El susurro del cuervo blanco Capítulo 4 — Donde Despiertan Los Signos #2
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Capítulo 4 — Donde Despiertan Los Signos #2

A su lado, el río de Las Caldas proseguía con su cantar constante, sonando con la fuerza de quien arrastra entre sus aguas palabras sagradas que los hombres de la tribu aún no se encontraban capacitados para traducir.

Presente — Camino hacia Proaza

A medida que la mañana avanzaba, el verde característico de la geografía de Asturias comenzó a desplegarse ante los ojos de los caminantes de manera infinita: prados de pasto relucientes, helechos monumentales que bordeaban la senda, antiguos muros de piedra divisorios cubiertos de musgo húmedo y pequeños riachuelos cristalinos que interceptaban el sendero obligándolos a medir los pasos.

El grupo de La365 Trail avanzaba en una fila india desorganizada, adoleciendo todavía de un ritmo de marcha uniforme y acoplado.

—¿De verdad no hay ni una sola raya de cobertura en esta senda de mala muerte?

—protestó Alex, frenando en seco por enésima vez mientras alzaba el teléfono al cielo como si buscase una milagrosa señal divina—.

Como no pueda subir el carrusel de fotos antes de las seis, me cargo el engagement de la semana entera. Menuda estafa de logística.

—Lo que nos queda por delante es camino, chaval —le contestó Paula con paciencia infinita, afianzando el agarre de sus bastones de trekking—. Y eso es, precisamente, lo que se supone que hemos venido a buscar todos en esta travesía.

Bruno dejó escapar una sonrisa de aprobación desde su posición de retaguardia.

—Esa maldita frase es lo suficientemente buena como para estamparla en una camiseta de diseño.

Irene replicó de inmediato desde el medio de la fila:

—Si logramos alcanzar el destino final de la etapa de hoy sanos y salvos, me encargo personalmente de gestionar la impresión en el bufete.

A medida que los kilómetros se acumulaban en las piernas, las conversaciones particulares entre los integrantes del grupo brotaban con fuerza y se apagaban de inmediato como fogonazos de pólvora, dando paso al sonido de la respiración.

Ayko, deteniendo su marcha frente a un ejemplar monumental de carbayu que se alzaba junto a la vereda, comentó en voz alta de cara al guía:

—En las tradiciones de Japón solemos sostener que los árboles más viejos de los bosques custodian en su interior las voces de los antepasados. ¿En estas tierras del norte sucede algo similar?

—En Asturias, los árboles viejos no se limitan a guardar voces, Ayko; aquí los árboles cantan —le contestó Mateo con convicción—. Pero poseen la condición de hacerlo únicamente para aquellos que demuestran el respeto de caminar despacio.

Noa, la integrante más joven de la expedición, dejó escapar una risa algo nerviosa mientras se reajustaba los tirantes del mochilón.

—Pues os aseguro que el árbol que llevo yo dentro de la cabeza solo se dedica a gritarme de dolor cada vez que me flaquean las piernas en las subidas.

Elías extrajo su estilográfica y procedió a anotar una breve observación filológica en las páginas de su libreta de notas, sin detener su paso pausado.

—¿Qué es lo que registras con tanto misterio, profesor? —curioseó Noa, asomando la cabeza por encima de su hombro.

—Intento fijar en el papel todo aquello que me cuesta un esfuerzo académico comprender en la realidad —confesó el catedrático de Salamanca.

—Entonces me temo que te van a faltar hojas en ese cuaderno para terminar la semana —bromeó la joven con frescura.

La carcajada limpia y generalizada que provocó el comentario fue sincera, por primera vez desde que se habían citado en Ca´Güelu, el grupo humano pareció respirar exactamente al mismo ritmo cardíaco.

Unos kilómetros más adelante, las ruinas consolidadas de una antigua casa de labor construida en piedra aparecieron de la nada junto al margen derecho del camino.

Apostada en el umbral de la puerta de madera carcomida, una anciana de rostro surcado de arrugas se encontraba ensimismada en la tarea de colgar pequeños manojos atados de ramitas de enebro seco y romero silvestre en el dintel.

—Buenos días nos dé Dios, señora —saludó Mateo con respeto, deteniendo la marcha de la expedición.

—Buenos serán los días que nos queden, si es que el viento de las cumbres no toma la determinación de cambiar de humor esta tarde —respondió la mujer con voz cascada, sin interrumpir en ningún momento la colocación de sus ramilletes protectores.

Ayko se desvió mínimamente de la fila, cautivada por la escena.

—Disculpe mi atrevimiento, ¿cuál es la razón por la que realiza ese ritual con las plantas?

—Para evitar que el Nuberu se enoje con los habitantes del valle, muchacha —explicó la anciana, clavando sus ojos oscuros en la joven japonesa—. Todo parece indicar que hoy tiene la intención de descender de las cumbres luciendo su manto espeso de nubes oscuras.

