El susurro del cuervo blanco Capítulo 5 — Senderos Que Se Separan
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Capítulo 5 — Senderos Que Se Separan

Pasado — Las Caldas, fin del invierno

El invierno se había instalado en las profundidades de Las Caldas como un huésped indeseable y severo que se negara rotundamente a emprender la marcha.

El humo denso de las hogueras comunales apenas lograba elevarse hacia el cielo; el aire se percibía tan gélido que parecía poseer un peso físico sobre los hombros de los refugiados.

En los espacios donde apenas unas lunas atrás se escuchaban las risas de los niños y el golpeteo rítmico de los martillos de los herreros, ahora solo restaban cuchicheos temerosos a media voz y los golpes secos e intermitentes de la madera al ser cortada para el fuego.

Arawen, habiendo alcanzado ya los doce años de edad, había dejado atrás de forma definitiva la inocencia de la niñez.

Sus jornadas transcurrían ahora transportando pesados cubos de agua helada desde el arroyo, remendando con tosquedad pieles de abrigo endurecidas por la escarcha y aguzando el oído ante conversaciones de los adultos que invariablemente concluían en un mutismo absoluto.

Su madre, Mäelis, la observaba desempeñar aquellas tareas con la tristeza contenida y madura de quien es plenamente consciente de que el amor más puro no posee la virtud de proteger a los hijos de los designios del destino.

El menguado clan Branwen se preparaba para afrontar su división definitiva.

Los emisarios y guerreros del nuevo rey que se había alzado con el poder en el castro de Oueto no habían tardado en localizar su paradero, reclamando tributos abusivos en grano y la entrega inmediata de sus hombres jóvenes para engrosar las filas de su ejército invasor.

Negarse de forma abierta constituía una sentencia de muerte inmediata para toda la comunidad; aceptar las condiciones implicaba una traición imperdonable a la memoria de sus caídos.

Ante tal encrucijada, el consejo de ancianos tomó la determinación de ejecutar la única estrategia que ningún enemigo aguardaría de un clan guerrero: dispersarse en la inmensidad del mapa.

Dividir el fuego protector, tal y como dictaban las viejas máximas tribales, “para evitar que los perseguidores sean capaces de apagarlo por completo de un solo soplo”.

Aquella noche, mientras el viento aullaba contra los troncos del chozo, Mäelis las reunió junto al fuego.

Su hermana mayor Miana y Arawen, con las rodillas pegadas al pecho y los ojos entornados por el cansancio, buscaron el regazo materno instintivamente.

Mäelis les acarició los cabellos grasientos con dedos torpes y temblorosos antes de mirar directamente a Arawen.

—Tienes que empezar a guardar tus cosas en el fardo de cuero, Arawen —murmuró la madre, intentando que la voz no se le quebrara—. Cuando la primera luz despunte sobre la cumbre, saldrás con Taran y los demás hacia el sur.

Arawen se levantó de golpe.

—No —dijo de inmediato, con la garganta apretada por una rabia repentina—. No me voy a ninguna parte sin vosotras. Dijisteis que estaríamos juntas hasta que pasara el invierno.

—Los ancianos lo han decidido así, hija mía —respondió Mäelis con voz amortiguada, sin atreverse a sostenerle la mirada—.

Las patrullas se acercan. Un grupo grande deja un rastro demasiado ancho en la nieve.

Si nos dividimos, si los jóvenes vais por la cresta con Taran... tendréis una oportunidad de escapar.

—¡Me da igual el rastro! —saltó la muchacha en un susurro desesperado, temiendo despertar al resto del chozo—.

¡No lo entiendo, madre! ¿Por qué nos separan?

¿Por qué tenemos que huir nosotras por un lado y vosotras por otro?

Somos una familia, se supone que el clan nos protege.

¡No tiene ningún sentido dejarnos solas en la montaña!

Miana se acurrucó junto a Arawen, abrazándola con fuerza.

—¿De verdad vas a dejar que nos separen, Madre? —preguntó Miana con la voz rota—. Tiene que quedarse con nosotras. ¿quién me va a ayudar a cuidar de ti madre? ¿Quién va a cantar conmigo cuando llegue la noche?

—Miana, Arawen, escúchame —suplicó Mäelis, alcanzando la mano de sus hijas y apretándolas con una fuerza desgarradora—. No es una decisión para castigaros, es la única forma de que sigáis respirando.

—¡Pues me quedo a luchar! —las lágrimas, calientes y amargas, le resbalaron por las mejillas sucias de hollín—. No quiero irme con Taran, no quiero huir como si fuera un animal acorralado. No quiero dejar a mi hermana...

—No nos separéis... por favor, madre, no nos hagáis esto —suplicó Miana contra su cuello, sintiendo el olor familiar a humo y tomillo seco que siempre la había protegido.

Mäelis las envolvió a ambas en sus brazos, besando la cabeza de Arawen una y otra vez mientras dejaba que sus propias lágrimas cayeran en silencio sobre la trenza de su hija.

—Escúchame bien, Arawen —le susurró al oído con una firmeza desesperada—.

