Capítulo 0 — Mi Niña #2
Allí, bajo la sombra del aliso más grande del cauce, la esperaba Duna, su perra mestiza, vieja, canosa y leal.
Siempre que Arawen desaparecía del mapa de la aldea, Duna sabía el rincón exacto donde encontrarla.
La niña se sentó sobre la roca pulida de siempre y sacó del zurrón de cuero un trozo de pan untado con miel silvestre.
—Hoy me toca volver a entrenar con Gwydion —le dijo en voz baja a la perra, como si el animal guardara las respuestas del mundo—. Dice que, si no aprendo a asentar bien el peso sobre el bastón de madera, me voy a caer de bruces hasta en terreno llano... ¿Tú qué crees, Duna?
Duna ladeó la cabeza, entornando los ojos viejos.
—Ya sabía yo que no ibas a decir nada útil —sonrió Arawen, acariciándole las orejas.
Le lanzó un trozo de corteza con miel y la perra lo atrapó al vuelo con torpeza cariñosa.
A lo lejos, mi voz profunda rompió la calma del río, llamándola.
Era la hora de acarrear la leña seca hasta el taller de herrería.
Arawen suspiró, acarició por última vez el lomo de la perra y se puso de pie con cierta desgana infantil.
Siempre le costaba dejar la orilla del agua; el río le otorgaba una paz que no encontraba en otra parte.
Le fascinaba mirar cómo la corriente movía las hojas caídas, haciéndolas girar en remolinos, y cómo los peces daban saltos diminutos que quebraban la superficie plateada.
Mientras desandaba el sendero hacia el poblado, su mente se ocupaba en las que ella consideraba cosas verdaderamente importantes: si las xanas de las fuentes existían de verdad en las cuevas profundas, si el viejo Hargin había sido un gran guerrero antes de perder la fuerza en las piernas, o por qué Nelka, la sanadora del clan, siempre la miraba al pasar con una sonrisa cargada de un conocimiento que parecía ir mucho más allá de las hierbas curativas.
No poseía grandes respuestas para esas dudas y tampoco las necesitaba todavía.
Arawen caminaba con paso ligero, disfrutando de la sensación de las piedras frías y húmedas bajo sus pies descalzos.
A medida que se acercaba al centro de Oueto, el sonido rítmico y acompasado de los martillos herradores marcaba el pulso de la vida cotidiana.
Los herreros golpeaban el metal incandescente con fuerza soberbia, y el eco de cada impacto vibraba contra las paredes de la montaña vecina.
El humo denso del carbón de leña se elevaba en espirales oscuras, confundiéndose con la niebla matinal y el aliento propio de la aldea.
Pasó junto al taller exterior, donde un grupo de hombres de rostros serios discutía en voz baja sobre la próxima reunión de clanes y los rumores que llegaban de las diferentes puntas de la tierra conocida.
Le lanzaron una mirada distraída, acostumbrados como estaban a verla merodear y escuchar desde la sombra.
Arawen no interrumpió la conversación, pero sonrió para sí con picardía.
Sabía perfectamente que los guerreros la vigilaban, aunque fingieran ignorar su presencia.
Cuando cruzó el umbral de nuestra cabaña, Mäelis ya la esperaba con las manos apoyadas en la cintura, fingiendo una severidad que sus ojos desmentían.
—¿Otra vez regresas cubierta de barro, hija? —dijo sin una pizca de enfado real, mientras le sacudía con delicadeza la trenza despeinada—. Un día de estos te vas a despertar convertida en rana y ninguno en esta casa notará la diferencia.
Arawen soltó una risa limpia. Dejó el zurrón en un rincón de madera y se aproximó al caldero de bronce que colgaba sobre el hogar, donde burbujeaba una sopa espesa que inundaba el espacio con un olor reconfortante a nabo, menta silvestre y hueso ahumado.
—¿Puedo probar un poco, madre?
—No, aún no ha reposado lo suficiente. Ve a lavarte las manos de una vez y ayuda a tu hermana con la carda de la lana. Te está esperando en el patio trasero.
Arawen bufó, pero lo hizo sin rastro de rabia, con esa sumisión ligera de los niños que saben que no pueden escapar de los deberes del hogar.
Nunca había sido una muchacha rebelde por capricho, pero le costaba encajar su espíritu libre en los ritmos monótonos de las tareas domésticas.
Aun así, obedecía sin rechistar. Porque en las paredes de aquella cabaña de piedra y paja habitaba algo mucho más poderoso y sagrado que las normas del clan: el amor incondicional.
Su hermana mayor, Miana, la recibió en el patio con una sonrisa cómplice y torcida.
—Te han vuelto a pillar vagueando junto al cauce —dijo Miana, manejando la carda de madera con gestos rápidos, precisos y ágiles—. Yo a tu edad ya dominaba el huso y sabía hilar el vellón entero. Tú solo sabes correr por los bosques y soñar despierta.
—Pues prefiero mil veces soñar —replicó Arawen, sacándole la lengua con cariño.
—Los sueños no se tejen solos para abrigar el invierno, pequeña.
—¿Y si lo hacen? ¿Y si los sueños son como las arañas del bosque, que tejen sus redes más hermosas cuando nadie las está mirando?
Miana detuvo las manos un segundo, clavando sus ojos en ella. El silencio duró apenas un instante, roto por una risa breve, madura y sincera de la hermana mayor.
—Estás completamente loca, Arawen. Pero eres mi loca favorita del mundo.
Se pasaron el resto de la tarde entre bromas compartidas, risas bajas y madejas de lana áspera, hasta que la luz dorada del día empezó a apagarse definitivamente tras el perfil afilado de las montañas.
Oueto comenzó a oler a humo de chimenea, a leche caliente de cabra y a madera mojada por el sereno.
Los cuervos cruzaban el cielo crepuscular en un vuelo silencioso y ordenado.
Y por encima de las cumbres, la luna asomó redonda, blanca, enorme.
Una luna magnética que parecía observar el valle entero desde una distancia eterna.
Esa noche, mientras se acomodaba en su jergón de paja, Arawen se quedó fija mirando las vigas del techo de madera y las sombras alargadas que bailaban al compás de la última llama de la vela.
En la estancia de al lado, nuestras voces, las de sus padres, se escuchaban como un murmullo indescifrable y protector.
La niña cerró los párpados, pero el sueño no acudió de inmediato.
Sintió un cosquilleo extraño y eléctrico en el centro del pecho, como si el aire de la cabaña se hubiera vuelto más denso, como si algo invisible estuviera a punto de desatarse.
No sabía qué era. Solo sabía, con una punzada de nostalgia anticipada, que no quería que nada cambiara en su mundo.