El susurro del cuervo blanco Capítulo 1 — El Sonido Bajo Las Piedras #5
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Capítulo 1 — El Sonido Bajo Las Piedras #5

A veces, cuando el dueño de la tienda no la observaba, se entretenía escribiendo pequeñas frases poéticas en los márgenes ocultos de los libros de saldo más difíciles de vender.

Eran como pequeños grafitis literarios e invisibles para el gran público.

Aquella misma tarde anotó una frase en una edición descatalogada:

“Existen lugares en el mapa donde nadie te conoce. Justo ahí es donde empieza todo de verdad.”

Firmó la dedicatoria anónima con una simple “n.” en minúscula, como si en el fondo todavía no reuniera el valor suficiente para atreverse a escribirse a sí misma con letras mayúsculas ante el mundo.

Aquel día de inicio de curso, mientras envolvía con papel de estraza un libro de fábulas para un niño que hablaba con una voz de trapo, experimentó una sensación interna extraña en el pecho.

No se trataba de un brote de miedo, ni de una alegría desbordante, ni de una pena reprimida.

Era algo mucho más sutil y liviano. Como la corriente de aire que se cuela por una ventana mal cerrada en invierno y te espabila las ideas.

Como una pequeña grieta que se abre en un muro de piedra por donde asoma una brizna verde de algo completamente nuevo.

Al terminar su jornada laboral en la librería, caminó despacio y sin prisa por las calles empedradas, cruzando “el puente de hierro” diseñado por Eiffel.

Se detuvo a mitad del trayecto sobre la estructura para contemplar el fluir del río Onyar bajo sus pies.

El reflejo del agua estancada le devolvió una imagen nítida y sustancialmente distinta de la que recordaba de sí misma: el pelo cortado a tijera de forma radical, un rostro sereno desprovisto de maquillaje defensivo y una mochila colgada con orgullo al hombro.

Y pensó para sus adentros —sin necesidad de música de fondo, sin necesidad de adornar la idea con grandes palabras— que ya no sentía el menor deseo de desaparecer del mapa.

Esta vez, lo único que deseaba con todas sus fuerzas… era seguir caminando hacia delante.

brUNO

—Hola, Manuel. El de siempre, por favor.

—Hola, Bruno. Marchando esa pringá.

Córdoba amanecía como solo ella sabía hacerlo en los días limpios de septiembre, con el eco de sus callejones despertando al unísono y los primeros rayos de un sol de justicia bañando cada rincón empedrado y cada esquina de cal blanca.

El aire ya transportaba ese aroma embriagador a jazmín y azahar húmedo.

En un pequeño y modesto bar de barrio en el corazón de la Axerquía, Bruno se disponía a tomar su desayuno ritual de cada mañana: una tostada generosa con pringá bien caliente y un café corto de leche servido en un vaso de caña, bien cargado para despertar los sentidos.

Bruno se había despertado de la cama minutos antes sin necesidad de que sonara ninguna alarma en el terminal.

Llevaba ya muchos años funcionando con esa inercia biológica, como si su propio cuerpo hubiera aprendido por las malas que la noche ya no le ofrecía un descanso real ni un refugio seguro contra las pesadillas.

Su piso de alquiler en el casco antiguo de Córdoba no destacaba precisamente por la comodidad de sus estancias ni por la amplitud de sus espacios; la luz del día apenas lograba abrirse paso por las ventanas de los patios interiores.

Las persianas se mantenían siempre a media altura, las paredes lucían un blanco inmaculado de cal y el mobiliario se reducía a lo estrictamente mínimo y funcional.

Todo el espacio se presentaba en un orden casi obsesivo, militar, como si el inquilino hubiera intentado con todas sus fuerzas borrar cualquier huella o vestigio de una existencia anterior.

Cada uno de sus gestos estaba perfectamente medido, cronometrado.

Cada silencio en la casa era asumido como parte del paisaje cotidiano.

Bruno no era un hombre que hablara solo en la intimidad de su hogar.

No ponía música de fondo para rellenar los huecos del aire, no consultaba las notificaciones del móvil nada más abrir los ojos.

Se limitaba a escuchar con atención los sonidos exteriores del mundo colándose por las rendijas de la ventana: el motor diésel de un camión de la basura lejana, el trino de un mirlo precoz encaramado a una tapia y el crujido seco del pan tostado al morder.

Vestía prácticamente igual todos los días de la semana, como si se tratara de un uniforme civil de campaña: vaqueros oscuros de corte recto, camiseta lisa de algodón negro y zapatillas deportivas impecablemente limpias.

En el fondo de su armario empotrado, custodiaba una caja de zapatos de cartón que no había vuelto a abrir desde hacía algo más de diez años.

No le hacía la menor falta destaparla para recordar su contenido; sabía con precisión quirúrgica qué objetos, qué condecoraciones y qué recuerdos albergaba en su interior de sus años de servicio.

En el bolsillo interior de su chaqueta técnica de uso diario, Bruno llevaba siempre un sobre sin abrir.

Las esquinas del papel estaban desgastadas y dobladas por el roce continuo contra la tela, y la tinta del nombre del remitente aparecía casi borrada por el sudor y el paso del tiempo.

Llevaba tanto tiempo alojado en esa prenda que ya formaba parte indisoluble de su propia vestimenta.

Funcionaba como un peso físico real que su cuerpo había aprendido a no notar con el discurrir de los días, pero que seguía estando allí, ejerciendo presión sobre el lado izquierdo del pecho.

Desde que solicitó la baja definitiva en el Ejército de Tierra, Bruno se había ganado la vida trabajando en contratas de seguridad privada para transportes de valor o protección de vallas.

Últimamente, sin embargo, rechazaba sistemáticamente todos los encargos que le ofrecían las agencias de la zona sin molestarse en aportar una explicación lógica a los coordinadores.

Se limitaba a decir con voz seca que quería descansar una temporada.

La verdad detrás de su renuncia era mucho más sencilla: ya no era capaz de encontrar una sola razón de peso para seguir haciendo exactamente lo mismo de siempre.

Solo las horas intensas que pasaba golpeando el saco en el gimnasio de boxeo del barrio seguían conservando un sentido nítido en su realidad.

Golpear con fuerza las manoplas, cansarse hasta agotar la última gota de energía del cuerpo.

Volver a la vivienda con los músculos adoloridos y los nudillos entumecidos para lograr que su mente, al menos durante unas pocas horas de la noche, se mantuviera en una calma, desprovista de recuerdos de misiones lejanas.

Aquel día, tras concluir su desayuno en la Axerquía, salió a caminar a paso lento por la ribera del río Guadalquivir.

El sol matinal apenas lograba disipar la niebla densa que flotaba baja sobre las arcadas del puente romano.

Córdoba olía a una combinación densa de humedad de río y azahar maduro.

Se detuvo un instante a mitad del puente, sin fijar el pensamiento en nada concreto, simplemente estuvo allí presente, dejando que el viento le diera en el rostro.

Metió la mano derecha en el bolsillo exterior de la cazadora.

Sacó un trozo de papel arrugado, de una textura distinta a la del sobre militar que custodiaba en el interior, era una nota breve, de caligrafía apresurada.

Había redactado esas pocas palabras la noche anterior en un rapto de lucidez, como quien lanza una cuerda trenzada a ciegas hacia el fondo de un pozo oscuro:

No te escondas más de la vida.

Volvió a doblar el papel y lo guardó en su sitio con cuidado. Y reanudó la marcha, caminando sin un rumbo fijo en el mapa de la ciudad, prescindiendo por completo de mirar el reloj de pulsera.

PAULA