Capítulo 3 — Cuando Menos Lo Esperas
Pasado – El Refugio de los Alisos
El primer día de destierro lejos de las empalizadas de Oueto amaneció con una calma extraña.
El canto madrugador de los petirrojos entre la maleza y el murmullo constante del agua corriente despertaron a Arawen de su letargo.
Durante un breve y confuso instante, la niña no supo orientarse en el espacio.
Abrió los ojos de par en par buscando el abrigo conocido de su manta de lana azul, el entramado del tejado de paja de su hogar o la silueta familiar de su hermana durmiendo a su lado.
En su lugar, sus ojos tropezaron con una techumbre improvisada a toda prisa, un entramado de ramas de sauce tejidas con cuerdas vegetales y una tosca ventana sin cristal por la que se colaba, densa y fría, la bruma matinal de Las Caldas.
Tardó varios segundos en reconstruir los acontecimientos en su mente.
Habían huido como proscritos. La noche anterior, su padre le había apretado la mano con una fuerza inusual, desprovisto de palabras.
La había guiado en mitad de la negrura, sorteando jirones de niebla y sombras amenazantes, mientras a sus espaldas resonaba el eco sordo de un grito desgarrador que todavía le estremecía los huesos al recordarlo.
Estaban vivos, pero, en ese preciso momento, eso era todo lo que poseían.
En el exterior de la choza, los primeros rayos del sol de la mañana comenzaban a abrirse paso a través de la frondosa arboleda de Las Caldas, cerca de la cueva de la Lluera, un lugar sagrado de los ancestros.
El bosque se presentaba denso, saturado de humedad, pero no transmitía una sensación hostil.
Un arroyo cantarín descendía con fuerza justo al lado del asentamiento provisional de cabañas de madera.
Arawen abandonó la choza y caminó descalza sobre la tierra blanda y húmeda hasta agacharse junto a la orilla del agua.
Estaba limpia, cristalina, pero tan sumamente fría que el contacto con la piel resultaba doloroso.
—¿Conoces el nombre de estos árboles que nos rodean, mi niña? —inquirió la voz de su padre, Einar, que se había aproximado hasta el cauce sin hacer el menor ruido sobre la hojarasca.
—No, padre —respondió ella, sin retirar los ojos de la corriente.
—Son alisos. Tienen la particularidad de crecer siempre pegados a las corrientes de agua. Como nosotros, los de nuestra estirpe. Mientras exista un río cerca, existe una oportunidad para la vida. Aunque el camino para encontrarlo nos duela en el alma.
Arawen no ofreció réplica alguna, se limitó a bajar la mirada y sumergir los pies descalzos en el agua helada del arroyo.
Einar le pasó su mano áspera por el cabello con una sutil torpeza, como si buscase la manera exacta de consolar a su hija sin terminar de romperse él también por el peso de la traición de Drawen.
—Vamos a salir adelante en este valle, ya lo verás —afirmó el guerrero, aunque sus palabras carecieron de la contundencia y la firmeza de las grandes ocasiones.
Ella se limitó a asentir con la cabeza, aunque en su fuero interno no terminó de otorgarle pleno crédito a la promesa.
A lo largo de toda esa jornada, los pocos hombres fieles que habían escapado de la matanza comenzaron a levantar nuevas estructuras de madera, a trenzar las redes para la pesca fluvial y a marcar la corteza de los árboles circundantes con señales tribales de reconocimiento.
El ritmo de la supervivencia no se detenía ante las desgracias, a pesar de que el alma de los refugiados albergara heridas profundas que la niña aún no alcanzaba a descifrar.
Arawen se sentía incapaz de decidir si odiaba con todas sus fuerzas el recuerdo de Oueto o si, por el contrario, lo extrañaba con locura.
No sabía si su deseo más íntimo era regresar algún día al castro para reclamar lo suyo o si ansiaba borrarlo todo de la memoria para siempre.
Pero de lo que sí guardaba un pensamiento seguro en mitad de Las Caldas era de una realidad incuestionable: aquella niña que apenas el día anterior jugaba descalza y feliz con Lía entre los castaños milenarios… había dejado de existir para siempre.
Presente – Encrucijadas en la Capital
Los hilos del destino comenzaban a estrecharse de forma imperceptible en el mapa. Trayectorias vitales dispares que, sin saberlo, se aproximaban al mismo punto de fuga.
El tren de alta velocidad procedente de Madrid hizo su entrada puntual en los andenes de la estación de Oviedo.
Irene descendió del vagón colocándose las correas de la mochila a la espalda, mostrando un semblante sereno que camuflaba su agitación interna.
