Capítulo 2 — El Susurro Del Viento
Pasado – El Rumor del Poder
Arawen jugaba entre las piedras redondas y gastadas de la orilla del río, justo en el recodo donde el agua bajaba más clara y los peces pequeños parecían sombras vivas y veloces bajo la corriente.
Había pasado toda la mañana recogiendo ramitas de los carbayos, dibujando espirales en la arena húmeda con un palo afilado y haciendo carreras de velocidad soltando hojas muertas en el agua para ver cuál ganaba la corriente.
Desde aquella orilla apartada no se alcanzaban a oír las voces tensas de los hombres del Consejo de Ancianos, ni tampoco el retumbar sordo de los tambores que, durante toda esa maldita semana, no habían dejado de sonar en el centro del asentamiento.
Los mayores de la tribu repetían estos días que era tiempo de “palabras y honor”.
Arawen no alcanzaba a descifrar el significado estricto de aquello, pero notaba el cambio drástico en la atmósfera del poblado.
Los adultos conversaban siempre en voz baja, mirando de reojo los senderos; su madre, Mäelis, se sobresaltaba ante el menor ruido de los matorrales, y su padre —que siempre había tenido una historia o una caricia para ella al regresar de la caza— ahora pasaba las horas muertas reunido a puerta cerrada con otros hombres de rostro severo.
Algunos pertenecían al clan; otros habían llegado cabalgando desde los asentamientos de los castros vecinos.
El Clan Branwen, no destacaban por ser los más numerosos en guerreros, pero sí los más respetados de la región.
Einar, su padre, era un hombre íntegro, de justicia implacable, conocido en todo el norte por mantener la palabra dada incluso cuando las consecuencias le eran desfavorables.
Arawen lo ignoraba por completo, pero su padre era uno de los tres candidatos propuestos por el consejo para el nombramiento del nuevo Rey del Pueblo, el Rix , una figura simbólica pero esencial para unificar a las tribus astures frente a las amenazas exteriores.
Desde tiempos que la memoria de los abuelos ya no alcanzaba a fechar, los clanes celtas de ese territorio se reunían cada ciertos inviernos para elegir a un nuevo líder.
Era una de las pocas culturas antiguas donde el poder soberano no se heredaba por el lazo de la sangre, sino por los méritos probados en combate, el honor y el consenso común.
Cada clan ponía un nombre sobre la mesa y, durante semanas enteras, se debatía en las cabañas, se intercambiaban ofrendas de bronce, se sellaban alianzas y también…
se tejían traiciones en la penumbra. La elección del nuevo rey no constituía únicamente un rito político; representaba una prueba de equilibrio absoluto entre la fuerza bruta, el honor y la astucia.
La ceremonia decisiva se celebró al caer la tarde junto al círculo de piedras sagradas, en el claro central del espeso bosque de Oueto.
Bajo el resplandor de las antorchas de resina, los tres candidatos se colocaron frente a los monolitos y tomaron la palabra.
Cada uno defendió su propia visión del futuro, sus propuestas de alianzas con los pueblos del sur y sus sueños de prosperidad.
Hablaban con palabras cargadas de ambición, pero también con la carga oculta del miedo a la división.
El ambiente se percibía espeso, idéntico a la niebla que bajaba de las cumbres al anochecer. Einar, el padre de Arawen, alzó la voz en primer lugar. No ofreció un discurso inflamado de gloria bélica, sino una declaración firme y pausada:
—No existe gloria real en el poder si este nace del temor de los tuyos. Gobernar es la sagrada obligación de proteger a los desvalidos, no la de doblegar sus voluntades. La alianza de nuestros clanes solo sobrevivirá a los inviernos si se mantiene la justicia como pilar de la tribu.
El segundo candidato, un hombre anciano de mirada turbia y manos temblorosas, asintió en silencio desde su asiento de piedra.
Pero el tercero, Drawen, el más joven de los aspirantes, dueño de una mirada brillante como el acero y una sonrisa afilada, no esperó a que se apagara el eco para replicar con dureza:
—Justicia, de acuerdo… pero la justicia sin fuerza es la ruina.
El pueblo no necesita un pastor de ovejas en estos tiempos; necesita un rey guerrero.
Las tribus del este nos vigilan desde los pasos de montaña esperando nuestra debilidad.
Si no mostramos una fuerza implacable, seremos devorados sin remedio.
Yo no aspiro a liderar un pueblo que se conforme con sobrevivir entre las cenizas… quiero un pueblo que conquiste.
Un torrente de murmullos y algún abucheo aislado recorrió el claro del bosque. Un viejo druida alzó su bastón nudoso de acebo y golpeó el suelo tres veces para exigir orden en el recinto sagrado. Einar no se amedrentó y volvió a tomar la palabra:
—El respeto de los hombres libres no se impone jamás con la punta de las espadas; se cultiva día tras día con el ejemplo de tus actos.
