Capítulo 1 — El Sonido Bajo Las Piedras #4
Cerró los ojos un instante largo, concentrándose. Escuchó el sonido rítmico de su propia respiración en el piso vacío. Luego apretó los labios con firmeza, bajó la persiana del cuarto hasta el fondo para aislarse de la luz exterior y apagó el teléfono móvil por completo.
Hoy no habría vídeo diario para la comunidad., hoy sería, única y exclusivamente, Alex. Aunque en el fondo de su corazón no tuviera del todo claro quién demonios era ese tal Alex cuando se apagaban los focos.
Miró su planificador de tareas en la pared, se acercó a la pizarra blanca con el borrador en la mano y, con varios trazos enérgicos, borró todas y cada una de las anotaciones, citas y recordatorios que tenía apuntados para el mes. Dejó la superficie impoluta, vacía.
ELÍAS
Elías dejó caer el polvo blanco de la tiza que se había acumulado en sus manos tras la explicación de la primera hora y se sentó despacio en el sillón de su despacho universitario.
Afuera, en el claustro, el murmullo habitual de la facultad todavía era un eco leve, amortiguado por los pesados muros de piedra de la institución: pasos apresurados sobre las baldosas, alguna risa juvenil que resonaba en el pasillo central y el golpe seco de una carpeta de apuntes al cerrarse sobre una mesa de aula.
Encendió la vieja lámpara de bronce de su escritorio y extendió sobre la superficie de madera un mapa histórico antiguo, visiblemente desgastado y cuarteado por el uso constante a lo largo de los años.
Era una cartografía detallada de la Asturias medieval y los contornos primitivos de la antigua Oueto .
Lo había consultado miles de veces para sus investigaciones académicas, pero esa mañana concreta lo hizo sin un propósito docente claro en la cabeza. Solo mirar, solo estar allí presente.
Pasó las yemas de los dedos índices por los pliegues resecos del papel, deteniéndose con melancolía en las líneas topográficas, los ríos sepultados por el asfalto y las viejas marcas heráldicas que ya no necesitaban ningún tipo de explicación en sus apuntes.
Durante décadas enteras de carrera, Elías había habitado casi exclusivamente entre documentos notariales sepia, descifrando símbolos olvidados y ordenando cronologías de fechas lejanas.
Lo suyo, más que la simple tarea de enseñar historia a alumnos que miraban el reloj, consistía en una vocación casi mística de rescatar del olvido absoluto aquello que el tiempo común pretendía enterrar bajo la tierra.
Pero últimamente, con la llegada de la madurez tardía, incluso esa tarea de rescate le costaba un esfuerzo titánico.
Sentía como si la propia historia viva también se le hubiera ido quedando rezagada en el camino, transformándose en simple ceniza de archivo.
En una de las baldas de la estantería principal de carbayu, apoyada sin marco ni protección alguna, descansaba una fotografía en color algo torcida por la humedad del ambiente.
Una niña pequeña, de unos nueve años de edad, reía con ganas de cara a la cámara mientras rodeaba con sus brazos delgados el cuerpo de un oso de peluche descolorido.
Abril, su hija. Elías fijaba la mirada en esa imagen muy a menudo a lo largo de la semana, aunque nunca lo hacía por demasiado tiempo consecutivo.
Como si al detenerse a mirarla fijamente, algo muy profundo en los cimientos de su pecho hiciera un ruido ensordecedor, un crujido de culpa y distancia insalvable.
No hablaba de ella con ningún compañero del departamento, no hacía ninguna falta.
El silencio obstinado se le había adherido a la piel del cuerpo como si fuera una capa de ropa más, pesada e invisible.
Esa mañana decidió no impartir la clase magistral que tenía programada en el programa.
Se dedicó a perderse a propósito entre la laberíntica penumbra de los pasillos de la biblioteca central y las hileras infinitas de libros descatalogados, emulando lo que había hecho tantas otras veces cuando la realidad le pesaba demasiado.
Solicitó al bibliotecario de guardia un tomo cualquiera de crónicas prerrománicas, se acomodó en la silla de madera junto al gran ventanal de la sala de lectura general y fue pasando las páginas envejecidas sin prestarles una atención intelectual real.
No leía los textos latinos, simplemente escuchaba los latidos de la sala.
Había aprendido que los libros antiguos revelaban muchas más verdades cuando uno se rendía ante ellos de manera humilde, desprovisto de cualquier intención de examinarlos.
Al abandonar el recinto universitario, caminó por el centro de la ciudad deambulando sin un rumbo fijo en el mapa.
Observaba el discurrir de los ciudadanos sin detener la marcha en ningún momento, como si todos ellos no fueran más que sombras chinescas proyectadas en la pantalla de una película cinematográfica antigua.
