El susurro del cuervo blanco Capítulo 5 — Senderos Que Se Separan #3
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Capítulo 5 — Senderos Que Se Separan #3

—Los ancianos de la tribu solían asegurar que cuando un caminante se ve obligado a abandonar el amparo de su clan, el propio fuego que es capaz de encender en la noche se transforma en su único hogar verdadero —señaló Taran, rompiendo la densa quietud que se había instalado en torno a las llamas.

—¿Y qué sucede entonces con ese fuego cuando finalmente alcanzamos el momento de regresar al castro de origen? —inquirió Arawen, manteniendo la vista fija en las ascuas.

—Nos vemos en la obligación de apagarlo por completo —le respondió el joven con seriedad—. Únicamente extinguiendo el fuego del destierro nos capacitamos para encender un hogar completamente nuevo sobre las cenizas del pasado.

Arawen fijó sus ojos en el baile de las llamas y, a través del reflejo cambiante del fuego, creyó percibir por un instante efímero la silueta inconfundible de aquella misteriosa mujer del bosque que había visitado sus sueños, observando sus movimientos desde la más profunda oscuridad de la arboleda.

Lejos de experimentar una oleada de pánico, la joven constató que una profunda curiosidad comenzaba a adueñarse de sus sentidos.

Algo muy antiguo en su interior estaba aprendiendo a mirar con madurez más allá de los límites del miedo primitivo.

Presente — Teverga

El sol jugaba al escondite tras el espeso lienzo de las nubes bajas cuando la vanguardia de la expedición alcanzó finalmente la posición del mirador natural que dominaba los valles de Teverga.

El aire en esa altitud se percibía limpio, saturado de ese característico olor mineral y primitivo que solo concede la alta montaña a quienes desafían sus rampas.

Mateo alzó la voz para asegurar que todos sus pupilos le escucharan con claridad:

—Detened el paso un instante, señores. Respirad a pleno pulmón. Estos valles poseen la cualidad de separar de forma definitiva al simple andarín del verdadero caminante de montaña.

Elías se aproximó con lentitud hasta la barandilla del mirador, acomodándose las gafas.

—A veces, Mateo, tengo la impresión de que el murmullo del viento que nos regala esta cordillera se consagra como el único espejo de la realidad que no se toma la molestia de mentirnos a la cara —reflexionó el catedrático con voz pausada.

—Y comparte también la particularidad de ser el espejo que nos resulta más gravoso y doloroso de mirar de frente, profesor —corroboró Mateo con pausa.

Bruno dejó escapar una carcajada ruda para romper el misticismo del ambiente.

—Pues en mi caso particular, prefiero no mirarme demasiado en ningún espejo en estos momentos, compañeros. Con sobrevivir a los desniveles que nos impone este terreno, ya tengo más que suficiente entretenimiento para la cabeza.

Las risas espontáneas corrieron de inmediato entre los integrantes del grupo, y por primera vez desde que iniciaran la travesía en la plaza de la catedral, los sonidos del humor se percibieron genuinamente cómodos y desprovistos de barreras defensivas.

Irene guardó de forma definitiva su teléfono móvil en el interior del compartimento estanco de la chaqueta.

—Por lo que a mí respecta, hoy tomo la decisión legal de no registrar ni grabar nada de lo que resta de jornada —anunció con alivio.

—Bueno, para eso ya tenemos al profesional —comentó Laila con su singular diagnóstico fino.

Alex, sin darse por aludido y sin apartar la mirada ni un solo segundo de la espectacular panorámica del valle que se abría a sus pies, replicó con suficiencia:

—Me parece la primera decisión inteligente que tomas hoy, Irene. Así no me ensucias el encuadre y le dejo a mi audiencia la primicia del paisaje sin aficionados de por medio.

El grupo entero se quedó incrédulo y celebró la ocurrencia del joven con una oleada de risas irónicas.

Sin embargo, a pesar del ambiente, el aire de la montaña comenzaba a oler de una forma drásticamente distinta a cada minuto que pasaba.

A lo lejos, sobre el perfil abrupto de las cumbres calcáreas más elevadas, una densa nube de color negro azulado comenzaba a enroscarse con fuerza emulando la figura de un torbellino en movimiento.

Un trueno apagado y sordo rodó con violencia entre los desfiladeros del monte.

El Nuberu se encontraba, de forma indiscutible, comenzando a mover sus dedos de tormenta sobre la cordillera.

Pasado — El fuego y la noche

El bosque dormía sumido en una inmovilidad total.

Arawen, permaneciendo sentada en soledad junto a los estertores de la pequeña hoguera, aguzaba el oído ante el rumor creciente del viento del norte que comenzaba a agitar las copas de los árboles.

Se sentía incapaz de certificar si se encontraba sumida en mitad de un sueño vívido o si, por el contrario, una voz real de naturaleza sibilante la estaba llamando por su propio nombre de pila desde la negrura de la espesura.

Se incorporó sobre sus pies, aferrando el cuchillo. Directamente frente a su posición, recortándose entre los troncos de los carbayos, una silueta imponente ataviada con una pesada capa con capucha sostenía entre sus manos un tosco cuenco de arcilla del que ascendía un vapor denso y humeante.

—Tarde o temprano en el devenir de los siglos —articuló la misteriosa figura con una voz que semejaba el crujido de la madera vieja—, todos aquellos que han tomado la determinación irrevocable de caminar el sendero están condenados a encontrarse en el mismo cruce de caminos.

Arawen dio un paso hacia atrás, afianzando su posición de defensa en la tierra.

—¿Quién eres tú? ¿Cuál es tu nombre? —interrogó con firmeza.

—No soy más que una simple sombra que habita en las márgenes del camino —respondió la mujer antes de desvanecerse por completo entre los jirones de la niebla, como si nunca hubiera ocupado un lugar físico en el claro.

Cuando la joven regresó al abrigo de las brasas de la hoguera, constató con asombro que el tosco cuenco de arcilla se encontraba depositado exactamente sobre la piedra del hogar, repleto hasta el borde de una mixtura de hierbas silvestres secas.

Se inclinó para captar su aroma: el recipiente desprendía notas intensas a corteza de avellano, salvia de monte y ozono de tormenta inminente.

Presente — El albergue de Teverga

La expedición de La365 Trail hizo su entrada en las instalaciones del albergue rural de Teverga justo en el instante en que la tarde comenzaba a ceder su espacio a las primeras sombras de la noche.

Las nueve mochilas se apilaron de inmediato en un rincón del vestíbulo contra la pared de piedra, mientras las botas de montaña destilaban agua y barro sobre las baldosas.

El cansancio físico que atenazaba los músculos de los caminantes, sin embargo, portaba en esta ocasión un indiscutible sabor a logro compartido y superación personal.