El susurro del cuervo blanco Capítulo 4 — Donde Despiertan Los Signos
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Capítulo 4 — Donde Despiertan Los Signos

Pasado — Las Caldas: Los signos del bosque

El amanecer en el asentamiento provisional de Las Caldas nació espeso, plomizo, como si el propio cielo norteño dudara entre asentarse definitivamente sobre los valles o marchar arrastrado hacia el mar.

El humo de las fogoneras comunales ascendía de manera perezosa, dibujando jirones de un gris azulado en el aire húmedo, mientras el murmullo de los guerreros y los escasos hombres que habían logrado escapar de la matanza de Oueto se colaba entre las empalizadas de las chozas como un rumor lejano de trueno.

Arawen abrió los ojos de golpe y permaneció inmóvil sobre su jergón, aguzando el oído. El fuego del hogar familiar crepitaba aún con debilidad, y su madre, Mäelis, removía con parsimonia las cenizas templadas empleando una vara de carbayu para calentar un cuenco de agua.

—Hoy tampoco lograrás dormir tranquila, mi niña —sentenció la mujer, con una voz desprovista de reproche y sin desviar la mirada de las brasas.

—¿Por qué lo dices, madre? —inquirió la joven, incorporándose a medias.

—Porque el viento de este valle no sabe estarse quieto cuando los hombres discuten el futuro en el consejo y tu alma copia su inquietud.

Arawen se envolvió los hombros con la manta de lana y se asomó con cautela por la tosca puerta de la cabaña.

Más allá de la empalizada exterior, su padre, Einar, se encontraba sentado sobre un tocón afilando con parsimonia la punta de su lanza de caza.

Presentaba la frente contraída por la tensión y la mirada firmemente clavada en el perfil abrupto de la montaña que custodiaba el río.

—Hoy no es una jornada propicia para formular preguntas, hija —le advirtió el guerrero, sin interrumpir el rítmico e hipnótico frotar de la piedra de esmeril contra el metal—.

Pero escucha con atención esto que te digo y guárdalo en tu fuero interno: en esta vida, nada permanece igual para siempre.

Ni el hogar, ni el poder, ni el destierro.

Arawen experimentó aquellas palabras como un peso mayor que el propio hierro que su padre sostenía entre las manos.

Aún no alcanzaba a comprender el alcance real del sentido, de sus palabras, pero algo en la gravedad del tono empleado por Einar le advirtió que estaban hechas con el único propósito de recordarse cuando todo lo demás —las tradiciones, el castro y los recuerdos de la infancia— se hubiera perdido en el olvido.

Horas más tarde, cuando las voces de los guerreros en el consejo finalmente callaron y las mujeres del clan fingían una fingida normalidad amasando la harina para el pan diario, Arawen aprovechó un descuido general para escapar hacia el borde mismo del bosque primigenio.

Aquel límite vegetal la atraía con una fuerza magnética desde que habían llegado al refugio; representaba el umbral exacto entre lo que ya conocía de la supervivencia y todo aquello que su mente era capaz de imaginar.

La bruma de la mañana se arremolinaba con pereza entre los troncos centenarios de los carbayos. La joven avanzó despacio, escuchando cómo sus pies descalzos se hundían con un crujido suave en la alfombra de hojarasca húmeda.

Entonces, suspendido entre dos mundos, lo vio.

Un rústico ramo de hierbas silvestres secas colgaba de una rama baja, perfectamente atado con una cuerda trenzada de fibra vegetal.

Directamente en la corteza del avellano que le servía de soporte, grabado a conciencia con la punta de un cuchillo certero, lucía un símbolo ancestral: un círculo perfecto rodeado por rayos concéntricos, emulando la figura de un sol atrapado en la madera.

Arawen extendió los dedos y lo tocó. La superficie de la madera grabada se percibía muy fría al tacto, casi glacial.

En ese preciso instante, el aire que la rodeaba cambió de tono y densidad.

No se trató de un viento cualquiera, de una ráfaga común de la montaña; era un soplo cargado de una vibración extraña que parecía brotar desde el interior mismo de las entrañas de los árboles.

La joven experimentó una opresión súbita en el pecho, un peso místico, al tiempo que percibía un murmullo sibilante que semejaba un susurro articulado por el propio bosque: “Cuando el cielo hable, tú sabrás escuchar” .

Retrocedió tres pasos, sobrecogida. Unas alas de gran envergadura —o tal vez la silueta de una sombra imponente— se desplazaron a gran velocidad entre los troncos de la espesura. Acto seguido, el bosque entero se sumió en un estatismo absoluto, un silencio sepulcral que cortaba la respiración.

Arawen no disponía de las herramientas para saberlo aún en su juventud, pero aquel grabado en el avellano era la marca sagrada del Nuberu, el temido señor astur de las tormentas y las nubes, y la entidad acababa de responder de forma directa a su bautismo de facto.

