El susurro de las amapolas 71
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Ojos de cordero

Érase una vez un niño que soñaba con degollar hombres y destripar mujeres.

Nunca jugó con juguetes, nunca hizo las actividades propias de un niño de su edad. Nunca quiso ser bombero o astronauta, solo quería ver sufrir a aquellos que lo rodeaban.

Olmo Mendoza creció sin madre, puesto que ella murió al darlo a luz. Un alma a cambio de otra, un intercambio perfecto por el cual una asciende a las puertas del cielo, y otra surge desde las profundidades del infierno.

Su padre, Umberto Mendoza, lo educó como habría querido su madre. Lo aisló en una casa en las montañas perdidas por el País Vasco y allí le crio para que fuera un hombre de bien.

Si quieres que mamá esté orgullosa, debes rezar mucho y obedecer a la buena voluntad , le repetía una y otra vez su padre cuando Olmo desobedecía alguna que otra norma.

Olmo casi siempre recibía algún que otro correctivo que lo dejaba magullado por algunos días. Primero fueron errores inocentes, cosas que a un niño no le parecen que esté mal.

Pero su padre no opinaba lo mismo.

La primera paliza fue fruto de salir a jugar cuando debía rezar.

La primera vez su padre se lo pasó, pero cuando descubrió que Olmo se escabullía para jugar con los lobos, hizo algo que el jamás olvidaría.

Le dio primero la paliza y después asesinó a los lobos, para que no hubiera más distracciones.

A partir de ahí, aparte de recibir golpes y desarrollar moratones, Olmo recibió algo más que castigos físicos.

Habitaciones oscuras y aisladas, privación del sueño y de la comida durante tres días, y así una cruel y extensa lista de torturas que un Olmo inocente tuvo que soportar a la tierna edad de ocho años.

Poco a poco fue mejorando y ya los castigos frenaron. Se convirtió en un buen cristiano, como quería su madre. Pero esa cristiandad no fue fruto de una fe bien encontrada, sino la consecuencia fatal de la pérdida de la inocencia a manos del hombre que debía cuidarle.

Así Olmo Mendoza descubrió, con tan solo catorce años, cuál sería su misión en este mundo. Esa respuesta dio sentido a su nacimiento y a la pérdida de su madre.

Olmo Mendoza, que no quería ser ni bombero ni astronauta descubrió a lo que quería dedicarse.

Tenía que hacer cumplir la voluntad de Dios.