67
Experiencia religiosa
Amaia lleva leyendo las sagradas escrituras durante más de una hora.
No ha parado ni siquiera para cenar, desde que ha comenzado a leer el primer párrafo, se ha enfrascado en la lectura sagrada. Hay una fuerza que la lleva impulsando toda la noche para que siga leyendo, y ahora no puede parar.
Está en la habitación que de normal se reserva a los invitados, pero como allí no los visita nadie, es la habitación para cuando alguien no quiere ser molestado.
Hay una lamparita en la mesa y la cama tiene las sábanas limpias, por lo que hace que el cuartito sea el lugar idóneo para una lectura tranquila.
Va leyendo compulsivamente todos los pasajes mientras transita todas las emociones. La ira, el miedo, la tristeza y la alegría se van condensando en una bola que hace que Amaia esté más sensible de lo normal.
Ahora mismo está en la parte en la que Jesús va haciendo milagros acompañado de sus apóstoles.
De momento es su parte favorita, porque ve a través de las letras cómo un hombre descendiente de una divinidad, en vez de utilizar sus poderes para complacer a los poderosos, se dedica a hacer las vidas de los desdichados un poco más amenas.
Amaia simpatiza con todos aquellos a los que cura y salva, porque ella también se siente una desdichada.
Se siente una mala madre porque ha empujado a sus hijos a vivir una vida que no se merecen.
Se siente perdida porque hace años que su vida dejó de ser lo que ella quería.
Amaia siempre ha soñado con formar parte de algo grande, de labrarse por sí misma una identidad.
Antes solo era una ama de casa, pero ella lo que de verdad quería era ser una estrella de los escenarios.
Quería ver a todos esos señoritos y señoritas bien vestidos en sus butacas mientras la aplaudían a la par que le tiraban flores y coreaban su nombre.
Ese momento nunca llegó. Y ya no puede llegar, porque en el momento en el que el mundo se dé cuenta de que sigue viva, los socios de Roberto Díez van a ir a por ella y a por sus hijos.
Y eso no se lo puede permitir.
Mira la posición de las manecillas de su pequeño reloj de muñeca. Entre versículo y versículo le han dado las tres de la madrugada, por lo que antes de continuar con la lectura, sale un rato a despejarse.
Amaia ha ido hacia la parte de arriba de la finca, donde hay un banco de madera para poder sentarse.
Observa el cielo plagado de estrellas, donde puede distinguir cada una de las constelaciones. Esto es cortesía de su difunto padre, que siempre se quedaba con ella a admirar los cuerpos celestes. La luna está llena por completo, cubriendo la negrura de la noche con un haz de luz blanquecino.
Afuera, en el bosque, los lobos aúllan. Hoy es día de caza y no van a dejar que las presas se escapen.
De pronto, Amaia nota una mano gélida se posa en uno de sus hombros. Se gira a toda velocidad, asustada, pero no ve a nadie.
Y, con la misma intensidad, escucha una voz que no proviene de ninguna persona que esté por los alrededores.
—Amaia, hija mía. Cuánto has tardado en responder a mi llamada —le dice la misteriosa voz.
Amaia vuelve a girar la cabeza para encontrarse con el mismo panorama, no hay nadie que la esté llamando.
—Hija mía, ¿me escuchas?
—¿Quién eres? —pregunta Amaia al aire con una expresión de incertidumbre en el rostro.
—Soy Dios, hija mía, tu padre misericordioso.
A Amaia se le llenan los ojos de lágrimas y se le abren como platos, como a alguien a quien le acaban de dar la mejor noticia de todas.
Amaia sale disparada del banco e inclina su pecho hacia la luna llena.
Se santigua a la par que junta sus manos. Es como si un cúmulo de sensaciones le inundarán el corazón.
Emite un gran suspiro, aliviada, porque intuye que la ruleta que hasta ahora controlaba su suerte está a punto de cambiar de tercio.
—Por fin has escuchado mis plegarias, señor mío.
¿Vas a ayudarme a poder vivir en paz el resto de mis días?
—le pide, entusiasmada. La religión era la última cosa que Amaia pretendía probar, porque nunca ha encontrado demasiada simpatía en el seno de la iglesia, pero se ve que cuando alguien está lo suficientemente desesperado, es capaz de encomendarse a una fe.
Ella ha encontrado su salvación con Dios y no va a dejar que nada se interponga ante ella y la vida que se merece.
—Hija mía —continúa la deidad—, antes de ayudarte debes mostrarte digna ante mí.
—¿Qué es lo que he de hacer entonces?
—Al igual que reté a Abraham para que hiciera un sacrificio, a ti he de retarte de la misma forma.
—Dios mío —ruega Amaia—, dime pues qué he de hacer y yo lo haré sin ni siquiera dudar. ¿Qué es lo que quieres, Dios mío?
—Amaia... quiero que me entregues la vida de tu hijo Carlos.