Vas a obedecer a Taran. Vas a caminar, aunque te sangren los pies y vas a cuidar de los que van contigo.

No me pidas que te deje quedar, porque verte morir aquí me mataría antes de que lleguen los soldados.

Si te vas... sí sobrevives... una parte de mí seguirá viva en alguna parte de este valle. Prométemelo. Prométeme que vas a vivir.

Arawen apretó los dientes, sintiendo el peso aplastante de un destino que no había elegido, y asintió despacio contra el pecho de su madre, sabiendo que esa noche la niñez se le escabullía entre los dedos para no volver jamás.

El fuego del hogar familiar temblaba y chisporroteaba con un sonido hueco, casi lúgubre. Einar, el padre de Arawen, se aproximó a ella para tenderle un cuenco de madera que contenía un caldo pobre de hierbas del bosque.

—Esto que afrontamos al amanecer no representa un adiós definitivo, mi niña —afirmó el guerrero, buscando los ojos de su hija—. Es, simplemente, la única vía factible para mantener con vida lo que somos y la sangre que nos corre por las venas.

— Pero Padre ¿Volveremos alguna vez a vernos? ¿Regresaremos a Oueto? —preguntó ella, modulando la voz con una firmeza mayor de la que realmente albergaba en su pecho.

—Siempre se regresa a los orígenes, Arawen. Pero el destino suele decretar que no todos regresemos al mismo sitio, ni compartamos el mismo instante, los dioses decidirán.

Las palabras de su padre se quedaron presentes en la penumbra de la choza, sintiéndose en el ambiente mucho más duras y difíciles de asimilar que la propia leña verde que se resistía a arder en el hogar.

Arawen no pudo replicar. Solo sintió un nudo amargo en la garganta y unas lágrimas calientes que le quemaron las mejillas.

Tenía solo doce años y, de golpe, sentía que se lo estaban quitando todo: su casa, sus padres, sus raíces...

su vida entera. Se quedó quieta, con la mirada perdida en el declive de las llamas, limpiándose la cara con el reverso de la mano sucia de hollín.

Al ver cómo se apagaba el fuego, pensó en lo fácil que era estar caliente cuando todas las brasas estaban juntas en el mismo montón, brillando con fuerza.

Pero ahora el viento soplaba rudo y las estaba separando, dejando a cada una sola en mitad de la oscuridad.

Y con un escalofrío en el pecho, se dio cuenta de la peor de las verdades: a partir de esa noche, si no quería congelarse, iba a tener que aprender a buscar su propio calor ella sola.

Al despuntar los primeros rayos del amanecer, el valle de Las Caldas se inundó con el sonido sordo de multitud de pasos en marcha, no se registraron gritos de desesperación, ni se permitieron lágrimas efusivas de despedida ante el enemigo invisible.

Únicamente se percibió el crujido característico de la nieve congelada bajo el calzado de piel y el roce rítmico de los bastones de madera marcando un adiós contenido y silencioso.

Los diferentes grupos familiares se separaban en los cruces de caminos, llevándose cada uno de ellos un fragmento místico del mismo hogar destruido.

El clan Branwen se disolvía de forma voluntaria entre la niebla matutina, emulando al humo que se desvanece al rozar la corriente del río.

Arawen, deteniendo su marcha un instante para contemplar la línea del horizonte que dejaba atrás, apretó con fuerza entre sus manos la lanza que le había cedido su padre.

Por primera vez en su corta existencia, experimentó una doble frustración, ausencia de miedo y angustia profunda.

Un fuego pequeño, pero concentrado, comenzaba a arder en su interior.

Presente — Camino de Proaza a Teverga

El amanecer sobre el albergue se desplegó en una gama de grises apagados, sin tomarse la molestia de prometer una jornada apacible a los caminantes.

Frente a las puertas del establecimiento, los nueve integrantes de la expedición se reunían arrastrando esa clásica torpeza física propia de los cuerpos que todavía no han completado el proceso de adaptación al esfuerzo y reconocerse mutuamente como un grupo cohesionado.

Mateo procedió a desplegar el mapa topográfico de la etapa sobre la superficie de una mesa de madera exterior, humedecida por el rocío de la noche.

—Por delante nos aguardan rigurosamente dieciséis kilómetros de trayecto —explicó, trazando la línea con el dedo—.

Afrontaremos una subida constante, pero de pendiente suave, adentrándonos de lleno en el trazado de la Senda del Oso.

Si la climatología nos respeta y el agua no decide hacer acto de presencia antes de tiempo, estaremos disfrutando de una buena comida en Teverga al mediodía.

Bruno realizó un estiramiento de piernas un tanto forzado, portando la queja reglamentaria ya lista en los labios.

—Sinceramente, las sesiones de tren inferior me resultaban muchísimo más llevaderas en las máquinas del gimnasio, vaya nochecita toledana —murmuró el cordobés, reajustándose la mochila.

Noa, que se encontraba calibrando con destreza las roscas de sus bastones de aluminio, le replicó de inmediato sin mirarlo: