Capítulo 1 — El Sonido Bajo Las Piedras
MATEO
La melodía de una gaita se filtraba entre los callejones de piedra, viva y antigua, como si hubiese nacido de las mismas entrañas de la tierra asturiana.
En la plaza, un grupo de músicos tradicionales arrancaba sonrisas espontáneas a los paseantes.
Algunos turistas se apresuraban a alzar el móvil para capturar el instante; otros, en cambio, simplemente escuchaban, quietos, atrapados por ese sonido bronco y sagrado que parecía evocar algo que nadie lograba entender del todo, pero que todos sentían vibrar en el pecho.
Vestía como solía hacerlo siempre que el asfalto le agobiaba: botas de montaña desgastadas, pero bien cuidadas, pantalón técnico, una chaqueta ligera y la gorra echada ligeramente hacia delante, sombreándole la mirada.
Su barba entrecana, recortada, parecía joven al lado de sus ojos, unos ojos oscuros en los que se adivinaban nítidamente recuerdos de los que no se habla, de los que no necesitan palabras para existir.
Estaba allí por pura casualidad, o al menos eso era lo que se repetía a sí mismo para no llamarlo destino.
Había salido a caminar por Oviedo sin un rumbo fijo, buscando airear las ideas, y sin darse cuenta sus pasos lo habían conducido directamente frente a los músicos de la plaza.
Una ráfaga de viento húmedo y repentino le revolvió el bajo de la chaqueta.
La ciudad conservaba ese perfume inconfundible que se desata justo después de la tormenta: una mezcla de tierra batida, leña lejana y piedra vieja mojada.
Respiró hondo, llenando los pulmones. Era un aroma primigenio que no se vendía en ningún frasco del mundo.
Cerca de donde él se encontraba, unos niños jugaban a perseguirse entre los bancos de madera.
Uno de ellos, al girar la cabeza con prisa, tropezó con la base de su vara de carbayón y se quedó petrificado en el sitio, asustado por la envergadura del montañero.
Mateo le dedicó una sonrisa franca y pausada, agachando levemente la cabeza.
—Tranquilo, güaje. Siempre es mejor tropezar aquí, en tierra firme, que cuando estés subiendo una peña allá arriba.
El niño no alcanzó a descifrar el significado de aquellas palabras, pero captó la calidez de la voz y sonrió de vuelta antes de reanudar su carrera.
Mateo se sentó despacio en el banco de piedra que lindaba con el parque.
Las hojas secas caídas del otoño crujieron bajo su peso.
Con un gesto parsimonioso, sacó una pequeña libreta del bolsillo interior de su chaqueta.
Las tapas de cuero estaban visiblemente gastadas por el roce y la goma de sujeción había perdido toda su fuerza, colgando floja de un lateral.
No buscaba leer nada en especial. Pasó las yemas de los dedos por los bordes de las páginas, sin detenerse a examinar la caligrafía manuscrita.
A veces abría esa libreta sin motivo aparente, de la misma forma en que un náufrago busca la temperatura exacta de su propia alma para saber si sigue vivo.
Un chasquido metálico e inesperado le hizo desviar la vista hacia la vara apoyada en el banco: una de las chapas tintineó levemente bajo el azote de una nueva corriente de aire.
La tocó con delicadeza. No recordaba con exactitud milimétrica a qué cumbre pertenecía ese metal concreto, pero el tacto le devolvió de golpe el sabor exacto del pan de hogaza de aquella tarde lejana, y la voz suave de una mujer que le había susurrado que, a veces, lo verdaderamente importante no era alcanzar la cima, sino tener con quién volver a casa.
Sonrió para sus adentros. Cada una de esas chapas representaba una historia sin final aparente. O tal vez con uno que aún no se había terminado de escribir del todo en su interior.
Una mujer de avanzada edad barría con parsimonia la acera del otro lado de la calzada.
Al cruzar la mirada con él, le devolvió el saludo con una leve inclinación de cabeza, sin interrumpir el vaivén rítmico de la escoba.
Él respondió con idéntica naturalidad asturiana.
No se conocían de nada, nunca habían cruzado palabra, pero sabían perfectamente cómo mirarse.
Como si bastara un solo gesto cómplice para confirmar que, a pesar de los pesares y del ruido del siglo, aún quedaban maneras dignas de estar en el mundo sin necesidad de pronunciar una sola palabra.
Se mantuvo allí un buen rato, entregado a la escucha.
El sonido ancestral de la gaita iba y venía por las esquinas, como si se resistiera a marcharse del todo, deambulando sobre los tejados.
Mateo no pensaba en nada en concreto. Ni en los fantasmas que arrastraba del pasado, ni en la incertidumbre de lo que vendría mañana.
