El susurro del cuervo blanco Capítulo 0 — Mi Niña #3
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Capítulo 0 — Mi Niña #3

Pero las historias más viejas del clan —esas que los ancianos susurraban junto a las brasas moribundas— siempre repetían la misma verdad: que todo lo que está destinado a cambiar el mundo empieza siempre en el más absoluto de los silencios.

Como una semilla bajo la nieve. Como un temblor bajo la roca.

Noche Serena

Aquella misma noche, cuando el cielo se volvió de un azul cristalino y la luna quedó perfectamente encajada entre los riscos más altos de la cordillera, el clan Branwen se reunió en el claro sagrado del bosque de carbayos.

Era la Noche Serena, el momento sagrado en que los sabios daban gracias a la tierra por el paso de las estaciones y honraban la memoria de aquellos ancestros cuyos pasos ya no hollaban el barro del sendero.

Los fuegos rituales se encendieron con maderas seleccionadas de acebo y texu viejo.

Las chispas doradas ascendían con fuerza hacia el firmamento, como si quisieran escribir crónicas olvidadas entre las constelaciones.

Arawen se sentó en primera línea junto a Mäelis y Miana, envuelta hasta la barbilla en una manta gruesa de lana oscura.

Yo me mantuve unos pasos más atrás, de pie, compartiendo confidencias en voz baja con los otros hombres aptos para las armas, sintiendo un peso invisible en el aire.

El ambiente estaba cargado de una quietud reverencial.

Andando el tiempo del rito, se hizo el silencio. El crepitar de la madera pareció amortiguarse.

Desde el extremo más sombrío del claro, allí donde los árboles se espesaban, emergieron las Xianas.

Eran mujeres que parecían pertenecer a otros tiempos, envueltas en pesadas capas de tintes azules y verdes que se confundían con el musgo y la noche.

Llevaban largas trenzas adornadas con finos hilos de plata batida y hojas frescas de hiedra.

Sus rostros reflejaban una serenidad sobrehumana; sus pasos sobre la hojarasca seca no producían el menor ruido, como si flotaran sobre el suelo del bosque.

Nadie en Oueto sabía con certeza de dónde venían ni dónde se ocultaban el resto del año; solo aparecían en las noches de gran rito, cuando los lazos entre el mundo y la memoria se volvían delgados.

Venían a cantar para apaciguar los malos recuerdos del pasado y despertar los sueños del mañana. Sus voces, puras y desprovistas de artificio, se elevaron al unísono, fluyendo como agua cristalina que brota de una fuente subterránea. El idioma antiguo golpeó los troncos de los carbayos:

“An uviën, an beira, an dôr ar y fynn…”

(A la luna, al bosque, al hogar y al fin…)

“Ce aelwen cled ar lôn, ce brennwen.”

(Que la luz camine en ti, hija del cuervo blanco.)

“Nyns yw an trôn, mes an serch a'n galon.”

(No es el trono lo que importa, sino el amor del corazón.)

“Gwelef an nos, clyw an hanow…”

(Mira la noche, escucha tu nombre…)

—Arawen, ven... —Arawen, ven…

Arawen sintió de golpe cómo se le erizaba la piel de los brazos bajo la manta de lana.

No experimentó miedo; era una sensación diferente, una vibración mucho más antigua y telúrica que no lograba comprender con su mente de niña.

No descifraba el significado de los vocablos arcaicos, pero los sentía grabarse en su carne, nota por nota.

Como si la melodía no viniera del exterior, sino que le hablara desde el fondo de su propio pecho.

Como si aquellas mujeres místicas le estuvieran advirtiendo que, tarde o temprano, su propia voz tendría que unirse a ese mismo canto de resistencia.

La luna brillaba en ese instante con un resplandor plateado tan intenso que disipaba las sombras del claro. Por un momento suspendido en el aire, pareció que el bosque entero contenía el aliento y respiraba al unísono con el canto.

Cuando la última nota del cántico se desvaneció en la espesura, las Xianas se replegaron hacia la oscuridad profunda del bosque, desapareciendo de la misma forma sutil en que habían irrumpido.

Nadie osó romper el hechizo con palabras mundanas.

Solo se escuchaba el chasquido lejano de la leña consumida y los suspiros naturales de la noche asturiana.

Arawen, abrumada por la intensidad del momento, se recostó sobre el regazo de Mäelis, buscando el calor familiar con los ojos muy abiertos, fijos en las estrellas.

—¿Qué han dicho, madre? —preguntó en un susurro apenas audible, buscando mi mirada de reojo.

Mäelis le acarició los cabellos oscuros con una ternura infinita, mientras yo apretaba los dientes en la sombra, sabiendo el peligro que conllevaba ese nombre y esa estirpe en los tiempos que se avecinaban bajo las sombras.

—Han dicho que la noche guarda muchas más respuestas de las que nuestras mentes pueden entender ahora, mi niña —respondió Mäelis con voz suave—. Y que hay verdades que solo lograrás comprender… cuando el sendero de tu vida llegue al lugar indicado.

Arawen cerró los ojos despacio, el cansancio la vencía, pero ella deseaba grabar y encerrar todo aquello en su interior para que el tiempo no lo borrara: la melodía sagrada, la luz blanca sobre el Nalón y la convicción de que algo inmenso acababa de tocar su alma por dentro.

Y mientras la niña se dormía bajo el amparo de los carbayos, la luna seguía vigilándola desde lo alto.