El susurro del cuervo blanco
© inepub.com
PRÓLOGO
Existe un instante preciso, justo cuando el sol empieza a hundirse tras el perfil afilado de las cumbres, en el que la montaña deja de ser geografía para convertirse en un espejo.
A esa hora, cuando la luz se tiñe de un naranja cansado y las sombras de los carbayos se estiran sobre el barro como dedos antiguos, el caminante suele detener la zancada.
No lo hace por fatiga, aunque las piernas pesen y las correas de la mochila lleven horas castigando los hombros.
Lo hace porque, al atardecer, el ruido del mundo civilizado amaina y la cordillera impone su ley más sagrada: el silencio.
Asturias es así.
Una tierra que mezcla naturaleza, leyendas y un punto de magia que nadie reconoce en voz alta, pero todo el mundo nota. Una especie de energía que te acompaña cuando caminas, cuando respiras, cuando miras alrededor.
Caminar es, por encima de todo, un acto de despojo.
Uno inicia la marcha cargado de armaduras invisibles —los títulos, las prisas, las certezas, el miedo al fracaso o el empeño paranoico de registrarlo todo para demostrar que existimos— y el sendero, con una paciencia milenaria, va limando cada capa sobrante.
La roca no entiende de estatus; el viento del norte no atiende a razones; y la niebla que se desploma sobre los puertos no distingue entre el sabio y el necio.
En la montaña, tarde o temprano, todos regresamos al lodo del que fuimos modelados.
Por eso, quienes buscan el refugio de las alturas rara vez huyen de algo; más bien van al encuentro de lo que han dejado enterrado bajo el asfalto.
Al igual que los viejos canteros grababan marcas ocultas en los cimientos de los templos para que el tiempo no borrara su origen, los seres humanos arrastramos cicatrices que solo logran descifrarse cuando nos alejamos de la prisa.
Hay culpas inverosímiles que precisan de una ventisca para ser aireadas, y despedidas pendientes que solo se asimilan contemplando el curso natural de un río de montaña.
Dicen los pastores de las tierras altas que el viento que bate en los cordales nunca es nuevo; es el mismo aire que respiraron los clanes proscritos siglos atrás, el mismo susurro que empujó a los antiguos a defender sus raíces cuando el invierno amenazaba con borrar sus nombres.
Porque las historias de los hombres, al igual que los senderos que cruzan la cordillera, siempre terminan cerrando un círculo.
Cambian las ropas, cambian las herramientas, pero el laberinto que nos habita por dentro sigue requiriendo el mismo coraje para ser transitado.
Este libro es un homenaje a la comunidad del barro, a las cordadas que se sostienen en mitad de la grieta y a esas personas que aparecen en mitad de la niebla para recordarte quién eres cuando tú mismo lo has olvidado.
Quítate la prisa, ajusta los apoyos, escucha el rumor que cruza las cumbres. Al fin y a la postre, todos caminamos hacia el mismo horizonte y lo único verdaderamente sagrado que nos está permitido hacer mientras quede luz en el cielo, es aprender a disfrutar del sendero...
Al atardecer.