Un grupo de estudiantes de primer año conversaba con entusiasmo desbordante en una terraza.
Un perro de aguas tiraba con fuerza de la correa de su dueño hacia la esquina del parque.
Una pareja de ancianos discutía un precio con una ternura infinita.
Todo lo que le rodeaba en la urbe parecía moverse con una dirección clara, con un sentido preciso de la existencia.
Se sentó en un banco de madera pintada, sacó un cuaderno de notas de bolsillo del interior de su abrigo de lana y lo abrió por una página que lucía simplemente en blanco. No llegó a escribir una sola letra con la estilográfica. Se limitó a respirar hondo el aire fresco de la tarde.
A veces, se repetía a sí mismo, no hacía la menor falta intentar comprender la naturaleza exacta de lo que se estaba removiendo con fuerza por dentro de uno mismo, solo consistía en tener el valor de dejar que ocurriera.
En ese preciso instante, el segundero de su reloj de pulsera alcanzó la hora fijada y una alarma digital sonó con un pitido limpio.
En la pantalla del dispositivo parpadeó una palabra que él mismo había programado como un recordatorio lejano meses atrás y que había olvidado borrar: “Camina” .
Elías se quedó mirando fijamente la pantalla del reloj durante unos segundos y, de repente, en medio de la soledad del banco, se puso a reír con una risa triste y liberadora.
NOA
Noa no sentía la menor necesidad de utilizar un despertador en su rutina.
Hacía ya varios meses que su reloj biológico se activaba por sí solo con una precisión asombrosa, justo unos minutos antes de la aparición del primer rayo de luz en el horizonte de Girona.
Dormía con la ventana del cuarto siempre entreabierta, permitiendo que por la ranura se colaran tanto el trino madrugador de algún mirlo oculto como el aire fresco y cortante que caracterizaba al amanecer de la ciudad.
Se incorporó del colchón sin producir el menor ruido, estiró los brazos perezosamente hacia el techo para desentumecer los músculos y se dirigió descalza directamente hacia la pequeña cocina americana.
Encendió el hervidor eléctrico para preparar el té.
Kafka —el gato callejero que había terminado por adoptar por la vía de los hechos, sin decírselo en voz alta a los propietarios del piso— ya la aguardaba apostado en la repisa exterior de la ventana, reclamando con maullidos silenciosos su ración matutina de afecto y los restos del desayuno.
El animal entró de un salto ágil al interior de la estancia, como hacía cada mañana de la semana, y se tumbó con total parsimonia justo encima de las hojas de apuntes que Noa había dejado desparramadas la noche anterior sobre la mesa de comedor.
Ella ni se inmutó por el gesto; se limitó a acariciarle la cabeza con suavidad.
Mientras aguardaba a que el agua alcanzara el punto de ebullición, hojeó con cuidado una pequeña libreta de tapas negras y rígidas que custodiaba celosamente en el cajón más oculto y privado de su escritorio.
En la primera página, subrayada con un trazo firme de tinta verde, lucía una frase que funcionaba como un faro en mitad de su tormenta:
“Cosas que soy de verdad, aunque él se empeñara con fuerza en repetir todo lo contrario.”
Justo debajo de ese enunciado, una lista manuscrita, breve y contundente, desafiaba al pasado:
✓ Fuerte.
✓ Lista.
✓ Divertida.
✓ Capaz.
✓ Libre.
Noa deslizó suavemente la yema del dedo índice por encima de esa última palabra de la lista.
Libre. Todavía le costaba un esfuerzo inmenso asimilar que de verdad lo hubiera conseguido por sus propios medios.
El hecho de marcharse de allí de la noche a la mañana.
El valor de empezar desde cero en una ciudad extraña que no conocía de nada, instalándose en un piso de alquiler minúsculo y aceptando un empleo cualquiera para ir tirando.
Pero a medida que transcurrían las semanas, sentía todo ese proceso cada vez menos como una huida desesperada de la violencia psicológica y mucho más como un regreso luminoso hacia sí misma, hacia la persona que siempre debió ser.
La vieja librería del casco antiguo donde trabajaba por las tardes olía siempre a una mezcla reconfortante de madera de castaño antigua, a polvo dulce acumulado y a las páginas de papel de hilo de los libros manoseados por los turistas que entraban sin saber muy bien qué andaban buscando.
A Noa le entusiasmaba habitar ese caos perfectamente ordenado por materias.
Allí dentro nadie le hacía preguntas sobre sus cicatrices invisibles.
Nadie esperaba nada extraordinario de ella más allá de cobrar los ejemplares.
Y eso, tras años de control absoluto, suponía un alivio indescriptible para su cabeza.