El susurro del cuervo blanco Capítulo 1 — El Sonido Bajo Las Piedras #3
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Capítulo 1 — El Sonido Bajo Las Piedras #3

No era, ni mucho menos, la primera vez que esa frase cruzaba su mente. Pero esa noche de septiembre, algo profundo en su interior decidió que ya no iba a permitir que la frase pasara de largo sin consecuencias. Necesitaba aire puro, necesitaba respuestas que solo se encontraban en el camino real.

Respiró profundamente y su aliento se contuvo en seco en medio de la noche de Osaka, con la firme determinación de que su próximo destino no estaría detrás de una pantalla, sino en mitad de una cordillera.

LAILA

Laila estuvo conteniendo el aliento durante un largo instante en el silencio de su consulta.

El hombre que se encontraba al otro lado de la pantalla del ordenador hablaba sin solución de continuidad, encadenando reproches y angustias, pero ella había dejado de escuchar el sentido estricto de las palabras varios minutos atrás.

Su voz se había transformado en su cabeza en un murmullo lejano, monocorde, idéntico a la lluvia suave y persistente que golpeaba con insistencia los cristales de su pequeño apartamento en el barrio de Belleville.

Con un movimiento sutil y ensayado, pulsó el botón de silenciar el micrófono y bajó el volumen del altavoz.

A veces, para ser capaz de sostener el dolor acumulado de los demás sin romperse en el intento, no le quedaba más remedio que interponer una distancia sanitaria.

La sesión terapéutica de apoyo al refugiado había concluido oficialmente cinco minutos antes, pero el paciente seguía allí conectado, necesitando desesperadamente exprimir ese tiempo extra que el reloj no contemplaba.

Laila lo comprendía a la perfección, sin juzgarlo.

Ella misma sentía la necesidad imperiosa de pedir tiempo extra muchas veces a lo largo del día, con la única diferencia de que no tenía la menor idea de a quién debía dirigirse para solicitárselo.

Esperó con paciencia profesional. Asintió con suavidad frente a la cámara web. Murmuró unas palabras afectuosas en su árabe natal para dar por cerrado el ciclo de la consulta:

— Choukran … hasta la próxima semana. Mucha fuerza.

Y colgó la comunicación.

El vacío se adueñó de inmediato del espacio.

Soltó un suspiro profundo que le nació desde el estómago.

Se quitó las gafas de lectura y se frotó los párpados con las yemas de los dedos, buscando un alivio físico.

A su lado, sobre la superficie de madera del escritorio, una vela encendida parpadeaba con una llama débil.

No respondía a ningún tipo de ritual religioso heredado de sus mayores, ni a una costumbre mística del pasado.

Era, sencillamente, su forma visual de trazar una línea divisoria entre lo que pertenecía a las historias traumáticas de sus pacientes…

y lo poco que aún conseguía conservar para sí misma al final del día.

Su apartamento olía siempre a té de jazmín recién infusionado y a papel húmedo de libros antiguos.

Afuera, en las calles de París, la tarde vibraba con el estruendo constante de las bocinas de los coches, la prisa de los transeúntes y el pulso de un mundo que nunca se detiene a esperar por nadie.

Pero allí dentro, tras los muros de piedra, todo se transformaba en pausa y recogimiento.

Las paredes estaban desnudas de adornos, la estantería de madera lucía un desorden crónico y en el suelo descansaba la vieja alfombra desgastada que había heredado de su abuela.

Su hogar era una isla flotando entre dos mundos que no terminaban de encajar.

Se puso en pie y caminó con lentitud hasta el gran ventanal que daba a la avenida.

Cruzó los brazos sobre el pecho y apoyó la frente contra el cristal frío, buscando el contraste térmico.

Abajo, en la acera mojada, una mujer empapada arrastraba a su perro bajo un paraguas maltrecho.

Un niño pequeño, ajeno a la incomodidad de la tormenta, saltaba con fuerza en los charcos como si París entero fuera una fiesta organizada exclusivamente para él.

Laila esbozó una sonrisa diminuta sin darse cuenta, contagiada por la escena.

Regresó al escritorio y abrió el primer cajón con cuidado.

Allí estaba, oculta bajo unos informes: una libreta pequeña, de tapas de cuero agrietadas por el uso y una goma elástica que ya no ejercía su función de cierre.

La había adquirido en un mercadillo de Fez hacía ya más de una década, cuando la vida prometía ser otra cosa.

La había ido llenando con el paso de los años de frases que nunca llegó a pronunciar ante nadie, de ideas abstractas que jamás se atrevió a pensar en voz alta por miedo a las consecuencias.

La hojeó por las páginas del medio, al azar. Una frase concreta, subrayada con tinta negra ya descolorida, le llamó poderosamente la atención:

“Mi forma más eficaz de protegerme del mundo ha sido desaparecer sin llegar a irme nunca del todo.”

