Capítulo 0 — Mi Niña
Raíces
El sol de la tarde caía oblicuo entre las ramas del carbayu, tiñendo de oro viejo la hierba que crujía bajo nuestras piernas.
Ella se acomodó entre mis brazos sin darse cuenta, como lo había hecho desde que era un bebé, y apoyó la cabeza en mi pecho con un suspiro distraído.
Yo sabía que en su mundo no había espacio para muchas palabras ahora; su mente volaba en otro sitio, entre risas, carreras y planes que solo los niños entienden.
Pero, aun así, me quedé callado, abrazándola con fuerza.
Porque esos silencios compartidos —aunque a los ojos de los demás parezcan ausentes— son los que más se graban en el alma de un padre.
—Arawen... —murmuré contra su cabello, sin esperar respuesta alguna—. Si supieras cuánto te quiero.
Ella no contestó con palabras. Se limitó a mirar hacia el dosel del bosque, donde las hojas doradas parecían flotar suspendidas en los rayos de luz. Luego soltó un leve bufido, se zafó de mi abrazo con la agilidad de un corzo y se incorporó de un salto.
—¿Puedo ir a jugar? Están abajo, en el río —dijo, señalando con la barbilla hacia el rumor del agua—. Me están esperando.
—Claro, ve. Pero no te mojes los pies, ¿eh? Que luego tu madre se enfada.
—¡Vale!
Salió corriendo, descalza, con la melena oscura y despeñada al viento y esa forma suya tan característica de saltar los charcos, como si sus pies apenas tocaran el barro, como si volara. Me quedé mirándola hasta que su silueta se diluyó entre los altos helechos.
En ese momento, la mente me devolvió una imagen grabada a fuego: la de su primer llanto en una noche envuelta en luna llena, el rostro de su madre, Mäelis, brillando por el sudor y la emoción, y aquel resplandor plateado sobre las aguas del río Nalón que los ancianos del clan interpretaron de inmediato.
Arawen, la justa de las alturas.
Bueno, los ancianos siempre tienen presagios para todo.
Nace un niño… y ven un augurio en las nubes; nace una niña…
y leen el destino en las entrañas de la tierra.
Pero esta era mi niña, mi verdadero presagio, mi tesoro, mi amor.
La pequeña que nació con la luna reflejada en el fondo de los ojos y que ahora corría por la braña como si nada en este mundo pesara.
A veces me pregunto si sabrá, algún día, lo que significó su llegada. Lo que fue para nosotros tras tanta oscuridad. A veces la miro y no sé si el tiempo ha corrido demasiado y ya es una mujer, o si aún sigue siendo mi niña pequeña. Lo único que sé… es que tengo miedo de perderla.
El día que nació Arawen
Recuerdo la noche en que nació como si el tiempo hubiese detenido su paso, congelando el mundo para que yo pudiera grabarla en mi memoria, línea por línea.
Había luna llena. Una de esas lunas enormes que parecen recortar los riscos de la montaña con un cuchillo de luz.
El río Nalón bajaba lento, convertido en un espejo tranquilo que duplicaba las estrellas.
Y yo, un hombre rudo, torpe con las palabras y sin más sabiduría que la del acero y la madera, temblaba de pies a cabeza en un rincón de la cabaña.
Mäelis gritó. Gritó con ese desgarro sagrado que solo conoce quien está trayendo una vida nueva a este mundo hostil.
Yo no sabía dónde poner las manos, ni qué hacer con tanto miedo acumulado en el pecho.
El aire del habitáculo olía a humo de abedul, a humedad de la noche y a helecho fresco.
Mäelis apretaba mi brazo con una fuerza nueva, descomunal, nacida de las entrañas.
Y de repente, el silencio.
Un segundo eterno que no se midió en tiempo, sino en inmortalidad.
Y luego…
Un llanto agudo que rompió la noche, un temblor en mis propias manos, una mirada que aún no sabía abrirse del todo al mundo, pero que ya me había atravesado el alma para siempre.
Arawen. Así la llamaron los ancianos del clan Branwen. Nació en el instante exacto en que la luna tocó la cima más alta del monte y las aguas del Nalón brillaron como escamas de plata viva.
—Es un augurio —sentenciaron los más viejos junto a las brasas, intercambiando miradas cargadas de secretos antiguos.
A mí me dio exactamente igual lo que dijeran sus lenguas.
Yo ya sabía, al sostener aquel pequeño cuerpo tibio, que nada en mi vida volvería a ser igual.
Ni mis pasos sobre la tierra, ni mi aliento en el invierno, ni el orden de mis noches.
Era mi hija. Y aunque ese nombre — Arawen, la justa de las alturas — pesaba como un destino demasiado grande para una criatura humana, para mí era solo eso: mi niña.
Una niña de manos diminutas, pelo alborotado y una fuerza oculta que nadie en Oueto alcanzaba a imaginar.
