El susurro de las amapolas 72
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Piel de lobo

Érase una vez un adolescente que probó el fruto prohibido.

Lo hizo en una noche aciaga, mientras posaba una almohada en el rostro adormilado y embriagado de su padre. Al cabo de tres minutos ejerciendo la presión, Umberto Mendoza ya no respiraba.

Olmo no cometió ningún pecado esa noche, solo ejecutó las órdenes que Dios le había encomendado.

Esa noche, Umberto Mendoza llegó a su casa en un estado deplorable. Fumado hasta las cejas, apestando a alcohol barato y con la marca en el cuello de unos labios color carmesí.

Dios le dijo a Olmo que su padre había fracasado en su misión y que él debía impedir que todo el plan se fuera a pique.

Por eso Olmo no titubeó al coger la almohada y presionarla sobre la cara de su padre.

No más palizas. No más rezos autoimpuestos. Solo quedaban en la sala Olmo y su preciada fe.

Al cabo de un rato, Dios volvió a contactar con él y le dijo que debía purificar el lugar. Que esa era una casa en la que residía el pecado.

—¿Cómo he de hacerlo, padre? —le preguntó Olmo.

—La llama purificadora te guiará en el camino, hijo mío —le contesto El Señor.

Olmo ya había comenzado a sentir una especie de adoración excesiva hacia El Mesías, pero lo que confirmó que eso se trataba de un fanatismo enfermizo, fueron las conversaciones que tuvo con la Santísima Trinidad.

Mejor esa parte la omitimos, ya llegaremos al fatídico desenlace al que conducen esas charlas eclesiásticas.

No hicieron falta más explicaciones. Olmo fue al cobertizo en el que guardaba la leña y se echó un par de troncos a su espalda.

Prendió la chimenea a eso de las tres de la noche, bajo el influjo de una luna menguante.

Esperó a que el crepitar de las llamas fuera lo suficientemente intenso y, cuando hubo recogido todas las cosas que necesitaba, sacó un par de brasas y las dejó caer en las alfombras del salón. La casa ardió en cuestión de minutos.

Mientras Olmo se alejaba del lugar contemplando cómo toda la vegetación se cubría con el haz de luz del fuego, solo pudo pensar que estaba un paso más cerca de la gloria.

Doce días después de estar vagando por la vegetación vasca, sobreviviendo a base de animales y agua de río, Olmo Mendoza llegó al lugar donde residiría por el resto de sus días.

Olmo llegó a Praixze con la pretensión de cumplir una misión.

Y es aquí donde comienza nuestra historia.