No conservaba el menor recuerdo de haber escrito aquellas líneas en su juventud. Pero, al leerlas ahora en París, reconoció de inmediato la vigencia de esa misma sensación de vacío.

Cerró la libreta con suavidad, cuidando el papel, y se quedó sentada inmóvil durante un largo rato, sumida en la penumbra, mientras la vela seguía consumiéndose despacio y el mundo allá fuera insistía en avanzar con su prisa de siempre.

Por primera vez en mucho tiempo, cruzó su mente la firme convicción de que, tal vez, al día siguiente saldría a dar un paseo sin rumbo, dispuesta a buscar una luz diferente en el horizonte.

ALEX

La luz blanca de la tarde se ajustó de manera milimétrica al ángulo correcto tras modificar la posición del aro de led, y Alex encuadró con cuidado la lente de su teléfono móvil.

Ensayó una sonrisa magnética frente al espejo del vestidor, levantó una ceja con calculado misterio, la bajó con idéntica rapidez y pulsó el botón de grabar.

—Muy buenos días, familia. Hoy venimos con una rutina de movilidad muy sencilla, ideal para liberar todas esas tensiones acumuladas… porque la vida, ya lo sabéis bien, a veces se nos enreda más de la cuenta.

Pausa dramática de tres segundos.

—Mierda —susurró entre dientes, perdiendo la sonrisa al instante—. No me lo creo.

Borró el clip del almacenamiento y se pasó la mano por el pelo, frustrado. Lo intentó de nuevo, forzando el tono de voz hacia arriba.

—¡Buenos días, familia! ¿Cómo estáis? Hoy quiero compartir en primicia con todos vosotros tres hábitos de mañana super clave que me ayudan a empezar el día enfocado, lleno de energía y con muy buena vibra…

Otra pausa obligada. Otra mueca de insatisfacción en el rostro. Otra grabación directa a la papelera de reciclaje.

—¡Mierda!

Soltó un suspiro cargado de hastío y apagó el interruptor del aro de led de un manotazo.

Se dejó caer de golpe en la silla de escritorio con la misma desgana con la que un caminante exhausto se despoja de una mochila demasiado pesada tras una jornada de marcha.

Consultó la pantalla de analíticas del terminal: el contador de seguidores seguía en un goteo descendente, lento pero implacable.

Las estadísticas de visualizaciones de sus últimos vídeos cortos eran, sencillamente, ridículas en comparación con las de antaño.

Aquella campaña de colaboración con una marca de nutrición vegetal que tanto esfuerzo y horas de edición le había costado apenas había logrado rascar un millar de interacciones en el muro.

Apenas dos años atrás, Alex era un nombre plenamente reconocible en el mundillo del contenido digital sobre estilo de vida activo, salud mental y motivación diaria.

Las marcas del sector lo buscaban para patrocinios de relieve y los seguidores se contaban por cientos de miles en sus perfiles públicos.

Pero el algoritmo de la plataforma cambió de la noche a la mañana, las tendencias del público mutaron hacia un consumo más efímero…

y él no supo cómo seguirles el paso, o quizás el paso no le quiso seguir el ritmo a él.

La gran pregunta que se hacía cada mañana frente al espejo: ¿Quién demonios sabe descifrar realmente el Oráculo del Algoritmo?

Cuánto charlatán y cuánto vende humos habitaba en las redes sociales dando consejos al respecto.

En la actualidad, vivía de alquiler en un piso compartido de la periferia con otro influencer en horas caídas —más castigado por las estadísticas que él, si cabe— y una azafata de vuelo que nunca se encontraba en la vivienda debido a las rutas internacionales.

Apenas cruzaban tres palabras de cortesía a la semana.

Compartían los gastos de la cocina y la contraseña del wifi, poco más. El piso olía a soledad y a plástico.

Su madre le preguntaba en cada conversación telefónica dominical si no iba siendo hora de buscarse “un trabajo de verdad, de los de cotizar en una oficina”.

Alex siempre respondía que sí, que no se preocupara, que ya estaba metido en varios procesos de selección de agencias.

Mentía con la misma naturalidad innata con la que un pez se desplaza bajo el agua.

Lo último que deseaba en este mundo era verse obligado a regresar derrotado al cuarto de su infancia con las maletas vacías.

Se levantó de la silla, se preparó un batido espeso de proteína vegetal con unos hielos picados y se asomó al pequeño ventanal que daba al patio interior del bloque.

En el tejado de enfrente, un gato callejero cruzaba las cuerdas de los tendederos con una elegancia asombrosa, como si se tratara de un equilibrista en una pista de circo de primera categoría.

Alex esbozó una sonrisa auténtica al contemplarlo.

Hacía muchos días que no sonreía de esa manera, de forma limpia, sin la presión añadida de tener que encender la cámara para registrar el gesto de cara a su audiencia.