Capítulo 6 — Donde El Silencio Aprieta
Pasado — Los días del hambre
El bosque primigenio llevaba semanas enteras desprendiendo un aroma monótono y lacerante a corteza hervida.
El pan de grano auténtico ya se había consagrado como un mero recuerdo del pasado en la memoria, y la lengua se pegaba materialmente al paladar de los fugitivos con una sequedad pastosa que ni las abundantes ráfagas de lluvia lograban deshacer.
Arawen caminaba en un mutismo absoluto, marcando la pauta de la marcha junto a Taran, Cern, la pequeña Lía y Briga.
El invierno astur se había quedado a vivir de forma indefinida en el interior de sus huesos; el cielo se presentaba tan bajo y plomizo que daba la nítida impresión de acostarse con todo su peso sobre las copas desnudas de los carbayos.
—Detenemos la marcha en este punto —decretó Cern, señalando con la punta de su vara un claro desguarnecido donde la hierba nativa resistía a duras penas, humedecida y glacial.
Sin mediar palabra extra, los jóvenes procedieron a repartir la última porción de carne seca que atesoraban en sus petates.
Era una ración a todas luces insuficiente para calmar las demandas del estómago.
Taran, que venía arrastrando la pierna izquierda con ostensibles muestras de dolor desde su aparatosa caída en el desfiladero, días antes, apretó con fuerza los dientes cuando Arawen se aproximó para extenderle su propia porción.
—Cómelo tú, Taran —le ordenó la muchacha con firmeza.
—No, Arawen. Te corresponde por derecho, es tu parte, yo estoy bien y con esto tengo bastante.
—Te toca a ti, no es una discusión. Tu no estas andando bien y necesitas recuperar energías y es importante que comas, te queda mucho por guiarnos.
Briga dirigió una mirada de auxilio hacia Cern, aguardando que el varón de más edad interviniera para imponer un criterio de autoridad.
Sin embargo, Cern optó por apartar la vista con incomodidad, fijándola en la hojarasca.
Levantaron a continuación un fuego de dimensiones mínimas, una humilde pira que poseía la facultad de engañar a la mente antes que de combatir eficazmente el frío real de la noche.
El descanso nocturno resultante se rompió en un goteo incesante de sobresaltos: ramas secas que crujían bajo garras invisibles, el aullido lejano de un lobo en mitad del acecho y el rumor sordo del agua corriendo en el fondo de alguna hondonada impracticable.
Al despuntar el alba, constataron la peor de las desgracias: las pocas raíces comestibles que habían recolectado el día anterior habían desaparecido del petate.
—No están en el saco —anunció Lía con la voz quebrada.
Cern evitó de forma sistemática cruzarse con las miradas de sus compañeros.
—Entrégame las raíces, Cern —solicitó Arawen, aproximándose al muchacho.
—Yo no he tocado nada, Arawen.
—Entrégamelas ahora mismo.
La joven no se tomó la molestia de elevar el tono de su voz.
Se limitó a sostenerle la mirada con una fijeza tan gélida y severa que el chico, finalmente vencido por el peso de la vergüenza y el remordimiento del hambre, terminó por extraer la pequeña bolsa de cuero oculta bajo los pliegues de su manto de lana.
—No hay suficiente alimento para todos en este saco —murmuró Cern, justificándose—. Si no tomaba la iniciativa de asegurar mi sustento, os garantizo que mis piernas no habrían resistido la jornada de hoy.
—Si no somos capaces de compartir con rigurosa justicia lo poco que poseemos, te aseguro que aquí no va a llegar nadie con vida al final de la semana —sentenció Arawen con frialdad.
Procedió a efectuar un nuevo reparto guiada por una justicia austera y matemática. Acto seguido, extendió el brazo señalando decididamente hacia la vertiente oeste del terreno.
—Hacia allí podemos obtener agua potable a escasa distancia de donde estamos. Vamos, en marcha.
Siguieron con paciencia el hilo cantarín del arroyo hasta toparse de frente con una antigua cabaña de piedra, cuyo tejado de madera se mostraba casi devorado por la acción invasiva del musgo.
La puerta exterior cedió a la presión emitiendo un gemido prolongado de sus bisagras.
En el interior del habitáculo flotaba un olor estancado a humo antiguo y a plantas medicinales secas.
El entorno revelaba restos de frascos de arcilla rotos, cordeles de fibra vegetal con hierbas colgando de las vigas, un banco de labor tosco y, en la pared del fondo, una serie de marcas de carbón dispuestas en grupos verticales de cinco líneas.
Briga deslizó con suavidad las yemas de sus dedos por encima de aquellas muescas seculares.
—¿Representan el recuento de los días? —inquirió.
—O tal vez el cómputo de los inviernos de aislamiento —sugirió Taran con escepticismo.
Bajo un haz denso de helechos secos, Arawen descubrió una colección de huesecillos de ave perfectamente limpios y un cuenco de arcilla tosca que lucía una pronunciada resquebrajadura en su base.
