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Lo que sucedió entonces
El día que Amaia va a encontrarse cara a cara con la muerte, lo ve claro.
Praixze está sumido en la penumbra vasca cuando ella va hacia el obrador para comprar el pan. Va con prisa porque no quiere que se le note el malestar que lleva encima. Ha dormido la generosa cantidad de dos horas a causa de la noche mística que ha pasado.
En cuanto volvió a casa se arrepintió de lo que hizo con Carlos. A la mierda todo, a la mierda Dios.
Pero cuando ella regresó al claro su hijo ya no estaba. Se lo había tragado la tierra.
No se para hablar con nadie, ni con doña Enriqueta ni con Concha, tiene demasiada prisa.
Pero hay algo que interrumpe sus pasos. Su globo ocular ha captado algo, algo que hace que todo su mundo se resquebraje bajo sus pies.
Puede discernir en el callejón vecino a Olmo, el párroco veinteañero del pueblo, hablando con una misteriosa figura que le da un sobre con una cantidad abundante de billetes dentro. Eso no le preocupa, lo que le preocupa de verdad es la figura misteriosa, porque la ha reconocido.
Las facciones alemanas, la cicatriz debajo del ojo izquierdo, los labios partidos... Solo puede tratarse de una persona, Klaus Drechsler. Y comprende que no es una casualidad que el hombre que la está buscando por todo el país, esté en el mismo pueblo que ella.
La han encontrado, Olmo ha dado el chivatazo y los secuaces de Díez ya van a por ella. Puede que ya estén en casa llevándose a Julia. Puede que ya le hayan abierto un tercer ojo a Marco. Puede que estén torturando a Cintia.
Amaia no se lo piensa dos veces y corre todo lo que su cuerpo le permite para llegar cuanto antes a su casa.
Llega en diez minutos, porque la carrera que se ha pegado es digna de una medalla olímpica.
La casa está en completo silencio. No hay gritos, no hay asaltantes, no hay rastro de sangre ni dolor.
Amaia entra, preocupada, y descubre a su pequeña Julia pintando un dibujo en la mesa del salón. Cuando la pequeña ve a su madre, le dedica una amplia sonrisa y le enseña muy orgullosa el dibujo que ha hecho.
—Mira, mami, he hecho un dibujo muy bonito —dice orgullosa la futura escritora.
—Precioso, cariño, ¿dónde están papá y la tía?
—Se han ido a buscar al chache.
Amaia se va poniendo cada vez más nerviosa.
No hay tiempo, tiene que actuar. Es ahora o nunca. Ya se ocupará de su marido y de su hermana más tarde.
—Mi amor, deja un momento el dibujo. Tienes que ayudarme. Hay que preparar las cosas, porque tenemos que irnos de aquí, ¿vale? —explica Amaia lo más tranquila que puede.
—¿Dónde nos vamos a ir, mami?
—Nos vamos a ir de vacaciones, a un sitio muy bonito con muchos animales.
A la pequeña se le iluminan los ojos.
—¡Bien! —grita Julia, ajena al peligro que la rodea.
Amaia va a toda prisa a la habitación y saca la maleta. Tarda menos de cinco minutos en meter solo lo imprescindible para sobrevivir unos cuantos días: dinero, ropa, algo de comida en conserva. Después va al salón y coge a Julia.
—Mi amor —comienza a decir Amaia—. ¿Quieres que echemos una carrera?
A la niña le falta tiempo para calzarse las zapatillas de correr.
Están en el bosque, tan frondoso como siempre y poblado de nidos de cuervos.
Ambas van de la mano mientras mantienen una carrera a buen ritmo.
Amaia no fuerza todavía a la niña, porque de momento no es necesario.
El plan es ocultarse en el bosque hasta que todo se calme. Puede que así dejen de buscarla.
Lo único que no ha podido hacer es avisar a su marido y a su hermana, por lo que aparte de estar pensando en poner a salvo a su hija, Amaia piensa cómo recuperar a Carlos y cómo evitar que maten a Marco y a Cintia.