Y, sin añadir una sola consideración extra ni mirar atrás, la mujer se recluyó en la penumbra del interior de la vivienda, el grupo se sumió en un silencio incómodo y denso.

Irene, intentando rebajar la tensión mística del encuentro con un tono de broma, murmuró:

—Por lo que alcanzo a percibir en estos pueblos, el pronóstico del tiempo meteorológico comparte fronteras con la religión.

Mateo la miró fijamente antes de reanudar el paso:

—Te equivocas, Irene. En estos valles el tiempo no tiene religión, aquí el tiempo lo que posee es memoria.

Pasado — La mujer del bosque

Esa misma noche, bajo el amparo de la techumbre de ramas de Las Caldas, Arawen se sumió en un sueño de una intensidad inusual.

El bosque primigenio la rodeaba por completo en la visión, pero manifestaba una quietud antinatural.

En mitad del claro, erguida sobre la hojarasca, se recortaba la silueta de una mujer de cabello extremadamente largo y plateado, cuya piel lucía surcada por marcas y cicatrices circulares que evocaban la impronta de antiguas tormentas celestes.

—¿Quién eres tú? ¿De qué clan procedes? —interrogó la niña en el sueño, experimentando cómo la voz se le anudaba en la garganta.

La misteriosa aparición no articuló palabra alguna en respuesta, se limitó a tenderle con solemnidad un manojo de hierbas aromáticas idénticas a las del avellano y, con un movimiento pausado de su brazo, señaló hacia lo más alto del firmamento.

Una inmensa nube negra giraba en una espiral perfecta directamente sobre sus cabezas, conformando un torbellino de fuerza centrípeta. En el epicentro del remolino, destellaba una luz breve, intermitente, dotada de una naturaleza casi viva.

Arawen se despertó sobresaltada, con el corazón golpeándole las costillas y el sudor frío corriéndole por la frente. En el exterior de la choza, el cielo nocturno hervía materialmente debido al fulgor de una serie de relámpagos lejanos que iluminaban las siluetas de los árboles.

Su padre, apostado junto a la entrada del campamento con la vista fija en la línea del horizonte, murmuró para sí mismo con preocupación:

—El Nuberu se encuentra inquieto esta noche en las alturas. El cielo Astur nunca se toma la molestia de mentir a los hombres.

Y en ese preciso instante de la noche, Arawen comprendió con una claridad meridiana que el símbolo grabado que había tocado en el avellano del bosque no constituía un simple aviso de peligro: representaba, en toda regla, una llamada personal e irrevocable.

Presente — Primer alto en el camino

Justo al filo del mediodía, el sendero de montaña se abrió de forma espectacular sobre una de las cornisas que custodiaban el frondoso valle de Proaza. Mateo alzó el brazo derecho extendiendo la palma de la mano para ordenar la parada del grupo.

—Alto en la marcha. Descargad los hombros y respirad con calma. Esto que tenéis ante vuestros ojos es, rigurosamente, lo que habéis venido a contemplar en esta tierra.

El aire que soplaba en la cresta olía intensamente a hierba húmeda, a tierra de pastos y a altitud, las moles de las montañas se apilaban en el horizonte una tras otra, perdiéndose en una escala de grises y azules, como si custodiaran un secreto milenario tras sus murallas de piedra caliza.

Ayko extrajo de forma instintiva su cámara para registrar unos segundos de metraje del paisaje, pero, tras un instante de duda, tomó la determinación de bajar el dispositivo y guardarlo en su funda. Elías, que se encontraba a su lado recuperando el aliento, reparó en el gesto de la joven.

—¿No vas a inmortalizar la panorámica para tus archivos documentales o tus redes, Ayko? —preguntó con curiosidad.

—No, profesor —respondió ella, contemplando el abismo verde con los ojos brillantes—. He aprendido que existen ciertas realidades en este mundo que resultan incompatibles si se las intenta encuadrar desde la estrechez de una pantalla de cristal. Hay que dejarlas libres, debemos vivirlas.

Alex la observó desde su posición. Aquella reflexión imprevista por parte de la japonesa se le escapaba por completo: donde ella veía misticismo, él solo veía un reel perfecto con potencial para hacerse viral y ganar un par de miles de followers .

"Cosas de la cultura oriental", pensó para sus adentros, con cierto aire de superioridad.

Les encanta la tecnología para fabricar teléfonos, pero en cuanto ven cuatro árboles mal contados, les entra el ataque espiritual de turno.

El grupo humano se concedió un cuarto de hora de descanso reparador en mitad de la collada.

Bruno comenzó a repartir de forma desinteresada un puñado de frutos secos de su ración de marcha; Noa se desprendió del peso de la mochila y se tumbó por completo boca arriba sobre la hierba fresca; Irene aprovechó el receso para revisarse la aparición de posibles ampollas en los talones empleando un apósito de su botiquín, mientras Paula se afanaba en recalibrar la altura de los tramos de sus bastones de carbono.