El susurro de las amapolas 68
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Instrucciones para salvar el mundo

Amaia va corriendo hacia la habitación de su hijo mayor. Carlos está durmiendo plácidamente en su cama hasta que descubre a su madre zarandeándolo para despertarlo. Su madre solo ha hecho eso una vez, y esa noche su madre estaba igual de alterada de ahora.

—¿Qué pasa, mamá?

—Cariño... Tengo que hablar contigo —le susurra Amaia mientras le acaricia el cabello.

—¿Qué te pasa, mamá? Estás muy distinta.

Amaia enciende la luz de la habitación y se sienta junto con su hijo en la cama. Le besa la frente y ambos se miran a los ojos.

—Hijo, acabo de tener una conversación con Dios.

Carlos no entiende muy bien qué es lo que significa esa frase, así que opta por callarse y seguirle el juego a su madre.

—¿Y qué es lo que te ha dicho?

—Él me ha contado que no nos queda mucho tiempo, que el mundo se va a acabar.

Que van a venir hombres malos a por nosotros y os separarán a ti y a tu hermana de mí —le explica Amaia mientras se limpia las lágrimas inquietas de los ojos, no quiere que su hijo la vea llorar—.

Pero me ha dicho que nos podemos salvar.

La expresión en el rostro de Carlos se va tornando, ha pasado de ser somnolienta a empezar a estar con miedo. Esta no es una de las tantas ocurrencias de su madre —que ya lleva unas cuantas estos meses atrás—, esta vez se trata de algo distinto. Esta vez su madre habla convencida y segura.

—¿Y qué tenemos que hacer para salvarnos?

Amaia le dedica una sonrisa de oreja a oreja a su hijo.

—Me ha preguntado por ti, mi amor. Me ha preguntado si tenía a un hombrecito fuerte y valiente y le he dicho que sí. Me ha dicho que está muy contento contigo.

Por todos los halagos, Carlos se sonroja.

—¿De verdad te ha dicho eso? —pregunta con un dulce hilo de voz.

—Sí —responde su madre—, y me ha dado una misión para ti.

—¡¿Una misión?! —pregunta el pequeño entusiasmado pensando que todo se trata de un simple juego.

—Y no cualquier misión —explica Amaia—, sino la más importante de todas. Me ha dicho que tú, mi amor, debes de salvar el mundo del apocalipsis.

—¡¿Salvar el mundo?! —Carlos ya no cabe en su minúsculo cuerpo. Ya no siente miedo porque quiere impresionar a su madre. Quiere demostrarle a la mujer que le otorgó la vida que él ya es lo suficientemente mayor como para aceptar una misión tan importante.

Amaia asiente al ver que ha conseguido engatusar a su pequeño Carlos.

—¿Cómo tengo que salvar el mundo, mamá? Dime qué es lo que tengo que hacer y yo te lo hago en un pispás —sugiere orgulloso.

—Tenemos que ir al bosque para completar la misión —le explica Amaia.

A Carlos ya no le parece tan divertido jugar a cumplir misiones. Ahora se hace más el remolón.

—¿De verdad tenemos que ir al bosque ahora, mamá?

Amaia asiente.

—Por supuesto, eso es lo que él me ha dicho. ¿Ocurre algo?

—Es que el bosque me da algo de miedo.

Amaia fuerza un rostro apenado.

—Vaya, mi niño. Yo pensaba que estaba hablando con un hombretón —le dice mientras se levanta de la cama y se va caminando lentamente hacia la puerta para salir de la habitación —pero si no quieres ayudarme no pasa nada, puedo buscar a un niño más valiente.

Tres. Dos. Uno.

—Espera mamá. —La manipulación de Amaia ha surtido efecto—. No te vayas, yo te ayudaré —se jacta al tiempo que se da con la palma abierta en el corazón.

Amaia vuelve a ir junto a él y ambos se acercan mucho. Uno puede sentir el aliento de otro.

—¿Tú me quieres ayudar de verdad? —Amaia está preparando el colofón final de su actuación.

Ya ha hecho la primera parte, que era la más difícil, convencer a un niño asustado de que su madre confía en él para que le ayude a completar la misión más importante de la historia.

Ahora le falta la segunda parte, que es conseguir que vaya con ella, para ello le sigue comiendo la oreja—.

¿Tú quieres salvar a papá, a tu hermana, a la tita Cintia y a mí? ¿Verdad?

Carlos mueve la cabeza hacia arriba y hacia abajo compulsivamente para señalizar su asentimiento.

—Pues mi vida, te prometo que si me ayudas vas a conseguir que todos nosotros nos salvemos. Y no solo nosotros, ¡todo el mundo! Vas a salvar a mucha gente. ¡Serás un héroe mundial!

A Carlos se le ilumina la cara y estalla en emoción.

—¿De verdad, mamá? —pregunta entusiasmado.

—Te lo prometo hijo.

Madre e hijo se funden en un caluroso abrazo acompañado de las voces de los búhos.

—Y, algún día, cariño, todos hablarán de nosotros.

A Carlos le falta tiempo para aceptar la extraña petición de su madre.