Presente — Oviedo, kilómetro cero

La misma luz cambiante del norte de España bañaba la Plaza de la Catedral de Oviedo esta mañana, aunque en el plano del presente el aire matinal no olía a humo de hoguera, sino a café recién destilado y a pan tostado procedente de las cafeterías del casco antiguo.

Justo frente a la majestuosa fachada gótica del templo, nueve mochilas técnicas de trekking descansaban dispuestas en un círculo perfecto sobre las losas de piedra.

Mateo, el guía de montaña de la expedición, observaba al grupo de caminantes con esa mezcla exacta de serenidad y autoridad natural que solo logran consolidar aquellos hombres que han invertido media vida custodiando los altos y negociando con las cumbres.

—Hoy da comienzo de forma oficial vuestra experiencia en La365 Trail —anunció con voz clara, ajustándose la visera de su gorra—.

Por delante nos aguarda una primera etapa de veinticuatro kilómetros de recorrido continuo hasta alcanzar el término de Proaza.

Mi consejo es que caminéis sin prisa alguna, sin competir con el compañero.

Escuchad los avisos de las piernas… y, sobre todo, acostumbraos a prestar atención al silencio de la naturaleza.

Bruno dio un pisotón contra el suelo empedrado para terminar de ajustarse las fijaciones de sus botas militares de caña alta, maldiciendo entre dientes por lo bajo debido a una rozadura incipiente.

—Los fabricantes de este calzado prometían una comodidad sinigual en cualquier terreno desde el primer kilómetro —replico el cordobés, contrariado.

Paula esbozó una sonrisa maternal y compasiva, al tiempo que introducía la mano en el bolsillo de su cazadora para ofrecerle un caramelo de miel artesanal.

—La fe y la paciencia también se entrenan en la montaña, hijo. El calzado es solo la mitad del viaje.

Irene, que se encontraba registrando los momentos previos a la marcha con la cámara de su teléfono móvil en alto, giró el objetivo del dispositivo hacia ellos para captar la interacción con ironía jurídica.

—Día uno de la travesía, kilómetro cero de la ruta, y ya tenemos la primera queja formal registrada en el acta del sendero —comentó con una media sonrisa.

Alex, el creador de contenido, la interrumpió de inmediato adoptando su característica pose de narrador televisivo frente a la pantalla de su propio terminal:

—¡Atención, gente! Aquí mismo arranca la verdadera aventura del año. Nueve locos sin rumbo fijo, una ruta mítica por delante para desconectar del sistema y… un guía de montaña que, os lo juro, parece un auténtico monje zen sacado de un monasterio.

—¡Guaje! Si consigues alcanzar el albergue de Proaza con un solo gramo de batería en ese dispositivo, significará que habré hecho algo rematadamente mal en esta ruta —replicó Mateo con una sonrisa socarrona, sin necesidad de elevar lo más mínimo el tono de su voz.

Las risas espontáneas del grupo rompieron de inmediato la rigidez y el nerviosismo inicial que flotaba entre los desconocidos.

Ayko, que permanecía con la vista fija en la ornamentación de los grabados seculares de la piedra de la catedral, murmuró algo en su idioma nativo, con un tono reverencial:

—Furuki jiin wa ikizuku. Kono basho mo mata, ikizuite iru.

(Los templos antiguos respiran. Este también lo hace).

Elías, que se encontraba revisando unas notas históricas en su cuaderno de tapas duras, levantó la vista por encima de la montura de sus gafas de lectura.

—¿Qué es exactamente lo que has formulado, joven? —inquirió con curiosidad académica.

—Que todo aquello que posee la fuerza necesaria para durar a través de los siglos, necesariamente respira —repitió ella, traduciendo su pensamiento con suavidad.

Y esa frase conceptual durante un instante se quedó suspendida en el ambiente de la plaza, como una música mística que ninguno de los presentes sabía todavía cómo interpretar ni asimilar en sus respectivas realidades.

Pasado — El mensaje del padre

Einar localizó finalmente a su hija junto al margen del arroyo de Las Caldas, donde la joven se entretenía observando de qué manera la corriente helada del agua se llevaba consigo las hojas secas de los alisos.

—Te dedicas a esconderte del ruido del campamento, Arawen —señaló el guerrero, cruzándose de brazos.

—El bosque no hace ruido de forma gratuita, padre. El bosque solo se encarga de avisar a quienes lo habitan —respondió ella, sin retirar la mirada del agua.

El patriarca del clan Branwen esbozó una sonrisa triste, marcada por las cicatrices de las batallas pasadas.

—El nuevo rey que se ha alzado en el castro de Oueto traerá consigo una era de sangre y guerra.

Algunos clanes optarán por la huida, otros caerán sin remedio bajo el filo del hierro.

Si el destino decreta que lleguen días de oscuridad y miedo sobre tu cabeza, nunca olvides esto: el clan Branwen sabe cómo esconderse en la espesura del valle, pero jamás se rinde ante el invasor.

Arawen giró el rostro para mirar a su padre a los ojos, sin pestañear. En la profundidad de su mirada limpia ya no quedaba el menor rastro de la niña despreocupada que había sido apenas unas lunas atrás.