El susurro de las amapolas 81
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Paraíso

La iglesia de San Judas Tadeo está desolada a altas horas de la noche.

Julia y el teniente entran sin mayor impedimento en la capilla. No hay nadie vigilando, ni rastro de Olmo Mendoza.

—Inspecciona la parte de atrás y yo veo el piso de arriba, mantenme informado —le ordena el teniente a Julia.

Julia le llama al móvil y dejan el teléfono en manos libres, para poder comunicarse sin problemas. Lo que no saben es que Olmo ha desactivado el repetidor, por lo que su estrategia es inútil.

El teniente y la escritora se separan.

Brueca inspecciona la planta de arriba y no hay nada fuera de lo común. Todo está ordenado y no parece que haya elementos sospechosos en la escena.

Cuando avanza hacia una de las habitaciones de la iglesia, ve que la trampilla que da acceso al tejado está abierta de par en par y con la escalera de madera sacada.

Hay alguien en el tejado , deduce Brueca, aunque no hace falta ser Sherlock Holmes para averiguar una cosa tan simple.

O eso o es una trampa , Brueca se decanta más por lo segundo.

Pero no tiene más opción que subir.

El teniente sube por la escalera que da al tejado. Una vez allí, con toda la lluvia y el viento azotando su cuerpo, distingue una figura en medio de la negrura.

Olmo Mendoza está situado a un palmo del vacío. Se gira y mira al teniente.

—Brueca, cuánto tiempo... Te estaba esperando. ¿Te apetece que hablemos un poco de tu dulce hija? —propone con una sonrisa maquiavélica.

El teniente se desenfunda su arma reglamentaria y apunta al párroco. Cuando lo tiene a un palmo, respira hondo.

Olmo Mendoza no ve venir el primer puñetazo.

Ni tampoco el segundo.

Ni muchísimo menos el tercero.