Capítulo 4 — Donde Despiertan Los Signos #3
Mateo, sentado un tanto apartado sobre una roca que dominaba el corte del terreno, mantenía la mirada fija en la evolución de las formaciones nubosas que comenzaban a colonizar las cumbres.
—En esta región de Asturias, el cielo posee la potestad de cambiar de humor radicalmente en cuestión de minutos y sin pedirle permiso a ningún caminante.
—Exactamente igual que acostumbra a hacer la gente de las grandes ciudades —añadió Laila con una media sonrisa melancólica, contemplando el discurrir del valle desde su rincón.
De manera imprevista, el viento del norte comenzó a soplar con una violencia inusitada en la canal.
Las nubes bajas que cubrían las cimas se desplazaron a gran velocidad hasta conformar, por encima de las cabezas de los nueve expedicionarios, un círculo geométricamente perfecto, un auténtico torbellino de luces tamizadas y sombras densas que mantuvo su estructura durante apenas unos angustiosos segundos antes de disolverse.
Ayko, incorporándose de golpe sobre sus pies con la vista clavada en el firmamento, susurró con la voz entrecortada:
—Ese remolino… ese símbolo exacto en el espacio… yo ya lo he visto con anterioridad en otra parte.
—¿Dónde dices que has presenciado una formación semejante, muchacha? —inquirió Mateo, volviéndose hacia ella con una chispa de interés genuino en la mirada.
La joven japonesa dudó unos instantes antes de ofrecer una respuesta, sopesando sus palabras.
—En las ilustraciones de un volumen descatalogado que consulté sobre las antiguas deidades paganas del norte de Europa. Las crónicas medievales sostenían que esa disposición del cielo marcaba, de forma inequívoca, el paso fronterizo entre dos mundos que intentan tocarse.
El silencio que se instaló tras la explicación de Ayko se percibió más pesado y cargado de electricidad estática que las nubes que los amenazaban.
Mateo se incorporó con parsimonia de su asiento de piedra, sacudiéndose los restos de tierra del pantalón técnico y restándole deliberadamente importancia dramática al suceso ante el grupo.
Sin embargo, el resto de la cordada no tardó en reaccionar.
El misticismo de la japonesa había sido la gota que colmaba el vaso de la paciencia de unos cuerpos ya castigados por los kilómetros.
—Pero bueno, Ayko, espero que no nos vayas a pegar ahora un viaje místico en mitad del puerto —saltó Paula, soltando una risa seca mientras palmeaba el bolsillo donde guardaba su gorra impermeable—.
Bastante tenemos ya con la tormenta que se nos viene encima como para meterle portales Inter dimensionales al asunto. ¿Pero de verdad crees en estas cosas?
—Por favor, os lo pido, que solo son unas malditas nubes que amenazan lluvia —marmullo Bruno, reajustándose de mala gana las cinchas de la mochila con un gesto brusco—.
Un frente frío de manual entrando por la Cordillera.
De verdad... ¿venimos aquí a caminar y a sudar la camiseta o a rodar una temporada de Stranger Things ?
Porque si lo sé, me quedo en el sofá de casa con la manta.
Noa miró al cielo, entornando los ojos con evidente escepticismo, y luego se volvió hacia la japonesa cruzándose de brazos.
—A ver, y si Ayko, tiene razón, que, viendo bien el terreno, aquí las nubes son nubes, y viendo la mitología viviente que hay por estos lares paganos.
Igual nos va a salir el Cuélebre de detrás de una peña.
Pero eso mejor lo dejamos para una de Netflix y vamos a aligerar el paso, que como nos pille el agua en lo alto nos vamos a enterar de lo que es un mundo tocando a otro.
—A ver, un poco de calma —intervino Mateo, alzando las manos para cortar la marea de comentarios antes de que la tensión fuera a más, aunque clavando un segundo de mirada pensativa en Ayko—.
Dejemos las series para cuando estemos al calor del albergue.
Arriba las mochilas, grupo. Conectad con el suelo que pisáis y moved las piernas, que la geografía real es la que nos va a calar hasta los huesos si no nos movemos ya.
Sin embargo, a pesar de la orden del guía, ninguno de los caminantes articuló palabra alguna durante los siguientes dos kilómetros de andadura.
Únicamente se percibía en mitad del valle el rumor constante y rítmico del viento del norte girando con fuerza entre las canales de la piedra.
La Eternidad
En la penumbra del pasado, una niña perteneciente al proscrito Clan Branwen experimentó en sus propias carnes cómo el aire de la montaña respiraba de una forma radicalmente distinta bajo la tutela y el signo sagrado del Nuberu.
En la nitidez del presente, nueve caminantes urbanos acaban de descubrir en la alta montaña, desprovistos de una explicación racional, esa misma señal ancestral trazada con precisión milimétrica en mitad del cielo asturiano.
Dos coordenadas temporales drásticamente distanciadas en los libros de historia.
Una única y misteriosa llamada de la tierra.
El sendero de La365 Trail acababa de abrirse de forma irrevocable ante sus ojos. Y, desde la soberbia de las cumbres invisibles que custodiaban el valle, el viento de la montaña comenzaba a escribir, con letras de agua y piedra, cada uno de sus nombres en las páginas de la eternidad.