A veces, cuando jugaba en la braña con los otros niños del poblado, yo la observaba desde la distancia, medio escondido entre los troncos, como quien cuida la última llama en mitad de un viento de tormenta.
Ella reía, tropezaba, gritaba. Volvía a casa con las rodillas sucias de tierra y el corazón limpio.
Y aunque ella no lo sabía aún, la montaña ya la estaba escuchando.
Arawen, la que juega descalza
Arawen crecía ajena a los hilos del destino.
Para ella, Oueto era un universo completo, perfecto, cerrado por la muralla de las montañas y abierto únicamente hacia el azul del cielo.
Un lugar familiar donde las cabras olían distinto al caer la tarde, donde el agua del río Nalón sabía a hielo puro al principio del invierno y a risa templada cuando el sol de verano lo calentaba.
Un mundo donde los árboles viejos tenían nombres propios y las rocas de las laderas guardaban secretos que solo se revelaban a quienes sabían escuchar.
Era una muchacha de ojos inquietos, de esas que preguntan sin parar hasta que los adultos se rinden por puro agotamiento.
Le gustaba correr descalza, por más que Mäelis refunfuñara al verla regresar a la cabaña embadurnada de barro hasta las orejas.
Su risa era rápida, cristalina, y también su llanto: era sensible, impulsiva, valiente cuando la situación lo requería, pero prudente cuando se la llamaba al orden.
Pasaba horas espiando a los mayores en la plaza del clan, allí donde los hombres tallaban la madera de los aperos y las mujeres trenzaban historias con las manos mientras tejían la lana.
No siempre entendía el significado profundo de lo que oía, pero lo guardaba todo en su memoria.
A veces, al regresar junto al fuego familiar, preguntaba a su madre qué era eso de “la sangre de los ancestros”, o por qué algunos clanes vecinos miraban con recelo a los Branwen y no querían unirse a las celebraciones del solsticio.
—Cuando seas mayor, entenderás —le decía siempre Mäelis, besando su frente—. No corras tanto por crecer, pequeña. El tiempo vuela solo.
Arawen asentía con la cabeza... y al segundo se iba corriendo tras algún pájaro.
Le fascinaba ver cómo las ovejas bajaban en hilera perfecta del monte al anochecer; en su imaginación infantil, aquellas siluetas blancas eran soldados de una tribu mágica que regresaban de una batalla pacífica.
A menudo se metía en problemas por llegar tarde tras el ocaso o por subirse al avellano más alto que crecía junto a la fuente sagrada.
Yo, como su padre, la miraba con una mezcla constante de resignación y orgullo profundo.
—Mi niña va a ser una tormenta —decía a Mäelis entre risas, mientras la observábamos limpiar sus rodillas—. Una tormenta de esas necesarias, de las que limpian el cielo después del bochorno.
No era una muchacha especial a sus propios ojos.
O al menos, no más que cualquier otra joven que viviera con total libertad, rodeada de ternura y armada con mil preguntas.
Pero sí había algo que, de vez en cuando, la hacía callar de golpe, congelándola en mitad de una frase.
Una inquietud sutil, un presentimiento sordo.
Le ocurría sobre todo cuando miraba la luna llena desde el umbral de la cabaña.
No sabía explicar la razón, pero sentía que alguien, o algo desde lo alto de los riscos, la estaba mirando de vuelta.
Como si una historia muy antigua e inacabada estuviera intentando encontrar sus pasos en el barro.
Un día, mientras jugaba con sus amigos entre las ramas bajas de los avellanos, uno de ellos le preguntó con curiosidad:
—¿Y tú qué quieres ser cuando seas mayor, Arawen?
Ella no pestañeó. No dudó un solo instante.
—Yo… yo quiero ser libre.
Un día cualquiera en Oueto
El humo del fuego matinal se mezclaba con el aroma dulce del pan recién horneado en el horno comunal.
Las mujeres charlaban animadas, con los delantales todavía humedecidos por el rocío de la mañana.
Un grupo de muchachos corría descalzo por el sendero de tierra batida que atravesaba el poblado; entre ellos destacaba Arawen, con el cabello oscuro recogido en una trenza suelta y las mejillas encendidas por el esfuerzo de la risa.
—¡Te toca! —gritó con entusiasmo, lanzando una piedra plana hacia el suelo.
La piedra se deslizó con precisión hasta detenerse en el centro de un grabado antiguo tallado directamente sobre la roca madre del sendero: un círculo rodeado de rayos perfectos, un símbolo gastado por los siglos que los niños usaban a diario para sus juegos sin sospechar su verdadero origen.
—¡No te hagas el despistado, Liart! ¡Ha entrado limpia!
Liart, un chico dos veranos mayor que ella, fingió tropezar al lanzar su piedra y cayó al suelo de forma dramática, arrancando las carcajadas limpias de todo el grupo.
Arawen se llevó las manos a la cara, divertida por la escena.
Luego, impulsada por un resorte invisible, echó a correr hacia el río, como si el viento mismo de la mañana la empujara por la espalda.