—¿Anduviste contando cuántos muertos harán falta para que lo entiendas?
—escupió el joven Drawen, rompiendo la solemnidad del ritual con una sonrisa gélida—.
Existen tiempos oscuros en los que solo los lobos sobreviven.
Eres un hombre noble, Einar, es verdad… pero estás hecho para unos tiempos de paz que ya han dejado de existir.
El silencio que siguió a esas palabras se volvió punzante como una herida de lanza. Nadie más se atrevió a hablar. Los votos impresos en tablillas de madera se depositaron en el cuenco de bronce, y el humo denso de las hogueras rituales comenzó a tragar la noche.
Drawen fue elegido Rix .
Al instante, las canciones de guerra estallaron en el claro como el fragor de un trueno.
El sonido bronco de los cuernos de caza celebratorios tapaba cualquier asomo de duda o disidencia entre la multitud.
La cerveza de trigo corría en abundancia, los cuerpos de los guerreros bailaban en torno al fuego y las risas resonaban como espadas embriagadas de poder.
Sin embargo, en los ojos de algunos ancianos se dibujaban ya los verdaderos rostros del atardecer: la sospecha, el odio vecinal y un rencor que no iba a tardar en estallar.
Mientras los tambores marcaban el compás frenético de la victoria de Drawen, el padre de Arawen se retiró de la plaza y caminó hacia su choza en la penumbra, sin que la multitud reparara en su ausencia.
Al cruzar el umbral, su mujer, Mäelis, ya aguardaba de pie con los zurrones de cuero listos y cargados de provisiones esenciales.
No había lágrimas en sus ojos, ni rastro de duda en su semblante.
Lo miró fijamente y se limitó a decir en un susurro:
—Sabía perfectamente que no te venderías a sus exigencias.
Él asintió con gravedad, descolgando su hacha de combate de la pared de madera. Luego susurró cerca de su oído:
—Esta noche… el nuevo rey no tendrá clemencia con los que piensan como nosotros.
Despertaron a Arawen con una suavidad extrema en mitad de la noche.
La envolvieron aprisa en su capa de lana gruesa y, mediante susurros apresurados, le explicaron que había llegado el momento de emprender una nueva aventura familiar.
Debían abandonar el poblado de inmediato por la parte trasera de la empalizada, moviéndose entre las sombras sin hacer el menor ruido.
Pero entonces, cuando apenas habían conseguido salir a campo abierto y adentrarse en la linde del bosque, un grito desgarrador rasgó la noche por detrás de ellos.
Un alarido tan brutal, tan cargado de terror humano, que provocó que hasta el canto de los grillos cesara de golpe en el prado. Arawen detuvo sus pasos en seco, asustada, pero su madre la empujó suavemente por la espalda para obligarla a continuar el movimiento.
—No mires atrás bajo ninguna circunstancia, mi niña —le dijo al oído con una voz que temblaba—. Solo camina. Sigue el paso de tu padre.
En el poblado, el nuevo Rix ya había dado comienzo a su purga de sangre.
Uno a uno, los hombres y mujeres que se habían negado a jurar lealtad ciega sobre el altar de piedra fueron llamados a filas.
Algunos cayeron apuñalados por la espalda en mitad de la propia celebración, con las copas aún llenas en la mano; otros fueron arrastrados por los cabellos entre los cánticos de la turba, bajo la cínica excusa de brindar “por la unidad sagrada del pueblo”.
Aquello no era justicia divina, ni un castigo por faltas cometidas. Era la noche de los cuchillos largos, y cada golpe de acero funcionaba como una advertencia explícita para cualquiera que osara levantar la voz en el futuro.
El padre de Arawen apretó el paso de la marcha, guiando al grupo con paso firme.
Los pocos que les seguían —hombres silenciosos, fieles a la palabra de Einar— se adentraban con él en la espesura del bosque de Oueto.
En medio de la carbayeda, el murmullo protector de las hojas de los carbayos parecía amparar su retirada.
La niebla del norte se transformó en su mejor aliada; la luna, en cómplice de su huida.
Huir de la masacre no constituía un acto de cobardía; representaba el último reducto de dignidad posible frente a la barbarie.
El nuevo rey decretaría que aquello era una deserción deshonrosa, una traición a la tribu. Pero los que escapaban entre los árboles sabían de sobra que la verdadera y única traición consiste en someterse al miedo con la cabeza baja ante un tirano.
Einar no había perdido un trono esa noche. Había salvado la vida de su familia y el derecho a combatir otro día.
Y en la memoria de esa noche de espanto, grabada a fuego eterno en la mirada de la niña, quedaría para siempre el eco del grito de los que no pudieron huir a tiempo. El precio real de haber confiado en la palabra de un lobo, el precio de mirar hacia otro lado cuando el poder cambia de manos.