Capítulo 5 — Senderos Que Se Separan #4
Para celebrar la culminación exitosa de la segunda etapa, Mateo los reunió en torno a una mesa comunal del comedor, donde el cocinero se había encargado de disponer un menú tradicional de primer orden para reponer las fuerzas minadas por el barro.
Los platos combinaban fuentes humeantes de pote asturiano elaborado con berzas de la huerta y un compango casero de primerísima calidad, raciones de tortos de maíz con huevos camperos y picadillo, y una cazuela de carne guisada que se deshacía al menor contacto con el tenedor.
Fue en ese preciso instante de la velada, al calor de los fogones y con los primeros vasos de sidra natural escanciados, cuando comenzaron a florecer de forma espontánea las verdaderas confidencias y los primeros relatos personales entre los excursionistas, despojándose de las máscaras urbanas que habían arrastrado desde Madrid o Londres.
Antes de dar por concluida la cena, Mateo reclamó la atención de sus pupilos elevando su vaso:
—Mañana nos toca adentrarnos de lleno en el verdadero terreno de alta montaña de la travesía.
Afrontaremos el ascenso directo hacia Torrebarrio, y os advierto que el sendero se presentará realmente exigente con las piernas…
pero os aseguro que albergará una belleza paisajística difícil de igualar en toda la península.
Grabad esto en la mente antes de iros a descansar a las literas: en la inmensidad de la montaña, nadie camina solo, por mucho que su propia mente se empeñe en hacerle creer lo contrario en los momentos de flaqueza.
Bruno elevó su propio vaso de sidra, mostrando un semblante inusualmente relajado y en paz con el entorno.
—Brindo de corazón por esa afirmación del guía —sentenció el cordobés, cruzando la mirada con Irene—. Y brindo también por este plato de pote asturiano y porque, siendo sincero con vosotros, todavía no experimento el menor deseo de regresar a mi rutina de siempre.
Las risas unánimes y sinceras estallaron con fuerza en el comedor del albergue, sellando un pacto implícito de camaradería entre los nueve expedicionarios.
En el exterior del edificio, el viento del norte golpeaba con una cadencia violenta e irregular contra las contraventanas de madera de la fachada. Ayko interrumpió su conversación durante un segundo para prestar atención al ulular del vendaval y murmuró con solemnidad:
—El Nuberu se encuentra ya cerca de nuestra posición, compañeros.
Elías respondió al comentario de la japonesa de forma pausada, cerrando las tapas de su libreta con un golpe seco:
—O tal vez, Ayko, la realidad es que esa tormenta lleva observándonos fijamente desde que pusimos el primer pie en el sendero.
Pasado - La sombra de los hombres del Rey
La tormenta llegó pronto, pero no de la forma en que esperaban, no hubo el estallido de un trueno ni el azote del agua sobre el techado de la cabaña.
Lo que los puso en guardia fue un murmullo, un roce metálico que cortó el aire húmedo de la tarde.
Eran buscadores, caminantes que merodeaban los alrededores con la precisión de quien rastrea una presa herida.
—Fuera, ahora —susurró Taran, con una autoridad que no admitía réplica.
Sigilosos, como sombras que se funden con la propia tierra, los cinco abandonaron la cabaña por la parte trasera. Cern, Briga, Lia y Arawen se deslizaron tras él, ocultándose en la penumbra del bosque, hundiendo sus cuerpos entre la maleza espesa y el barro frío.
Desde su escondite, con el corazón golpeando con fuerza contra las costillas, vieron aparecer a los hombres. Llevaban los colores del Rix, tipos curtidos con el rostro marcado por la crueldad de quien se sabe impune. Se detuvieron a escasos metros de donde los niños contenían la respiración.
—No pueden estar lejos —escupió uno de los exploradores, golpeando un tronco con la empuñadura de su espada—. Detesto a esos traidores del clan Branwen. Son como una infección en estos valles que hay que erradicar.
—Acabaremos con todos —respondió el otro con una sonrisa gélida—. Lo de ayer solo fue el principio. No quedó ni uno de los que encontramos en la carbayeda del oeste, querían huir al amparo de los pésicos. Fue rápido, casi no tuvieron tiempo ni de gritar antes de que el acero hiciera su trabajo.
Un gemido ahogado nació en la garganta de los chicos. Arawen apretó los puños hasta que las uñas le clavaron la carne; Briga y Lia se abrazaron temblando. En sus mentes, la imagen de sus familias se proyectaba como un rastro de cenizas. Muertos. Todos podrían estar muertos.
La impotencia los embriagaba, un veneno más letal que el frío.
No podían gritar, pues los descubrirían en segundos.
No podían salir a defender el honor de su sangre, pues solo encontrarían la misma muerte que sus padres.
Tuvieron que quedarse allí, tragándose las lágrimas y el horror, mientras la rabia les quemaba por dentro.
Finalmente, los exploradores se marcharon, perdiéndose entre la espesura con sus promesas de sangre. El silencio regresó, pero ya no era el mismo. Una oscuridad nueva, densa y amarga, bañó el corazón de los cinco.
Porque allí, bajo la protección de la maleza, algo se había roto para siempre.
Aunque estaban solos y desamparados, ya no eran niños jugando a sobrevivir en la montaña.
El dolor los había empujado al otro lado del muro.
Ya no eran niños; en ese preciso instante, la desgracia los había convertido, a la fuerza, en hombres y mujeres.