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El cordero y los lobos
Queda poco tiempo para que salga el sol.
Con toda la pantomima les han dado las cinco de la mañana, por lo que tienen una hora y poco hasta que comiencen a filtrarse los primeros rayos del alba.
Amaia ha guiado a su hijo por un sendero del bosque que les ha llevado hasta un claro en el que los árboles no son tan densos. Hay solo un árbol en el centro, justo lo que han venido a buscar.
Los búhos siguen cantando y los lobos les hacen los coros con sus aullidos. A cada nota que van recitando los animales, Carlos se pone un poco más nervioso.
—Ya estamos aquí, mi amor.
—Vale mamá —titubea el niño— ¿podemos hacer esto rápido y volvemos a casa para el desayuno?
Amaia asiente de forma benévola.
—Claro que sí, cariño —le asegura con una sonrisa un tanto siniestra.
Madre e hijo se aproximan al tronco del árbol. Amaia lo abraza y Carlos, por pura inercia, hace lo mismo.
—¿Qué es lo que tengo que hacer, mamá?
—Échate las manos a la espalda —le pide.
Carlos lo hace sin rechistar, va a obedecer todas las órdenes que provengan de la boca de su madre.
Amaia se descuelga una pequeña mochila y abre la cremallera principal. Del interior extrae tres cuerdas, una muy larga y otras dos un poco más cortas.
Coge una de las cortas y ata las manos de su hijo con un nudo que un niño de apenas esa edad no puede desatar.
—Mamá, me aprieta mucho, me haces daño.
—¿Puedes quitarte la cuerda? —le pregunta Amaia en un tono muy serio.
Carlos hace un esfuerzo titánico por librarse de la soga y no consigue ni siquiera desplazarla un poco, por lo que se frustra.
—No puedo, mamá.
—Perfecto. Ahora apoya la espalda en el tronco mirando hacia mí.
Carlos vuelve a obedecer.
—Oye mamá, esto ya no me gusta.
—¡Cállate, blasfemo! —regaña a la par que le ata con el mismo tipo de nudo los pies.
Con la cuerda más grande le ata al tronco con varias vueltas, de forma que sea totalmente imposible desatarse por sí mismo—.
¡Debes afrontar tu destino como un hombre, pocos tienen el privilegio de encomendarse a Dios!
—¡Mamá! —dice entre lágrimas— desátame por favor.
Amaia sonríe de una manera un tanto siniestra y saca una mordaza de la boca.
—¡Tú no eres una santa, mamá! —grita Carlos antes de que su madre le ponga el pañuelo en la boca.
El pequeño sigue llorando, aterrado.
Se asusta mucho más cuando ve que su madre se acerca a él con una navaja en la mano.
—Esto es una ofrenda para Dios, hijo mío, gracias a ti voy a poder salvar el mundo —le susurra Amaia al oído antes de apuñalarle la pierna a su propio hijo.
Carlos llora y gime de dolor por la herida de la pierna.
Conforme su madre se va alejando del lugar, él se siente cada vez más desprotegido.
Ha confiado en la mujer que le dio la vida y ella ha acabado traicionándolo.
Los lobos comienzan a moverse por la maleza, sienten el miedo del pequeño Carlos hacerse cada vez más y más grande.
Amaia Marín fue la última persona que vio con vida a Carlos Lazkano.
Desde ese día, nadie lo ha vuelto a ver.
Nunca encontraron su cuerpo.
Nadie sobre la faz de la tierra sabe qué fue lo que sucedió con él.