instante suspendido.

Percibió el frío glacial del mineral emulando una advertencia muda: altitudes elevadas, la furia del viento, la necesidad de pactos.

Se sintió incapaz de descifrar la razón exacta por la cual ese concepto preciso —pactos— acababa de cruzar los pasillos de su mente con tanta contundencia.

Un escalofrío le recorrió los nudillos al rozar la piedra.

Pactos . La palabra resonó en su mente con la fuerza de una culpa no resuelta.

Pensó de inmediato en Cern, perdiéndose solo en la bruma de la mañana con el estómago vacío.

¿Se había equivocado al dejarlo ir tan fácilmente?

¿Había confundido el orgullo y la vergüenza del chico con una sentencia definitiva?

Quizá Taran tenía razón. En una montaña implacable, la supervivencia exigía ceder, negociar, apretar los dientes y llegar a acuerdos, por duros que fueran, antes que romper la tribu.

—Debí buscar un pacto con él—, se recriminó en un murmullo interno que nadie más pudo oír. —Un compromiso para mantenernos unidos. Si nos dividimos a la primera grieta, no vamos a llegar al final del valle.

—Deja de buscarle fantasmas a las piedras, Arawen —intervino Taran, irrumpiendo entre ella y el travesaño para echar un vistazo rápido al exterior—.

La niebla se está metiendo por la garganta del valle más rápido de lo que esperaba.

Si nos quedamos aquí parados intentando adivinar qué significa cada marca de los antiguos, la tormenta nos va a atrapar a cielo abierto.

Taran se giró hacia el resto del grupo.