El susurro del cuervo blanco Capítulo 5 — Senderos Que Se Separan #2
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Capítulo 5 — Senderos Que Se Separan #2

—La gran diferencia, Bruno, es que el gimnasio de tu barrio no viene con ración doble de barro asturiano incluida en la tarifa y sesión especial de Ronquidos Soul.

— Madre mía, vaya concierto, y eso que teníamos habitaciones separadas, si llegamos a dormir todos juntos, comenzamos la tercera Guerra Mundial — comento Laila sin inmutarse.

— ¿Guerra Mundial? ¿Pero no nos vamos a enfadar por eso ahora?  — Pregunto Ayko con duda de no entender bien la expresión.

Paula, fiel a su naturaleza conciliadora y templada, no tardó en añadir su propio matiz:

—Ni atesora tampoco esta cantidad abrumadora de belleza salvaje a cada lado del camino, muchachos. El esfuerzo merece la pena. Venga ánimo, hoy seguro que dormimos mejor.

Irene, sosteniendo el teléfono móvil en alto para registrar los primeros compases de la andadura, grabó un vídeo corto enfocando sus propias botas.

—Etapa número dos de La365 Trail. De momento seguimos respirando y en pie, aunque legalmente no me encuentro en condiciones de garantizar por cuánto tiempo se mantendrá esta situación jurídica —bromeó de cara a sus contactos personales.

Alex, que marchaba unos metros por delante en la fila, giró levemente el rostro hacia ella mostrando una sonrisa perfectamente ensayada, de las que ponía frente al objetivo de la cámara.

—Te lo digo como consultor de contenido, Irene: me dejas ese clip, le metemos una pista de audio en tendencia con un corte épico, un par de transiciones dinámicas y te multiplico el alcance un trescientos por ciento antes de cenar. Regalo de la casa.

—O consigues espantar de forma definitiva a los pocos que todavía muestran la paciencia de leerte —apostilló Elías desde la retaguardia, sin levantar la vista un solo segundo de las anotaciones que realizaba en su inseparable libreta.

Las risas colectivas que provocó la intervención del catedrático sirvieron para suavizar de golpe la dureza de la cuesta inicial de la jornada.

El sonido cantarín y omnipresente del agua del río encajonado los acompañó en cada tramo del ascenso, al tiempo que el bosque nativo parecía cerrar filas de manera progresiva a su alrededor: una masa forestal densa, saturada de humedad, que se antojaba infinita ante los ojos del urbanita.

A medida que el sendero ganaba altitud sobre el terreno y la exigencia física se cobraba su tributo en los pulmones, las conversaciones cruzadas que habían amenizado el arranque se fueron deshilando de forma paulatina.

Cada uno de los caminantes se recluyó en el espacio íntimo de su propia respiración y en el ritmo mecánico de sus pasos.

El silencio, en determinadas etapas de la montaña, se consagra como la herramienta más honesta y transparente para presentarse ante los demás.

Fue Bruno quien se encargó de romper la quietud imperante un par de horas más tarde.

—¿Cuál es el motivo real por el que una mujer como tú toma la decisión de afrontar una ruta como esta, Irene? —inquirió el exmilitar, aprovechando un breve receso en el que compartieron un trago de agua de la cantimplora.

La abogada descendió la cámara de fotos que sostenía en las manos y guardó un silencio reflexivo, sopesando la respuesta mientras contemplaba la niebla que flotaba sobre las copas de los árboles.

—Supongo que alcancé un punto de no retorno en mi profesión, Bruno —confesó, con una seriedad que desarmó la intención de romper el hielo por parte del cordobés—.

Me cansé por completo de permanecer conectada magnéticamente a todas las alertas del mundo exterior, a las urgencias de los clientes y a las expectativas ajenas…

dándome cuenta de que, en el proceso, me había desconectado por completo de mi propia existencia.

A veces, la vida se transforma en un ruido ensordecedor que te impide escuchar lo verdaderamente importante.

Bruno asintió con la cabeza, desprovisto de cualquier atisbo de ironía o escepticismo en sus facciones.

—Pues a buen sitio has llegado, es indudable que has seleccionado el escenario perfecto para tu propósito. En estas canales de piedra te garantizo que no vas a encontrar cobertura satelital, pero tampoco espacio para las excusas personales.

Unos metros por detrás de ellos, Ayko observaba con fascinación el perfil abrupto de los montes colindantes y murmuró en voz baja:

—La tonalidad del verde en esta región posee una naturaleza sumamente particular. No se limita a ser un paisaje bonito o digno de una postal; es un verde… profundamente espiritual.

Mateo, que encabezaba la marcha marcando el compás idóneo para el grupo, esbozó una sonrisa de complicidad con la japonesa.

—Es una buena observación, Ayko. En Asturias las montañas no se han hecho con el propósito de ser miradas de forma superficial; aquí las montañas te invitan a ser escuchadas.

