80
El padre sin hija
La soledad encuentra al teniente Brueca en la barra del bar de Concha, como todos los días.
Ya ni siquiera le quedan fuerzas para mover sus hinchados brazos, coger la copa de cerveza y echársela a la boca.
Hace muchos años que el teniente dejó de tener fuerza para hacer las cosas. Porque cuando uno pierde a su hija y a su mujer casi a la misma vez, ya no es que vea la vida de color negro, es que directamente la vida desaparece del campo de visión
Ahora, que la jueza Caballero y su mal carácter le han echado a patadas del caso, al teniente ya no le queda nada por lo que vivir.
Porque antes, cuando sucedió todo hace treinta años, tenía el aliciente de que podía encontrar al cabrón que le había hecho eso a su pequeña Lucía.
Pero, ahora, treinta y tres años después, si ya era remota la posibilidad de que lo pillasen por aquel entonces, ahora mejor ni siquiera pensarlo.
El teniente Augusto Brueca está tan obcecado en sus pensamientos, que no se da ni cuenta de que una Julia empapada lo aborda por las espalda.
—¡Teniente Brueca! —llama Julia a viva voz.
El teniente se asusta de primeras y de segundas bufa, porque no le apetece en absoluto que le hinchen los cojones por la noche.
—No estoy de servicio, chata —explica Brueca mientras alza la copa de cerveza.
Julia no le da mayor importancia y se sienta junto a él.
—Fue Olmo Mendoza.
—¿Qué cojones pasa con el párroco? —pregunta con hastío.
—Olmo es el Hombre de las Amapolas —asevera Julia.
El teniente estalla en carcajada.
—Vete a contarle milongas a los del cuartel, que seguro que esto les interesa.
—No quiero a los del cuartel, teniente, ellos no se van a manchar las manos de sangre. Lo único que quieren es cerrar el caso lo antes posible para irse a sus casas. He pasado hace un momento y el cuartel estaba cerrado, se han marchado a otro sitio. Le quiero a usted.
El teniente se levanta de la barra, le deja un billete a Concha detrás del mostrador y se dispone a irse.
—Hágalo por su hija —comenta Julia a su espalda sin temor a las consecuencias.
El teniente se vuelve hacia ella enfurecido, pero antes de que pueda insultarla con un porrón de palabras malsonantes, Julia se le adelanta y le enseña una grabadora con un casete dentro.
—Hágalo —le suplica Julia.
El teniente le arranca la grabadora de la mano, pero no la tira al suelo, la escucha. Sabe que una persona como ella no usaría el nombre de su hija en vano.
Cuando termina de escuchar el mensaje, el teniente piensa durante unos segundos.
—Más te vale que merezca la pena —dice.
Julia sonríe, triunfal.
Ambos emprenden la marcha hasta la iglesia.