El susurro de las amapolas 76
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Segundo asalto

Julia para la grabadora y se quita los cascos lentamente.

Después se hace una bola en el colchón inflable y emite el grito más desgarrador de toda su vida.

Ese grito va seguido de un llanto amargo, de esos cuyas lágrimas te escuecen al pasar por la garganta.

Todos hemos llorado de esa manera alguna vez, ya sea cuando hemos perdido a un ser querido o cuando hemos estado a punto de tirar la toalla pensando que no podíamos más.

Julia ahora tiene que desahogarse, porque si ya le parece brutal el dolor que está soportando, ahora viene lo peor de todo.

Queda la segunda parte, la verdad de su adopción.

Pero antes de llegar a eso, llora.

Pasados unos diez minutos, Julia ya está lista para recomponerse por completo.

Recoge los pequeños trocitos de cristal que componen su alma y los intenta unir como puede. La forma se intuye, pero las cicatrices siguen estando ahí.

—¿Habías escuchado antes estas cintas? —le pregunta Julia a su padre.

Marco niega con la cabeza.

—Tu madre me dijo que esas cintas solo las podías escuchar tú.

—¿Cómo estaba tan segura de que iba a volver?

—Instinto maternal, supongo —admite su padre—. No lo sabíamos a ciencia cierta, pero tu madre siempre mantuvo la esperanza de que algún día regresaras.

Julia sigue llorando cabizbaja, porque no quiere mirar a su padre a los ojos.

No quiere decirle que le cuente lo que queda del relato, porque puede que no soporte tanto dolor.

—¿Sabes algo de mi hermano?

—Nunca lo volvimos a ver, Julia. Tú eres la única que ha regresado.

Julia asiente, aún le queda otra pregunta para abordar el elefante en la habitación.

—Después de todo lo que pasó el 28 de agosto de ese año, tomamos la decisión de que tu madre se escondiera por un tiempo.

Al principio, ella se quedó sin salir de casa, pero no fue suficiente.

Me ordenó que construyera un refugio bajo tierra para que nadie la encontrara hasta que las cosas se calmasen.

Pasaron los años y no quiso salir de aquí, ya tenía su vida hecha.

Había veces que le daban neuras y quería irse, pero cuando pisaba el exterior a plena luz del día se desmayaba.

Ya a lo último solo comía y hablaba con Dios —relata su padre con la voz quebrada, porque el volver a recordar esos años de tanto dolor no es fácil para un hombre que ya ha perdido a las dos mujeres más importantes de su vida, aunque una de ellas haya reaparecido.

—Quiero que me cuentes qué fue lo que pasó ese día. ¿Qué es lo que hizo que todo se precipitara?

—Contaba con ello, hija. Te debo una explicación. Y te la voy a dar —Marco hace una pausa—, pero antes necesito que me des un abrazo.

Julia va junto a su padre y ambos permanecen unidos por los brazos durante dos largos minutos.

Después, cuando se separan, Marco mira a su hija a los ojos.

Y comienza a contarle una terrible sucesión de hechos.