Su primer gesto al pisar el andén fue encender la pantalla de su teléfono móvil, únicamente para volver a apagarlo de inmediato tras verificar que no había emergencias.
No deseaba recibir mensajes del bufete de Londres, ni se sentía con fuerzas para redactar explicaciones médicas a su familia.
Su único objetivo para las próximas jornadas consistía en regalarse unas semanas completas de tregua; catorce días en los que no se viera obligada a fingir que era una mujer fuerte e invulnerable.
Salió a la plaza exterior de la terminal, inspiró con ganas el aire húmedo y limpio del norte, y experimentó cómo una tensión antigua, alojada en lo más profundo de su pecho, comenzaba a aflojarse por primera vez en meses.
Al mismo tiempo, Bruno maniobró para estacionar el coche de alquiler en una callejuela estrecha y sombría próxima al casco antiguo de la ciudad.
Llevaba años negándose a utilizar los sistemas de navegación por GPS; profesaba una vieja preferencia militar por orientarse a la antigua usanza, leyendo los carteles informativos y memorizando las esquinas.
Arrastraba una cantidad ingente de años sin pisar el suelo de Oviedo.
La capital asturiana nunca había representado un escenario especialmente significativo en su hoja de servicios, pero en este momento preciso de su vida requería justamente eso: un territorio neutral donde nadie conociera su nombre de pila ni sus antecedentes en el ejército.
Cerró la portezuela del vehículo con un golpe seco, ajustó el cuello de su chaqueta de lona y elevó la vista hacia un cielo encapotado, saturado de nubes grises.
En sus facciones no se dibujaba el menor rastro de una sonrisa, pero observaba, siempre observaba todo lo que había a su alrededor.
Desde las ventanillas del ALSA, Paula contemplaba el discurrir del paisaje verde y montañoso de la región.
Apenas había logrado conciliar el sueño durante el trayecto debido a los nervios del viaje.
El cuaderno de rutas de montaña de su difunto marido viajaba seguro con ella, protegido en el interior de una bolsa de tela de algodón que sostenía sobre el regazo.
Deslizó las yemas de los dedos sobre la cubierta azul, constatando que los trazos de las letras escritas a mano se estaban borrando por el desgaste del tiempo.
No le concedió mayor importancia al detalle; se sabía cada una de esas anotaciones topográficas y cada frase al pie de página rigurosamente de memoria.
Ayko abandonó el coche que le había traído desde el aeropuerto; una gente que había conocido en el avión que venía en escala desde Madrid, luciendo su clásica gorra ladeada de visera, la cámara de fotos analógica colgada al cuello y una libreta de notas sujeta con firmeza en la mano derecha.
Experimentaba un leve temblor en los dedos, pero era plenamente consciente de que ese temblor no respondía al miedo ante el país extranjero.
Era la vibración pura de la emoción. Su grabado del cuervo y la triple espiral lucía dibujado con esmero en el interior de la libreta, rodeado por un mapa manuscrito repleto de flechas indicativas, fechas de etapas y anotaciones bibliográficas de urgencia.
Había soñado despierta con pisar ese rincón del norte de España desde el instante exacto en que buceo por las páginas buscando información del significado de la ilustración y de estas culturas.
Su intuición nipona le soplaba al oído que este viaje iba a resultar diferente a todo lo vivido con anterioridad.
Noa alcanzó la capital moviéndose con ese sigilo que la caracterizaba, casi como si pretendiera pedir disculpas por ocupar un espacio en el mundo.
Disponía de una reserva formal para pernoctar en un hostal humilde ubicado en las inmediaciones de la concurrida calle Gascona, pero tomó la decisión de caminar un rato sin rumbo fijo antes de registrarse en la recepción.
Cruzó con paso lento la Plaza de la Catedral, deteniéndose a observar la majestuosidad de los arcos góticos, el desgaste secular del suelo empedrado y el murmullo indistinto de las voces de los transeúntes.
Nadie reparaba en su presencia entre la multitud, nadie se aproximaba a formular preguntas sobre su pasado.
La situación se percibía perfecta para sus planes de anonimato.
Laila descendió del taxi justo frente a la fachada de un pequeño hotel de gestión familiar en el centro de Oviedo.
El conductor del vehículo, haciendo gala de la hospitalidad local, le pregunto amablemente en el trayecto si el motivo de su estancia en Asturias respondía a unas vacaciones de descanso.
Ella esbozó una sonrisa cortés y se limitó a responder con sencillez:
—Únicamente me encuentro de paso por la ciudad.