Solo habitaba el presente inequívoco de ese instante.
Sentado, con su libreta entre las manos atenazadas por el frío.
Con la vara fiel a su lado, con las chapas de metal tintineando muy despacio, con un ritmo tan sutil que parecía que alguien las estuviera acariciando desde dentro de la madera.
Entonces, comenzó a orbayar con una alegría mansa, y en un abrir y cerrar de ojos, la plaza entera se cubrió con un mar de paraguas desplegados deprisa.
Mateo, sin embargo, no se movió. Alzó el rostro hacia la lluvia fina, sintiendo el frescor del agua en la piel, disfrutando del primer aviso de la montaña.
IRENE
Irene cerró el paraguas con un golpe seco justo antes de cruzar el umbral acristalado del edificio de oficinas.
La lluvia inclemente de la mañana le había empapado por completo los bajos de su abrigo de sastre, pero no se tomó la molestia de comprobarlo.
En realidad, llevaba casi una década sin tomarse la molestia de mirar al cielo.
Había aprendido a intuir con precisión matemática cuándo iba a romper a llover fijándose únicamente en el olor metálico del asfalto húmedo o en el número exacto de paraguas desplegados en la salida de la estación de Leicester Square.
En Londres llueve siempre. Punto. No había necesidad de buscarle más poesía al asunto.
Atravesó el vestíbulo de mármol con paso firme y apresurado, sin detener la marcha, limitándose a regalar una leve e impersonal inclinación de cabeza al conserje de seguridad.
El hombre respondió con su habitual y automático “Good morning, Miss Herrera”, pronunciado más por la estricta inercia del protocolo corporativo que por una cordialidad genuina.
El interior del ascensor olía a un ambientador barato de pino químico.
A su lado, una compañera de otra planta hablaba en un susurro apresurado por el teléfono móvil.
Irene fijó la vista en los números digitales del panel de control, concentrándose en el ascenso como si contar los pisos pudiera protegerla de escuchar los fragmentos de las vidas ajenas.
Cuando entró en su despacho, el reloj todavía no marcaba las ocho de la mañana.
Las luces de los pasillos parpadeaban con esos tubos fluorescentes de tonos fríos que hacían que todo pareciera un hospital de alta dirección.
Pasó por delante del pequeño office sin detenerse.
Sabía de sobra que allí dentro ya estaría goteando la cafetera de filtro, con ese sonido constante, rítmico y exasperante, pero no sentía ganas de tomar nada. No todavía.
Encendió el portátil de la empresa. El logotipo dorado del bufete de abogados se reflejó con nitidez en los cristales de sus gafas de ver mientras repasaba la ingente cantidad de correos electrónicos acumulados durante la madrugada.
Peticiones urgentes de clientes desde Hong Kong, consultas complejas de fondos en Nueva York, notificaciones automáticas del sistema legal.
Abrió una carpeta compartida, luego otra en el servidor.
Lo hacía casi por inercia, con una destreza mecánica adquirida tras años de disciplina militar.
Irene tenía 34 años y encarnaba a la perfección lo que la sociedad burguesa consideraría una mujer hecha y derecha, una triunfadora en toda regla.
Licenciada con matrícula de honor, máster de especialización en Bruselas, un puesto de socia júnior estable, un apartamento moderno con vistas de diseño e independencia económica.
Lo había conseguido todo en la vida. Exactamente todo lo que se había propuesto conseguir cuando salió de su tierra.
Y, sin embargo.
Se quitó las gafas de montura fina y se frotó los ojos con fuerza, sintiendo el cansancio acumulado detrás de las órbitas.
La noche anterior no había logrado pegar ojo.
No había sido por el estrés de una entrega, ni por el volumen de trabajo, ni por ninguna razón médica diagnosticable.
Simplemente, su cerebro no había sido capaz de parar de pensar.
¿En qué? No lo sabía. En nada, en todo, en el vacío que queda cuando apagas la pantalla.
El teléfono personal vibró con insistencia sobre el escritorio de cristal.
Su madre, una videollamada desde España.
Irene dudó durante un largo instante, observando la foto de la pantalla, y la dejó sonar hasta que el sistema cortó la comunicación.
Acto seguido, sintiendo un latigazo de culpa en el estómago, desbloqueó el terminal y la llamó ella misma de vuelta.
—Hola, mamá —dijo, forzando una sonrisa profesional en cuanto apareció el rostro familiar y envejecido al otro lado de la cámara.
—¡Hija! ¿Está todo bien por ahí? Te noto una voz muy rara, como cansada.
—Iba a decir exactamente lo mismo de ti —sonrió Irene, apoyando el mentón en la mano—. No pasa nada malo, mamá. Solo quería escucharte un rato antes de que empiece la locura del día.