—Este lugar es la prueba de que alguien logró sobrevivir en estas mismas condiciones antes que nosotros —afirmó la joven con determinación—. Nosotros poseemos la misma sangre; podemos hacerlo exactamente igual.
Sin perder un instante, se dirigió al cauce del arroyo y procedió a confeccionar una trampa de pesca improvisada, empleando para ello ramas flexibles de sauce y trenzados de fibra de ortiga silvestre.
Regresó al refugio portando un generoso manojo de berros frescos.
Hirvió el agua en un recipiente limpio y preparó un falso caldo vegetal para entonar los cuerpos, posteriormente, se dedicó a limpiar la herida infectada de Taran haciendo gala de una paciencia infinita: raspando con cuidado la piel endurecida, desinfectando la zona con ceniza limpia del hogar y aplicando agua templada a intervalos regulares.
Fue en ese momento cuando, justo en el dintel de la puerta, al lado de una hendidura natural de la roca, Arawen reparó en la presencia de una espiral doble finamente grabada.
No se trataba de un mero adorno estético; constituía un signo sagrado.
Lo memorizó al detalle en su mente, absteniéndose de tocarlo con los dedos.
Esa misma noche, mientras las brasas del hogar comenzaban a palidecer, Cern rompió el silencio reinante sin atreverse a levantar la vista del suelo:
—Mañana por la mañana tengo la intención de marcharme de este grupo. Continuaré el camino en soledad. No albergo el menor deseo de volver a robarle la comida a mis propios compañeros.
—Si esa es tu determinación irrevocable, Cern —le contestó Arawen sin un ápice de rencor—, asegúrate de dejar en la cabaña la cuerda larga y el cuchillo pequeño de caza.
Te está permitido llevarte tu ración de agua.
Emprende la marcha justo al amanecer y procura no distanciarte en ningún momento del curso del río.
No se formularon reproches adicionales en la estancia, la cruda realidad de la supervivencia no admite discursos prolongados ni debates éticos.
Cern abandonó el refugio con las primeras luces del alba sin tomarse la molestia de mirar atrás una sola vez.
Lía se abrazó a sí misma buscando protección, abrumada por la situación; Briga apretó los labios con fuerza contenida.
Taran la agarró del brazo antes de que cruzara el umbral, obligado a frenarla. Tenía los ojos desorbitados por el cansancio y el miedo a que las cosas se les fueran de las manos.
—¿Albergas la esperanza de que logre sobrevivir y regresar algún día con los suyos? —susurró Taran de cara a la muchacha.
—No se Taran, no se…. —susurro Arawen
—No tenías que haber dejado que se fuera, Arawen —protestó con voz rabiosa, mirando de reojo a Lía y Briga para que no le notaran el temblor en la voz—.
Sé que robó la comida, ¡claro que lo sé!
Pero Cern es fuerte, maldita sea. Tenía buenas piernas para la nieve y nos hacía falta para cortar leña.
Ahora nos toca hacerlo todo a nosotros dos solos. Nos vamos a congelar.
—Estaba muerto de vergüenza, Taran —replicó ella, apartándole la mano, pero sin apartar la mirada—.
No podíamos obligarlo a quedarse. ¿Cómo vas a dormir por las noches sabiendo que el de al lado te odia o te va a quitar el pan en cuanto te despistes?
Tener a alguien al lado en quien no confías da más miedo que la propia niebla.
—¡Pues nos aguantamos! —saltó Taran, dando un paso hacia ella para imponerse, aunque la voz se le quebró un poco—.
Si dejamos que cualquiera agarre sus cosas y se marche cuando meta la pata, esto se termina.
No podemos ir dividiéndonos. Somos críos, Arawen, y si no nos mantenemos juntos, no vamos a durar ni dos días aquí arriba. Me da igual el hambre que tuviera Cern.
Arawen se le quedó mirando en silencio durante un segundo largo, viendo cómo apretaba los puños para disimular que le tiritaban los labios.
—Lo único que sé con certeza es que ese chico tiene frío, Taran.
Y arrastra un hambre atroz. Exactamente igual que nos sucede a nosotros en este instante.
Dejemos las lamentaciones; y recemos para que la trampa del arroyo tenga algo hoy, Taran —murmuró ella con la garganta seca—.
Porque las reglas no se comen y los estómagos siguen vacíos.
Al filo de la media mañana, la estructura de ramas sumergida latió con fuerza.
Un pez de buen tamaño golpeó el aire de la orilla exhibiendo un fulgor plateado en sus escamas.
Arawen lo sostuvo con firmeza durante un segundo, experimentó el tacto glacial de su piel resbaladiza y desterró cualquier atisbo de duda de su mente: le propinó un golpe seco y certero contra la superficie de una roca plana.
No hubo celebraciones ni muestras de alegría por la captura; procedió a limpiarlo con un respeto casi ritual en el agua corriente.
—Hoy la tierra ha decidido que no pasemos hambre —anunció a sus compañeros cuando el aroma reconfortante de la carne cocida inundó por completo las estancias de la cabaña de piedra.