Ascendió los peldaños de la escalera hasta su habitación, deshizo el contenido de su equipaje empleando unos movimientos casi de danza y se tomó el tiempo necesario para colgar de una percha en la pared su pañuelo de seda de colores vivos.
Acto seguido, abandonó el cuarto para explorar las calles a pie.
No albergaba el menor conocimiento previo sobre la topografía de Oviedo, pero la atmósfera señorial de sus callejones y el diseño de sus plazas le evocaban de inmediato los cuentos tradicionales de libertad que su madre le narraba al calor del hogar durante su infancia en Marruecos.
Relatos épicos donde las heroínas siempre hallaban la manera de escapar airosas de sus prisiones de oro.
Alex alcanzó las vías de la estación procediendo de un enlace desde León.
Se movía por el andén parapetado tras unos auriculares de gran tamaño y unas gafas de sol oscuras que ocultaban su mirada cansada.
Su primera acción de cara al exterior fue registrar una nueva historia efímera en su perfil de Instagram, a pesar de que en su fuero interno ya había dejado de importarle por completo el recuento diario de las visualizaciones o el número de interacciones del público.
Se encontraba inmerso en la tarea de testear una estrategia de comunicación radicalmente opuesta a su trayectoria previa: ensayar la veracidad, narrar los pormenores de lo real y tangible.
La única complicación estribaba en que, a esas alturas de su juventud en Madrid, todavía no había logrado desentrañar qué significaba exactamente ese concepto de lo real.
Caminó durante media hora sin un rumbo fijo a lo largo de la calle Uría.
Ninguno de los viandantes con los que cruzó la mirada mostró el menor signo de reconocer su rostro de las pantallas.
Y esa ausencia de fama, le impacto realmente, se preguntaba si de verdad nadie le iba a reconocer.
De repente le paro una persona y le pregunto donde estaba la calle Uria, él le contesto que lo sentía que no era de aquí… . falsa alarma.
Elías experimentó serias dificultades para localizar la ubicación exacta del hotel rural donde había formalizado su reserva de alojamiento.
El establecimiento se emplazaba en una zona apartada de las afueras de Oviedo, un entorno colonizado por la vegetación.
Se vio en la obligación de detener su marcha y preguntar por la dirección hasta en tres ocasiones consecutivas a los lugareños, e incluso una mujer de avanzada edad se tomó la molestia de acompañarle a pie durante un tramo sustancial del sendero para evitar que se extraviara entre los cruces.
En el trayecto, la anciana le habló con total naturalidad sobre el secreto de un buen pote asturiano, la dureza de los senderos locales de pastores y las andanzas de sus nietos en la capital.
El catedrático de Salamanca se limitaba a asentir con la cabeza a intervalos regulares, manteniendo el paraguas abierto.
Era educado, pero realmente quería llegar al hotel, no albergaba un interés real en los pormenores de aquella charla vecinal, pero se descubrió a sí mismo paladeando el tono amable y desinteresado de la mujer.
Arrastraba demasiado tiempo sumido en los ambientes universitarios, un entorno hostil donde resultaba casi imposible escuchar una voz humana que no custodiara un doble fondo o una segunda intención oculta tras las palabras.
Casi al atardecer, hizo su aparición Mateo.
El guía de montaña dominaba cada recoveco, cada portalón de piedra y cada rincón de la capital asturiana mejor que las estancias de su propio piso de Oviedo.
La ciudad constituía su campamento base indispensable antes de dar comienzo a las incursiones en los picos.
Saludó con familiaridad a la encargada de la panadería tradicional de la esquina, le dedicó un guiño de complicidad al camarero del bar donde consumía el café de las mañanas y extrajo del bolsillo de su pantalón técnico una libreta pequeña que guardaba el listado manuscrito con los nombres de los integrantes del nuevo grupo que iba a tutelar a lo largo de las próximas dos semanas de marcha.
Todavía carecía del gusto de conocer sus rostros en persona, pero un pálpito profesional en el pecho le indicaba que esta travesía de La365 Trail no iba a parecerse en absoluto a ninguna de las experiencias previas de su catálogo.
A esa hora exacta del atardecer norteño, todos ellos compartían el mismo espacio geográfico.
Respiraban el mismo aire cargado de humedad de las nubes bajas.
Caminaban sobre las mismas piedras seculares de las calzadas de Oviedo.
Pero ninguno de los integrantes de la mesa albergaba todavía la menor sospecha de que se encontraban a tan solo unos minutos de cruzar sus vidas para siempre y transformarse mutuamente el destino.
Todo esto queda muy bien sobre el papel, parece de folleto de turismo vital, pero bueno el sendero pondrá a cada uno en su lugar y cada uno ocupará el lugar que le indique el sendero.