El susurro del cuervo blanco Capítulo 1 — El Sonido Bajo Las Piedras #2
9%

Capítulo 1 — El Sonido Bajo Las Piedras #2

Hablaron durante unos escasos minutos. De nada verdaderamente trascendental.

Del mal tiempo que hacía en ambas ciudades, de una receta de cocina que pretendía probar el fin de semana, de una amiga de la infancia que se había casado en segundas nupcias.

Irene escuchaba el sonido de su voz, asentía de cara a la cámara y sonreía cuando tocaba sonreír.

En cuanto colgó la llamada, el silencio denso y climatizado volvió a colonizar cada rincón del despacho.

Se volvió hacia el ventanal que daba a la calle principal.

Un autobús rojo de dos plantas avanzaba con lentitud, salpicando con desgana el agua acumulada en los charcos del asfalto.

En la acera opuesta, dos niños pequeños saltaban de charco en charco con botas de agua, ajenos a las prisas de los adultos encorbatados que los rodeaban.

Algo en esa imagen infantil le resultó dolorosamente ajeno, como si perteneciera a un planeta distinto, a una vida que ella ya no lograba recordar.

Como si sus propios días se hubieran transformado en una repetición elegante, predecible y carente de cualquier atisbo de sorpresa.

A media mañana, entró en la sala principal para una reunión con el equipo legal de grandes cuentas.

Comentaron los pormenores de una fusión corporativa inminente, revisaron con lupa las cláusulas de rescisión y estamparon sus rúbricas mediante firmas digitales autorizadas.

Todo transcurrió en perfecto orden. En un momento de distensión, uno de los socios hizo una broma tópica sobre escaparse de vacaciones a una isla privada y todos los presentes rieron de manera unánime, pero sin una gota de ganas reales.

Irene rio también. Se había vuelto una experta en ese arte: el arte de estar presente físicamente en un sitio mientras su mente habitaba la nada más absoluta.

Al regresar a la seguridad de su despacho, cerró la puerta con pestillo.

Se quitó los zapatos de tacón, apoyó las plantas de los pies descalzos sobre la alfombra gris de lana y dejó que el silencio le hablara durante un instante.

Tenía la agenda del día desbordada de citas, informes por redactar y decisiones de calado que tomar.

Pero en ese preciso momento, por primera vez en muchos años, se concedió el lujo de no hacer absolutamente nada.

Cerró los ojos con suavidad. Trató de vaciar la mente de futuras reuniones, de estrategias de mercado o de cambios en el bufete, dejando el lienzo en blanco.

Se quedó sola con el compás de su propia respiración.

Y en medio de esa pausa, percibió un leve temblor, casi imperceptible pero constante, que se había instalado en el centro de su pecho, justo donde duele la verdad cuando algo dentro empieza a agitarse.

Aunque una todavía no sepa muy bien qué nombre ponerle a ese movimiento.

Suavemente se durmió sobre el borde de la mesa, y un tono gris, espeso y húmedo de pura niebla londinesa, abrazó sus sueños por completo.

AYKO

El tren de cercanías serpenteaba con suavidad entre los perfiles geométricos de los edificios grises de Osaka mientras Ayko dormitaba a medias, con la cabeza apoyada con desgana contra el volumen de su mochila y una tostada fría a medio comer sujeta entre los dedos.

El vagón iba abarrotado de oficinistas trajeados que viajaban en un mutismo sepulcral, pero a ella no parecía importarle lo más mínimo el espacio vital.

Llevaba los auriculares de diadema puestos sobre las orejas, aunque no reproducían música alguna.

Solo necesitaba desesperadamente silenciar el zumbido del mundo que la rodeaba por un momento.

Había salido corriendo de su minúsculo apartamento, como casi siempre le sucedía, tras una carrera absurda contra el temporizador de su tostadora y una conversación aún más disparatada con la puerta de su frigorífico, que se había convertido en su improvisada terapeuta matutina.

No era algo extraño en su rutina; Ayko hablaba sola en voz alta mucho más de lo que le gustaría admitir ante los demás humanos.

Le servía como un mecanismo de defensa para intentar ordenar el torbellino de ideas gráficas que no paraban de golpearle el cráneo como si fueran pelotas de ping-pong en un torneo infinito.

Llegó a las oficinas del espacio de coworking con los bajos de la blusa salidos por fuera del pantalón y los cordones de las zapatillas deportivas desatados. Saludó a los presentes con una reverencia exagerada, casi teatral, y una sonrisa enorme que le cruzaba la cara de oreja a oreja.

—¡Buenos días, humanos funcionales del siglo veintiuno!

