El susurro de las amapolas 73
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El Hombre de las Amapolas

Érase una vez un hombre que encontró el placer en la tortura y en el asesinato.

A Olmo ya no le extrañaba sentir placer al abrir en canal algún que otro animal muerto. Algunos los recogía durante sus paseos por las montañas; otros los capturaba él mismo y se encargaba de quitarles la vida.

No sabía por qué lo hacía, tan solo se sentía bien realizando actos crueles.

Cuando Olmo llegó a Praixze se instaló en la iglesia, junto con su respectivo cura.

Fue monaguillo durante diez años hasta que, una mañana como otra cualquiera, el cura del pueblo amaneció muerto en su cama. La causa de la muerte fue la propia naturaleza, la edad dijeron algunos, otros simplemente no dijeron nada.

El único que sabe qué paso esa noche, fue Olmo Mendoza. Y, creeme, que de esa parte no quieres saber nada. Ese fue el primer asesinato orquestado por Olmo Mendoza.

Los demás, esos actos crueles que lo han llevado de lleno a la fama, comenzaron en 1992. Hasta ese momento, Olmo Mendoza saciaba su hambre implacable con los animales de las montañas de Praixze.

Pero llegó un momento en el que el monstruo que habitaba en su interior quiso más. Ese hambre voraz de muerte y sufrimiento solo podía saciarse con sacrificios de carne y vidas humanas.

El único problema era que Olmo no podía matar así porque sí, no era de buen cristiano propinarle mal a alguien sin un motivo de peso.

El problema se solucionó cuando Olmo abrió el confesionario. Allí, en esa cabina minúscula de madera donde el que te juzga no es el profeta sino Dios, Olmo descubrió las razones por las cuales su misericordioso padre le había enviado a aquel lugar tan remoto.

Al ser todos creyentes, ninguno se libraba de confesar sus pecados para ser absueltos.

Solo cuando Dios consideraba que uno era lo suficientemente grave como para corregirlo, le daba el aviso a Olmo.

—Dios mío, dime, ¿qué quieres?

—Quiero que salves el mundo, Olmo, hijo mío.

—¿Cómo tengo que salvarlo?

—Matando y rezando.

Ese fue el comienzo de un reinado caracterizado por el terror.

Ese fue el origen del monstruo que en su día bautizaron como El Hombre de las Amapolas.