El susurro de las amapolas 79
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El niño sin padre

La tristeza encuentra a Morales en un callejón del pueblo pateando de un lado a otro una pequeña piedra que se ha encontrado.

El chaval se nos ha enfurruñado porque una mujer de alto cargo —y muy mala hostia, que todo hay que decirlo— le ha expulsado del único caso que se ha emperejilado en resolver.

Si es que como nunca pasa nada, cuando hay algo fuera de lo común se revoluciona el gallinero.

Pero Morales no se ha enfadado porque la jueza le castigue sin jugar a polis y cacos. Lo que a Javier Morales le jode de verdad es que le hayan apartado del caso de su padre.

Porque el único motivo por el que Morales lo quiere resolver no es para que un coronel le cuelgue una reluciente medalla en el pecho. Lo que quiere es saber quién le arrebató a su padre cuando él tenía apenas ocho años.

Porque Manuel Morales se despidió una noche como otra cualquiera de su hijo dándole un beso en la frente antes de hacer la ronda. Entonces ninguno de los dos supo que era el último beso que iban a darse, porque el monstruo lo encontró y lo devoró con sus fauces.

Cuando a los pocos días encontraron su cadáver mutilado junto con una carta en la que él admitía que era un adúltero, llegó lo peor.

Su madre esperó a que terminara de ver los dibujos, para no arrancarle al pequeño de la familia su inocencia de cuajo.

Después de merendar vino el mal trago. Un accidente, hijo... papá ya no va a volver .

Y desde ese día Morales se juró a si mismo que le metería una bala en la cabeza a ese hijo de puta.

Tan absorto está el cabo en sus pensamientos, que ni se ha dado cuenta de que Olmo está en el medio del callejón con una caja a sus pies.

—¿Necesitas ayuda, Olmo?

—Ah, muchacho, no te había visto. —El párroco corre su vista hacia la caja de madera—. No te preocupes, puedo solo. Me ha dado un pequeño un pequeño tirón en la espalda.

Y Morales, bueno como una miga de pan y servicial como un Golden Retriever, se agacha y le coge la caja a Olmo.

—No hacía falta, hombre —se disculpa Olmo con una sonrisa cortés.

—No cuesta nada ser amable, admite Morales. ¿A dónde te la llevo?

—Vamos para la iglesia, yo creo que te conoces bien el camino.

Ambos echan a andar.

—¿Cómo va el trabajo, muchacho. Mucho lío en el cuartel?

—Pues al teniente y a mí nos han largado, ahora que íbamos bien encaminados para coger a ese pirado.

—Tienes que dejar de darle tantas vueltas a esa cabecita que tienes —aconseja Olmo— piensas demasiado y eso no es bueno para ti.

—Es que ahora me siento como... vacío. Como si dentro de mi cuerpo no hubiera más que un aire cargado de impotencia y rabia. Porque me han dado la patada de manera injusta y me han apartado de lo poco que me queda de mi padre.

—Ay, chico. Todos tenemos en algún momento de nuestra vida un vacío existencial.

Y te diré, que aunque no seas muy creyente y no pises con frecuencia terreno santo, ese vacío solo puede llenarlo Dios.

Él es el que decide quién se queda y quién se va.

Y, aunque su voluntad divina cause desasosiego, también se encarga de dar consuelo.

—Me lo pensaré —contesta cortés Morales, porque no quiere comerse a estas alturas una chapa eclesiástica.

Olmo y Morales entran en la iglesia.

—¿Dónde te pongo la caja?

—Déjala ahí detrás. —Olmo señala un recoveco medio escondido que parece que solo sabe él.

Y Morales, obediente como él solo, lo hace sin rechistar.

Pero en el último momento ve algo que le hace encajar todas las piezas del puzle.

Un pétalo rojo de una amapola adormidera se desliza por una de las rendijas de la caja.

Y Morales lo comprende, al fin.

Tarde, pero lo comprende.

Intenta echar mano de su arma reglamentaria pero descubre el cinturón vacío porque, en pleno apogeo de la ira, ha dejado la pistola en su mesa del cuartelillo.

Olmo se le echa en la espalda y ambos forcejean por un momento. Pero el párroco le gana por goleada, sabe fingir muy bien las lesiones a pesar de estar cuadrado.

Olmo le restriega a Morales un paño húmedo por la cara que contiene la droga compuesta de amapolas.

El cuerpo y la mente de Morales no tardan en introducirse en el estado de hipnosis.

—¿Qué quieres, Olmo? —pregunta el cabo con las pocas fuerzas que le quedan en el cuerpo, su voz es apenas un murmullo que se va perdiendo en el espacio.

—Ayúdame en todo lo que te pida y te contaré la verdad sobre la muerte de tu padre.

El cabo se deja hacer y la droga lo vence por completo.

Olmo ya tiene un nuevo adepto en su lista de peones.