El susurro del cuervo blanco Capítulo 6 — Donde El Silencio Aprieta #2
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Capítulo 6 — Donde El Silencio Aprieta #2

Comieron con una lentitud solemne, saboreando cada bocado con un respeto reverencial hacia el alimento.

Al concluir, Arawen tomó un trozo de carbón y marcó cinco líneas nuevas en la superficie de la pared: la contabilidad exacta de los días que le habían disputado con éxito a la muerte.

Con Taran y las dos muchachas sumidas finalmente en un sueño reparador, ella permaneció sentada en soledad junto a los últimos destellos del fuego.

El dolor sordo del estómago había aflojado notablemente.

Por primera vez en su existencia, Arawen se sintió interiormente mucho mayor que la edad que consignaban sus lunas.

Antes de disponerse a dormir, ejecutó una vieja costumbre que había heredado de su madre Mäelis para “pagar” la hospitalidad invisible de los lugares sagrados: depositó con esmero en el umbral de la entrada un pequeño ramillete de berros frescos perfectamente trenzados.

Al amanecer de la jornada siguiente, para sorpresa mayúscula de los jóvenes, justo al lado del ramillete vegetal había aparecido una tira limpia de lino fino y un pequeño tarro que contenía miel silvestre.

El suelo colindante no revelaba la menor huella humana.

Lía contempló el hallazgo con una sonrisa cargada de incredulidad.

—¿Ha sido obra de la mujer del bosque, Arawen?

—O tal vez se trate de una vecina de estos valles que posee la virtud de saber mirar el mundo con ojos limpios —respondió ella, aunque procedió a guardar la venda de lino considerándola, en su fuero interno, una señal mística de buen augurio.

Presente — Teverga a Torrebarrio

El amanecer sobre las cumbres asturianas parecía prometer una tregua climatológica a la expedición, pero las formaciones nubosas tomaron la determinación de cambiar radicalmente de opinión mucho antes de que los caminantes lograran calentar los músculos de las piernas.

La llovizna fina de las primeras horas se transformó de golpe en una cortina densa de agua; el barro del sendero comenzó a morder con saña las suelas de las botas de montaña.

Mateo, marchando en la vanguardia, se vio en la obligación técnica de reajustar el ritmo de la andadura, despojando la marcha de cualquier atisbo de épica.

—Cerrad por completo las cremalleras de las capas, asegurad las fijaciones de los bastones y mantened la concentración en los apoyos —ordenó el guía con voz firme—.

Hoy es una jornada donde manda estrictamente el agua.

¡Bienvenidos Asturias! — exclamo con una sonrisa de oreja a oreja — Como decimos aquí, si queremos Asturias Verde, tiene que llover…… ..

Bruno masculló una maldición entre dientes que ni él mismo fue capaz de descifrar debido al ruido del aguacero.

Irene bajó al máximo la visera empapada de su gorra para proteger los ojos del agua que le chorreaba por la frente.

Elías avanzaba por el terreno haciendo gala de una envidiable economía de movimientos, pasito a pasito, midiendo el equilibrio en la roca mojada para evitar un resbalón tonto.

Ayko, lejos de asustarse, caminaba con el rostro al descubierto, fascinada por cómo la lluvia torrencial transformaba las canales calizas en cascadas improvisadas en cuestión de minutos.

A unos metros, Alex tiritaba de forma visible, metiendo las manos profundamente en los bolsillos y maldiciendo internamente no haber invertido en una chaqueta con mejor membrana impermeable.

Laila dejó escapar un juramento en un susurro al constatar que el agua había terminado por saturar el tejido de su guante derecho, enfriándole los dedos por completo.

Paula continuó ejerciendo su labor silenciosa de apoyo, aprovechando un breve llano para repartir un puñado de frutos secos entre los compañeros, mientras Noa optaba por guardarse un chiste en la recámara, comprendiendo que el humor del grupo no estaba para bromas bajo semejante cortina de agua.

El sendero de la Senda del Oso se estrechó de forma considerable al comenzar el ascenso.

A la derecha de los excursionistas, los prados de pasto se precipitaban en una caída pronunciada flanqueados por antiguos muros divisorios de piedra caliza tapizados de musgo húmedo.

De pronto, la niebla densa descendió de las cumbres sin solicitar el menor permiso a los humanos.

—Reagrupad las filas de inmediato, nos juntamos —ordenó Mateo, deteniendo su marcha—. Nadie debe distanciarse a más de diez pasos de la mochila del compañero que le precede.

Sin embargo, la niebla asturiana parecía haber tomado la firme determinación de desobedecer las directrices del guía.

Al enfilar una curva pronunciada del terreno, Irene dejó de percibir visualmente la silueta de la chaqueta técnica de Bruno.

Se detuvo un instante para reajustar la cinta de seguridad de su bastón de carbono, levantó la vista para reorientarse…

y constató con horror que el mundo entero se había transformado en un lienzo blanco y opaco.

