El susurro de las amapolas 87
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Importancia a lo importante

El teniente Brueca baja las escaleras del tejado pesando dos kilos menos.

Uno, porque acaba de matar al hijoputa que acechaba al pueblo todos estos años.

Y otro porque ha vengado el asesinato de su hija, ese que pensaba que iba a quedarse impune.

Por fin se ha quedado en paz.

Aunque la alegría dura (muy) poco en casa del pobre.

Cuando baja las escaleras, ve a Morales parado en mitad de la habitación.

El teniente nota una sensación extraña en el estómago, porque sabe que algo no va bien. Morales no está como siempre, está ido.

—Morales, chico, ¿estás bien? —le dice mientras se acerca hacia él con cautela.

El cabo no responde, solo se limita a mirarle.

Cuando Brueca está a unos dos pasos de él, lo ve.

Morales está empuñando un cuchillo.

El cabo alza la mano para atacarlo.

Al teniente ni lo roza, porque se ha visto venir el ataque.

Lo que no ha podido prevenir, es la patada que le da en la espinilla. Brueca se tambalea y retrocede unos cuantos pasos, pero Morales le sigue de cerca con el cuchillo en la mano. Intenta darle cinco estocadas:

1. La primera no la acierta.

2. La segunda le rasga un poco el brazo.

3. La tercera queda incrustada en la pared, cosa que aprovecha el teniente para darle un golpe.

4. La cuarta se queda a medio camino.

5. La quinta (y última) consigue rasgarle la mejilla derecha.

—¡Detente ahora mismo, chico, no sabes lo que estás haciendo! —implora el teniente con el mejor tono de voz que puede para apaciguar al cabo, que hace caso omiso de lo que ha dicho.

Morales sigue sin responder.

El teniente comienza a sentirse cada vez más débil, su cuerpo ya no puede más.

Brueca es incapaz de defenderse ante el siguiente ataque de Morales, que le propina un puñetazo que hace que de la boca del teniente emane un reguero de sangre.

Y otro puñetazo más que le viene desde la derecha.

Brueca cae al suelo, se desploma. La pérdida de conocimiento le va ganando terreno a la vigilia.

Morales va hacia el teniente y, con el cuchillo en la mano, comienza a descender hacia su pecho.

El teniente, que intuye lo que quiere hacer el cabo, intenta coger el arma para evitar que la hoja llegue a su destino. Con las pocas fuerzas que le quedan al teniente, ambos compañeros forcejean durante treinta segundos.

La batalla está muy igualada. Hasta que las manos del teniente fallan y la hoja alcanza su fatídico objetivo.

El filo del alargado cuchillo se hunde en el pecho del teniente Brueca.

Pasa sin ningún tipo de impedimento, como si cortara mantequilla a temperatura ambiente.

La facilidad con la que la hoja corta la carne, atraviesa el hueso y perfora el corazón es aterradora.

El teniente Brueca muere en cuestión de segundos.

No lo hace con una mueca de dolor, no.

El teniente Brueca se va feliz, porque sabe que después de treinta y tres años va a reencontrase con su mujer y su hija.