El susurro de las amapolas 86
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Bajo la luz de la luna

Hace una hora que Amaia se ha marchado y Carlos sigue llorando mientras está atado en el tronco del árbol.

No puede desatarse porque su madre le ha hecho dos nudos muy fuertes.

Carlos tiene miedo porque la herida de su pierna no para de supurarle sangre. Dentro de nada le rodeará una manada de lobos dispuestos a comerle todas las entrañas.

De pronto, como si de un acto divino se tratase, Carlos atisba un rayo de esperanza.

Olmo Mendoza pasea por la zona y ve al pequeño atado al árbol. Se acerca lo más rápido que puede y le quita la mordaza, con la que le hace un vendaje improvisado para curar la herida de su pierna.

—Pero, muchacho, ¿qué es lo que te ha pasado? —le pregunta al niño mientras deshace los nudos de las sogas.

—¡Ha sido mi madre! —exclama entre lágrimas y sollozos—. Me ha traído hasta aquí y me ha atado al árbol para que me coman los lobos.

Olmo finge una expresión de compasión y de tristeza.

—¡Qué desgracia tan grande! Eso es porque tu madre ya no te quería.

El niño abraza al párroco, desconsolado.

—¿Y qué voy a hacer ahora sin mi madre?

—No te preocupes —consuela Olmo mientras esboza una sonrisa siniestra— a partir de hoy, yo cuidaré de ti.

Ese día, la inocencia de Carlos murió para siempre.

Ese día, desapareció el primer hijo de la familia Lazkano.

Ese día, Olmo Mendoza transformó a un conejo en un lobo. Porque, durante más de treinta años, Olmo Mendoza entrenó a Carlos Lazkano para que recogiera su testigo el día que él falleciese.