—¿Bruno? ¿Dónde estáis? —inquirió, sintiendo que la voz se le ahogaba.

La única respuesta que obtuvo procedió del sonido monótono del agua al golpear contra la piedra, el miedo, de dimensiones reducidas al principio, comenzó a abrirse paso en el pecho de la abogada emulando una gotera persistente que amenaza las estructuras.

—¡Bruno! ¡Mateo! —gritó con todas sus fuerzas, presa del pánico.

En la vanguardia, Mateo procedió a realizar un recuento rápido de las cabezas del grupo y detectó de inmediato la ausencia de la abogada.

—Alto Equipo. ¿Irene?, ¿Dónde está Irene?

Descargad las mochilas y colocadlas al resguardo de la base del muro de piedra.

Tú y tú —ordenó señalando de forma directa a Bruno y al profesor Elías— venís conmigo de vuelta.

Paula, te encargas de cubrir la cola del grupo.

Alex, Laila y Ayko, permaneced juntos buscando abrigo junto a la pared y mantened silencio para facilitarnos la audición.

Si llegáis a escuchar el sonido de mi silbato: emitiré dos notas largas consecutivas; vuestra obligación es responder de inmediato emitiendo una única nota en el mismo tono.

Nadie se suelta de la guía del muro de piedra bajo ninguna circunstancia. Quedaros aquí por favor, esperarnos.

El violento aguacero que caía sobre la ladera se encargaba de borrar las huellas del calzado sobre el barro a velocidad de vértigo.

Mateo se inclinó sobre el terreno para palpar el fango con los dedos desnudos, buscando desesperadamente las muescas características que dejan las puntas de los bastones de senderismo.

De pronto, las dos notas largas del silbato del guía cortaron la densa cortina de la niebla.

Unos segundos de angustia después, una respuesta sutil y fina emergió desde la vertiente izquierda del prado: una nota aislada, insegura y trémula, pero indiscutiblemente viva.

—Se encuentra en esa hondonada —sentenció Elías, aguzando la vista por encima de sus gafas empapadas.

Los tres hombres descendieron con cautela a través de una pendiente del prado sumamente resbaladiza por la acción del agua.

Embutida entre dos matas densas de tojos espinosos, la gorra técnica de Irene apareció ante sus ojos, con la visera materialmente pegada a la frente por la humedad.

La mujer permanecía sentada sobre la hierba hincando las palmas de las manos en la tierra, respirando con una frecuencia cardíaca alta.

—No realicé el menor intento de moverme del sitio, Mateo —alcanzó a articular de forma entrecortada—. Me acordé rigurosamente de la advertencia que nos formulaste en la plaza de la catedral.

—Has actuado con un criterio excelente, Irene —le respondió el guía, extendiéndole su mano firme para ayudarla a incorporarse—. Tres pasos hacia atrás con cuidado, ahora giramos a la derecha. Ahí mismo dispones del asidero del muro de piedra.

El trayecto de retorno hasta la posición del resto del grupo se sintió tan corto como eterno en la mente de los implicados.

Al avistar el contorno de las mochilas técnicas apiladas, ninguno de los senderistas se tomó la molestia de articular palabra alguna.

Bruno se dejó caer con cierta pesadez justo al lado de Irene y le propinó un sutil toque de atención en el hombro, un gesto tosco pero cargado de un profundo agradecimiento militar.

—Ya te advertí en la primera jornada, abogada, que el servicio de cobertura telefónica en estos desfiladeros del demonio es una auténtica porquería —bromeó con la voz rota por la tensión.

La risa de Irene le tembló ostensiblemente en los labios antes de que un sollozo involuntario se colara por el hueco de la respiración. Mateo elevó la mirada hacia la bóveda celeste; las formaciones nubosas no mostraban la menor intención de abrirse en las próximas horas.

—Cambio radical en la planificación de la jornada equipo: nos desviaremos de inmediato hacia la cabaña de pastores que corona la collada.

Nos separa una distancia de apenas dos kilómetros.

Mantendremos un ritmo de marcha corto y acoplado.

Por favor no perdáis de vista la mochila del compañero que os precede.

Siguieron el curso del muro de piedra utilizándolo de forma física como si se tratara de una cuerda de seguridad.

En un recodo imprevisto del sendero, una silueta humana se recortó entre la bruma: un paisano de la zona ataviado con una pesada capa de plástico industrial, zuecos de madera cubiertos de barro y una gorra de lana vieja calada hasta las cejas.

Sostenía una larga vara de avellano en la mano derecha, exhibiendo el semblante imperturbable de quien posee la facultad de leer las intenciones del tiempo meteorológico sin requerir de ninguna aplicación digital en la pantalla.

—¡Güenas tardes paisano! —gritó Mateo para imponerse al viento—. ¿La cabaña de la collada queda en esta dirección?