El susurro del cuervo blanco Capítulo 13 — Donde El Camino Se Vuelve Humano #2
69%

Capítulo 13 — Donde El Camino Se Vuelve Humano #2

—Madrid. Dirección de marketing en una multinacional. Mucho traje, presupuestos de seis cifras y pastillas para la ansiedad antes de entrar a las reuniones. Un día el cuerpo dijo basta y colapsé. Me quedé limpio: sin salud, sin pareja y sin cabeza.

—Y acabaste aquí —concluyó Bruno despacio.

—Acabé arrastrando los pies por estos mismos valles de Redes. Buscando una salida de emergencia que no fuera un hospital. La montaña me fue juntando los pedazos muy despacio. El sendero me enseñó a mirar de frente.

Bruno asintió con la cabeza, respetando el ritmo del guía, intuyendo que detrás de esa coraza había mucha más tela que cortar.

—Por eso nos aguantas, entonces —comentó el cordobés—. Te ves reflejado en nosotros.

Mateo clavó el bastón con fuerza en un recodo del camino y se detuvo un segundo, obligando a Bruno a parar también. Lo miró con unos ojos gastados pero directos, donde asomaba una sombra mucho más oscura y profunda que la de un simple estrés de oficina.

—Sé el daño que hace la ciudad antes de romperte, Bruno —sentenció Mateo en voz baja, y su mirada pareció perderse por un instante en la línea de las cumbres—. Pero no es solo por vosotros. Hay deudas con la montaña que no se terminan de pagar nunca. Venga, andando, que se nos echa la tarde encima.

Bruno se quedó callado, asimilando la confesión del que hasta ahora era el hermético guía. Las palabras de Mateo no eran teoría; venían de la cicatriz de quien ya había cruzado el desierto que ellos apenas empezaban a descubrir.

Pasado — Aprender a quedarse un poco

A media tarde, el grupo llegó a los límites de El Campu.

No era una aldea muy grande; estaba formada por un grupo de casas de madera y piedra, y de sus chimeneas salían hilos de humo gris que subían rectos hacia el cielo, porque no hacía nada de viento.

Un perro de pastor descansaba tranquilo en mitad de la rúa principal, sintiéndose el dueño del lugar.

Una mujer mayor barría las losas de piedra de la entrada de su casa.

—Buenas tardes, madre —saludó Liana, deteniendo al grupo ante la fachada—. Necesitamos pedir trabajo a cambio de techo y comida para pasar la noche.

La anciana miró las caras de los recién llegados una a una, sin ninguna prisa.

—En este pueblo siempre hay faena para las manos de los hombres —respondió la mujer, apoyando el mango de la escoba—. Y, por desgracia, siempre nos falta tiempo para terminarla. Pasad dentro.

Durante las siguientes horas, los miembros del grupo se repartieron las tareas en la corrala.

Cargaron fardos de leña y ayudaron a arreglar varias vallas de los animales.

Fue precisamente al fondo del cobertizo, mientras buscaba unos correajes para remendar un pesebre, donde Lía que estaba haciéndose un poco la remolona, donde escuchó el jaleo.

A través de las rendijas de los tablones de madera, vio a uno de los mozos del pueblo ensillando un caballo a escondidas, con gestos rápidos y nerviosos. Al acercarse con sigilo, la joven amortiguó la respiración al oírlo murmurar para sí mismo, sin perder detalle:

—El campamento real paga bien por los fugitivos del norte..., son ellos, estoy seguro. Con esa recompensa compramos dos bueyes.

Antes de que ella pudiera reaccionar, el mozo espoleó al animal y salió galopando campo a través, perdiéndose entre los árboles en dirección al puesto militar de la llanura.

Lía regresó junto a Liana y Taran con el rostro pálido y el corazón desbocado.

Les faltó tiempo para planear la huida, pero Liana la frenó en seco con una mirada de advertencia: si se marchaban corriendo en mitad de la tarde, levantarían las sospechas de todo el pueblo y los soldados los cazarían a campo abierto antes de la noche. Tenían que aguantar.

Al caer la noche, la cena idílica en la mesa comunal se convirtió en una cuenta atrás insoportable.

Tomaban una sopa espesa de verduras y legumbres con rebanadas de pan oscuro de centeno, pero a los fugitivos cada bocado se les atragantaba en la garganta.

Cenaban sabiendo que tenían las horas contadas.

El crujido de cada madera o el simple soplido del viento fuera de la casa hacía que Taran y Arawen se tensaran de golpe, buscando el pomo de sus dagas por debajo de la mesa.

—Mañana por la mañana tendréis que seguir vuestro camino por la montaña —dijo la anciana, mirando el parpadeo de las velas con tranquilidad, sin sospechar la tormenta que se cernía sobre su techo—. En este pueblo nadie se queda mucho tiempo si todavía tiene un viaje por terminar.

Arawen se sentó en un taburete de madera cerca del fuego, intentando que el temblor de sus manos no delatara la angustia que la carcomía.