Pasado — En marcha

El bosque primigenio respiraba y emitía crujidos en la penumbra emulando el descanso de un animal descomunal que permaneciera dormido.

Arawen avanzaba a paso firme en mitad de la espesura, flanqueada por sus compañeros de andadura: Taran, Cern, Briga y la pequeña Lía.

Su equipaje de destierro se reducía a unas pocas provisiones de pan seco, un cuchillo de caza bien templado en el cinto y una ración compartida de esperanza en el porvenir.

Einar, su padre, se había tomado la molestia de escoltar sus pasos únicamente hasta alcanzar el claro estratégico donde moría el sendero principal del valle.

—Mis conocimientos y mi deber me permiten guiaros de forma segura hasta este punto exacto de la espesura —sentenció el veterano guerrero, plantando el regatón de su lanza en la tierra—.

El resto del trayecto y las decisiones que toméis a partir de este instante os pertenecen en exclusiva a vosotros.

Recordar la estirpe de los Branwen puede verse obligada a esconderse entre los matorrales del valle durante generaciones, muchachos...

pero no tiene la menor idea de cómo se hace para rendirse ante la corona.

Arawen no se aproximó a rodearlo con un abrazo de despedida. Era plenamente consciente de que no podía permitirse ese lujo emocional en mitad del bosque. Si cedía a la debilidad de las lágrimas en ese claro, el coraje necesario para afrontar el camino se desharía entre sus dedos como la nieve fina.

El aire de la mañana olía intensamente a madera húmeda y a un miedo primitivo.

Cada paso que daban alejándose de la figura de Einar se consagraba como una auténtica declaración de orfandad, independencia y supervivencia.

Por primera vez en sus doce lunas de vida, Arawen caminaba sin requerir el permiso ni la tutela de los adultos.

Y, sin que nadie se lo hubiera explicado explícitamente, ese preciso instante se convirtió en su verdadero bautismo de madurez.

Presente — Entre montes y leyendas

Al filo de la media mañana, la Senda del Oso los condujo de forma directa hasta las inmediaciones de una antigua fuente de piedra tallada que vertía un caño de agua cristalina.

Paula se apresuró a repartir un puñado de frutos secos de su reserva entre sus compañeros, al tiempo que Ayko dejaba caer el peso de su mochila sobre el banco de madera con un indiscutible suspiro de alivio.

—Las crónicas locales que estuve consultando antes de viajar —comenzó a relatar la joven japonesa, refrescándose el rostro— sostienen que por estos mismos valles habita un espíritu diminuto y esquivo, dotado de la costumbre de colarse en los hogares ajenos para alterar el orden y realizar travesuras.

Mateo levantó la mirada de las anotaciones de su mapa, mostrando una chispa de diversión en los ojos.

—¿Te refieres al mito del Trasgu, Ayko?

—Exactamente, a ese duendecillo. En las tradiciones folclóricas de Japón custodiamos una criatura que comparte ciertos rasgos con él —explicó ella con entusiasmo—: el Kappa del bosque, un ser que posee la facultad de robarte la calma y la tranquilidad si muestras la osadía de no respetar el curso natural del río.

Bruno esbozó una sonrisa burlona mientras masticaba una almendra.

—Vaya, de modo que resulta que nuestro Trasgu asturiano cuenta con una familia internacional bastante bien posicionada.

Irene consumió un trago generoso de agua de la fuente y añadió, adoptando un tono bastante más sombrío:

—Ojalá todos los contratiempos y los males que arrastramos en nuestra vida real mostraran la misma inocencia que las travesuras de ese duende de la mitología, muchachos.

Mateo clavó su mirada en la abogada durante unos segundos, manteniéndola fija.

El guía de montaña atesoraba la suficiente experiencia lidiando con grupos humanos como para saber que, lamentablemente, en el interior de cada expedición siempre viajan demonios y dolores personales muy reales que intentan camuflarse desesperadamente tras el escudo de las bromas y el sarcasmo.

Todos al principio queremos fingir lo que no somos y ciertos monstruos de la realidad no requerían de la mitología popular para infligir un daño devastador en el alma.

Él pensaba que el grupo estaba todavía por definir, el sendero marcaría su paso.

Elías pensador impulsivo extrajo su pluma e inmortalizó un nuevo pensamiento conceptual en los márgenes de sus apuntes: “No todos los monstruos que atenazan la cordura de los hombres precisan un nombre propio en los libros. Algunos, los más peligrosos, solo solicitan un silencio cómplice para devorarte por dentro.”

Pasado — La hoguera

Al caer la noche en mitad de la espesura del nuevo valle, Arawen y su reducido grupo de caminantes se afanaron en encender una pequeña hoguera en un hueco del terreno.

El fuego resultante se mostraba débil, asediado por la humedad ambiental, pero resultaba más que suficiente para recordarles de forma física que continuaban con vida y que la sangre seguía fluyendo en sus venas.