El susurro del cuervo blanco Capítulo 1 — El Sonido Bajo Las Piedras #6
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Capítulo 1 — El Sonido Bajo Las Piedras #6

Paula apoyó la taza de porcelana humeante sobre la mesita de su balcón exterior de la cocina y se quedó pensando un buen rato contemplando con serenidad el despertar de la calle empedrada del Casco Viejo de Bilbao.

La niebla del Cantábrico flotaba muy baja entre los callejones, los tejados de pizarra lucían aún húmedos por la tromba de agua de la madrugada y, en el banco de piedra de la plaza de siempre, los dos mismos hombres mayores de todas las semanas discutían acaloradamente —como cada lunes de la temporada— sobre la alineación del Athletic.

Le reconfortaba profundamente comprobar que algunas estructuras de la rutina se negaban a cambiar a pesar del desmoronamiento del mundo.

En el interior de la vivienda, la calma reinante era algo de factura muy reciente.

Apenas nueve meses atrás, toda la estructura de su existencia se había venido abajo tras la muerte repentina de su marido por una enfermedad fulminante.

Paula no solía hablar demasiado de ese asunto con las vecinas del portal.

No lo hacía por un deseo reprimido de esconder el dolor de la pérdida, sino porque había aprendido de manera natural a convivir diariamente con esa ausencia sin necesidad de tener que nombrarla en cada conversación para validarla ante los demás.

Paula no vestía de luto riguroso, ni guardaba las formas tradicionales de la viudedad de su época.

Nunca consideró que llenar su armario de ropa negra fuera una muestra necesaria de respeto hacia la memoria de quien ya no estaba.

Su forma de seguir avanzando por el sendero de la vida era realmente distinta: colocar macetas con plantas nuevas e interiores verdes en todos los rincones vacíos de la casa, realizar viajes improvisados de fin de semana subiéndose a trenes de vía estrecha que avanzaban lentos por la costa o devorar libros enteros sentada en el salón sin tomarse la molestia de mirar la hora en el reloj de pared.

Su hijo mayor solía repetirle con preocupación que la notaba muy distinta desde el entierro.

Ella se limitaba a responderle con una sonrisa mansa que, por fin, tras la inmensidad de la pérdida, estaba empezando a ser verdaderamente ella misma.

En la mesa rústica de la cocina, justo encima de un mantel de hilo algo arrugado por el uso, descansaba un cuaderno de notas de tapas de tela muy gastadas por el roce.

Era el viejo cuaderno de rutas y excursiones de su marido.

Estaba repleto de anotaciones minuciosas escritas a lápiz, marcas de desnivel, mapas de carreteras secundarias doblados y bocetos de viajes de senderismo por el norte que él siempre había soñado realizar algún día cuando le llegara la jubilación laboral.

Paula no sentía la menor necesidad de abrir el cuaderno esa mañana para saber lo que albergaban sus páginas; lo había hojeado en la soledad del salón tantas veces consecutivas que ya se sabía el orden de los mapas prácticamente de memoria.

A un lado del cuaderno de campo, descansaba un sobre de papel kraft con una caligrafía conocida para ella.

Él se lo había dejado escondido entre sus papeles personales antes de marchar definitivamente al hospital.

La dedicatoria del sobre no contenía grandes discursos de despedida, solo una instrucción escueta: “Ábrelo únicamente cuando sientas en el corazón que ha llegado el momento de hacerlo”.

Ella solía leer esa carta casi a diario utilizando el tacto de las yemas de sus dedos sobre el papel, pero todavía no se había decidido a leerla con los ojos.

No respondía a un sentimiento de miedo a lo que pudiera encontrar escrito en su interior. Era, única y exclusivamente, por una cuestión de respeto hacia los tiempos de su propio proceso interno.

Encendió el viejo aparato de radio que presidía la encimera.

Una melodía antigua y rítmica inundó al instante el espacio del salón.

Paula se dejó llevar de manera espontánea por las notas musicales.

Bailó un poco por el pasillo, sin seguir un ritmo específico, ni preocuparse por la armonía de los pasos, calzando sus zapatillas de andar por casa y con el albornoz de rizo puesto sobre los hombros.

Se permitió ese gesto de libertad ante el espejo.

Era plenamente consciente que la vida seguía, que el duelo pasaría, era inevitable seguir pensando en los buenos momentos y en los recuerdos imborrables, la felicidad es un sentimiento que de repente se rompe, pero que la vida te ofrece la posibilidad de volver a sentir.

Después de que la música cesara en el dial, se sentó con parsimonia junto al cuaderno de rutas de su esposo, lo abrió por una página interior al azar y acarició las líneas trazadas a lápiz con la yema del dedo índice.

Algo profundo se removió en sus cimientos, despacio, con la misma cadencia con la que un caminante empieza a fijar la mirada hacia un horizonte lejano sin tener todavía la certeza inquebrantable de si reunirá el valor necesario para emprender la marcha hacia ese lugar.