Se quedó mirando a los niños de la casa, que jugaban con simples piedras en el suelo, mientras los adultos hablaban despacio y sin prisas.

La paz de ese hogar era tan hermosa como frágil.

—¿Te gustaría quedarte a vivir en un sitio así si la guerra terminara, Arawen? —le susurró Taran al oído, acercando su taburete para disimular la tensión mutua.

La joven Branwen movió la cabeza diciendo que no, aunque sus ojos reflejaban una profunda melancolía.

—Todavía no es mi momento, Taran. Nos quedan muchas cosas por hacer en el norte. Pero haber pasado por aquí me da una seguridad tremenda: ahora sé que esta forma de vida existe de verdad en alguna parte del mundo. Y voy a luchar para que siga existiendo.

Liana la miró desde el otro lado de la mesa, con un gesto de orgullo y gravedad en su rostro curtido, sabiendo perfectamente el peso que la muchacha llevaba encima en ese instante.

—Saber eso te cambia la cabeza para siempre, muchacha —dijo la sanadora en voz baja—. El simple hecho de saber que hay lugares en el mundo donde no hace falta vivir huyendo, te da las fuerzas necesarias para enfrentarte a lo que viene.

Esa noche, Arawen no durmió del tirón. Permaneció apoyada contra la pared del jergón, con los ojos abiertos en la penumbra y el oído atento al menor eco de cascos de caballo en la distancia.

El silencio que envolvía las casas de El Campu ya no daba descanso; era el manto helado de una tregua que expiraba con la primera luz del amanecer.

Presente — Campo de Caso

La tarde ya se estaba yendo cuando los caminantes de La365 Trail entraron en las calles de Campo de Caso.

El pueblo estaba lleno de casas tradicionales de madera y piedra, balcones preciosos repletos de macetas con flores de colores y un olor riquísimo a comida de verdad, a guiso hecho despacio en cocinas de carbón.

—Este sitio no se siente como el final de una etapa de turistas —observó Irene, mirando a los vecinos—. Se nota que aquí la gente tiene una vida real y auténtica.

Mateo asintió con la cabeza mientras los guiaba hacia el centro del pueblo.

—Y precisamente porque es una vida de verdad, es obligatorio que entremos respetando al máximo sus costumbres.

Se alojaron en una casa rural familiar y muy sencilla. La dueña, una mujer de voz firme y movimientos muy rápidos, les explicó las normas: dónde dejar las botas sucias, dónde colgar la ropa húmeda para que se secase y en qué zonas debían estar en completo silencio.

—En esta casa nos levantamos muy temprano —les avisó la mujer con una sonrisa pilla—. El monte y los animales de este valle se despiertan unas cuantas horas antes que ustedes.

Durante la cena, mientras compartían una comida caliente, casera y muy abundante, las charlas entre ellos cambiaron por completo.

Ya no hablaban del cansancio de los veintiocho kilómetros que llevaban en las piernas; se respiraba un ambiente de mucho cariño e intimidad.

Elías, rompiendo su costumbre, no sacó su libreta; prefirió dedicarse por entero a escuchar a sus compañeros.

—Hoy, mientras caminábamos, he pensado por primera vez en mi casa de la ciudad —confesó Noa, mirando el humo que salía de su plato—. Pero no he pensado en mi piso como un sitio donde esconderme de mis fracasos; lo he visto como un lugar lleno de oportunidades para empezar de nuevo.

—Yo, por mi parte, las horas de marcha junto al río me han obligado a tomar una decisión —admitió Bruno con una total sinceridad—. Tengo que pedir perdón. Un perdón sincero a una persona que dejé atrás en la ciudad sin darle ninguna explicación.

Alex levantó la vista, mirando a todos sin ninguna pose de cara a la galería.

—Jolín compañeros, parece que estamos de terapia……. Pues yo he decidido que si dejo de contar en internet cada cosa que hago a todas horas… quizás empiece a vivir esas cosas de verdad —confesó el creador de contenido en un susurro muy firme.

Nadie dijo nada después de escuchar las confidencias de los compañeros. No hacía falta. Los silencios se sentían bien, eran curativos.

Mateo miraba la escena desde el final de la mesa, escuchando el ruido de los cubiertos, el murmullo de las voces y las risas flojas que borraban los nervios de los días anteriores.

Mateo levantó su vaso, mirando a Noa y luego a Bruno, con un gesto serio pero cargado de una calidez que pocas veces mostraba.

—Pues nada... Esto se merece un brindis —concluyó despacio, recorriendo con la mirada las caras del grupo—.

Y el que tenga algo más que soltar, que lo escupa ahora, que aquí dentro estamos a salvo.

En esta zona del mapa, el monte funciona de otra manera.

Primero os aprieta y os desnuda allá arriba, en la soledad de las cumbres, para luego devolveros directos a lo que de verdad importa: el calor de la gente. Disfrutemos del sendero.