También está el dolor, inmediato, punzante.
Las ramas caídas de los pinos se le clavan en las puntas de los pies, ese lugar tan vulnerable, porque las zapatillas de Amaia llevan rotas un par de minutos y ya nota las pequeñas chinas clavándose en sus pies.
El dolor aumenta con cada pisotón, con cada paso en el que se clava una piedra de forma irregular.
No puede detenerse, no puede parar de correr. Amaia le da la mano a Julia, suda y mira hacia detrás compulsivamente.
No están huyendo de ningún animal, porque no se escucha ni el más mínimo rugido.
Tampoco de una persona peligrosa, porque en ese bosque, a excepción de las expectantes aves, solo están ellas dos.
Pero Amaia prefiere que cuanto antes se oculten, antes conseguirán mantenerse a salvo.
Amaia comienza a hiperventilar, se le acaba el aire en los pulmones.
La carrera, de la cual lleva unos cuantos metros recorridos a pleno pulmón, la está dejando extasiada.
El diafragma se le contrae y un atisbo de dolor le inunda el rostro. Aprieta los puños con firmeza, no se detiene. Cierra los ojos y respira primero cogiendo aire por la nariz y después soltándolo por la boca para calmar el flato.
Cuando vuelve a abrir los ojos, se topa de bruces con un callejón sin salida.
Han avanzado tanto sin darse cuenta de que, sin querer, ya han atravesado el bosque entero.
El inmenso espacio forestal abandona el primer plano y ante sus ojos se muestra el final del camino.
Un acantilado rocoso marca el desenlace de la frenética carrera. El estruendo de las olas impactando en las rocas, envueltas en una masa de algas, tierra y sal, establece el tempo que sigue el corazón de la mujer.
Al pie del cañón, con la niña cogida del brazo, la mujer se plantea cómo va a acabar su historia.
Mira al frente, siente que algo se acerca.
Sigue pensando qué hacer. El corazón le zapatea en el pecho como un bailaor de flamenco.
1. Dejarse atrapar, no es una opción.
2. Correr hacia otro lado, no le gusta demasiado.
3. Saltar, no sabe ni qué pensar sobre esta.
La taquicardia le inunda el pecho. La respiración entrecortada, fruto de la carrera y de la adrenalina, le impide seguir teniéndose en pie.
La mujer, o lo que queda de ella, se agacha hacia la niña, es decir, a Julia.
—Todo saldrá bien, Julia, mi niña. Te querré siempre.
Aquí es donde se produce la variación. En el sueño de Julia, su mente jugó con ella, porque en ningún momento llegaron a saltar del acantilado.
En lugar de eso, dos figuras surgen de la maleza y las acorralan por la espalda.
—¡Amaia! —grita el hombre.
A la susodicha no le hace falta girarse para saber que se trata de la voz de su marido.
Marco y Cintia van junto a ellas. Ambas se lanzan a sus brazos.
—¿Qué está pasando, nena? —le pregunta Marco—. No encontramos a Carlos por ninguna parte.
—Ya llegaremos a eso, te prometo que te lo explicaré todo, pero ahora tenéis que escucharme los dos —increpa a su marido y a su hermana—. Los hombres de Díez nos han encontrado y están en el pueblo, Klaus no tardará en hacernos una visita.
—¿Qué vamos a hacer ahora? —pregunta preocupada Cintia.
—Lo que llevamos haciendo todos estos años desde que matamos a Díez —responde Amaia—, huir.
Pero antes, mira a su marido.
—Ya sabes lo que tienes que hacer con la niña. Aquí no va a tener un futuro. He preparado todo lo que necesitas. Llévatela y asegúrate de que se queda a salvo.
Marco asiente con lágrimas en los ojos.
Amaia se agacha para darle un último beso a su pequeña.
—Te querré siempre, mi niña. Te prometo que cuando seas grande, volveré a buscarte.
Aquel día, el 28 de agosto de 1992, fue la última vez que Amaia Marín vio el rostro de su preciada hija.