Nadie se tomó la molestia de responder al saludo, pero ella ya se había deslizado hasta su rincón habitual, un espacio abarrotado de pantallas de alta resolución, plantas colgantes que necesitaban agua, tazas de café olvidadas de días anteriores y pequeñas figuras coleccionables de animes de montaña y senderismo.

Ayko tenía 27 años y era dueña de una existencia que parecía editada por un director con prisa: trabajaba como diseñadora de entornos para videojuegos freelance , realizaba complejas traducciones técnicas del español al japonés para empresas de importación, colaboraba con una start-up experimental de realidad aumentada y, de vez en cuando, ilustraba hermosos mapas de rutas de montaña por encargo de revistas especializadas.

Todo ese despliegue creativo convivía entre el coworking y su estudio alquilado de apenas veinte metros cuadrados donde dormía en un futón que recogía cada mañana, colgaba su ropa limpia de una cuerda tensada entre estanterías de libros antiguos y acumulaba más dispositivos tecnológicos que espacio real para estirar las piernas.

A mediodía bajó al konbini de la esquina para comprar su almuerzo de siempre: un onigiri de atún con mayonesa y una lata de café frío de máquina.

Se lo tomó de pie, apoyando la espalda contra la fachada de hormigón del edificio, limitándose a contemplar el flujo incesante de la multitud que cruzaba el paso de peatones.

A veces, el simple hecho de observar la vida de los desconocidos le bastaba para sentirse algo acompañada en medio de la gran colmena.

Ese día, sin embargo, arrastraba una sensación extraña en la boca del estómago.

Un pellizco raro. Como si los engranajes de su realidad estuvieran a punto de saltar por los aires. Pero era incapaz de adivinar el motivo.

Por la tarde, el sonido de una videollamada entrante de su madre interrumpió el ritmo de sus tabletas gráficas.

Su madre le habló desde el pueblo, de la salud del perro, del primo lejano que iba a contraer matrimonio en primavera y del nuevo saco de arroz de la cosecha que había comprado en el mercado local.

Ayko sonreía con fuerza ante la cámara y asentía a cada comentario con energía.

Pero en cuanto apretó el botón de colgar, soltó un suspiro largo, hondo, que pareció vaciarla por dentro.

No sabía con certeza si estaba cansada del exceso de trabajo frente a los monitores o de llevar años limitándose a vivir a tope, a través de píxeles y pantallas.

Al caer la noche profunda, regresó a su barrio pedaleando en una Luup bike por los callejones estrechos e iluminados por el resplandor tembloroso de los farolillos de las tabernas.

Hacía un fresco húmedo que le agitaba el flequillo de la frente.

Ese era su instante predilecto de la jornada: cuando la metrópoli parecía bajar ligeramente el volumen de su prisa y sus propios pensamientos encontraban un palmo de espacio para respirar sin presiones.

Una vez en casa, calentó un bol de ramen instantáneo en el microondas y se sentó directamente en el suelo de madera, con las piernas cruzadas frente a la pantalla de su portátil personal.

Abrió una carpeta privada oculta en el escritorio del sistema, titulada simplemente “Escapes”.

Era su santuario digital. Allí atesoraba cientos de fotografías de alta resolución de cordilleras lejanas, refugios de pastores perdidos en la niebla, bosques de árboles centenarios y tiendas de campaña bajo cielos estrellados.

No tenía un plan de viaje trazado, ni fechas de salida, ni reservas de billetes.

Solo guardaba esas imágenes de la naturaleza como quien almacena raciones de aire limpio para poder respirar más tarde.

En esa misma carpeta digital, Ayko guardaba un archivo especial: el escaneo en alta resolución de un misterioso grabado arqueológico del norte de España que un profesor le había enviado meses atrás para una traducción y que no había logrado quitarse de la cabeza.

Era un relieve circular perfecto, rodeado de rayos limpios tallados en piedra vieja.

El símbolo la imantaba con una fuerza que no respondía a la lógica.

Se quedó observando los detalles de la roca digitalizada, sintiendo cómo una punzada de impaciencia le recorría el cuerpo.

Ya no le bastaba con analizar píxeles ni con teorizar desde la distancia de un escritorio; tenía unas ganas locas de explorar, de pisar el barro de esos valles y ver aquel misterio con sus propios ojos.

En la esquina superior de la pantalla, un post-it digital de color amarillo recordaba una nota manuscrita: “Tienes derecho a parar y explorar”. No recordaba con exactitud qué noche de insomnio lo había redactado, pero llevaba semanas enteras resistiéndose a borrarlo del monitor.

Apoyó la parte posterior de la cabeza contra la pared desnuda y cerró los párpados por completo, sintiendo el silencio de su cuarto.

“Y si pudiera verlo por mí misma. No estaría mal salir de mi zona de confort y vivir una aventura, siempre correr tanto para terminar quedándome siempre en el mismo sitio.”