El susurro de las amapolas 62
67%

62

Dos caras

Julia termina de escuchar el relato de su tía con una mezcolanza de terror, compasión y tristeza.

Al fin ha comprendido la primera parte de un rompecabezas al que cada vez le queda menos para ser completado. Ya sabe por qué su familia se ocultaba y cuáles fueron los acontecimientos que los trajeron aquí.

—Así que esa es la razón por la que acabamos en un pueblo perdido, fue porque os buscaban los socios de tu marido —concluye Julia.

—No teníamos a dónde ir. Nadie nos iba a acoger sabiendo quiénes éramos, por lo que decidimos abandonar nuestra vida y empezar de cero, aunque ya ves que ha sido de todo menos fácil.

—Bueno, os dejaron de perseguir. Al menos fuisteis libres.

Cintia se ríe ante la ocurrencia de su sobrina.

—No has perdido tu inocencia, cariño. Nosotros nunca fuimos libres, llevábamos con nosotros una cadena invisible, una que no os quisimos legar a vosotros.

Cuando tu hermano, tú y mi hermana desaparecisteis, pensábamos que todo había sido orquestado por los socios de Roberto.

—Cintia mira con los ojos cargados de lágrimas a su sobrina—. Pero aquí estás, hecha toda una mujer.

—Me siento tan feliz de haberos encontrado. —Julia también se emociona—. ¿Sabes algo sobre mi adopción?

Cintia niega con la cabeza a la par que chasquea la lengua.

—No. Desaparecisteis sin dejar rastro. Os buscamos sin éxito durante años. Si nos hubiéramos enterado de dónde estabais habríamos ido corriendo a buscaros.

La explicación sonaría convincente para alguien que lleva treinta y tres años sin ver a esa mujer.

Ese punto Julia lo cumple, pero el hecho de ser escritora entre muchas comillas te hace ver la realidad de un modo diferente.

Al igual que a un dermatólogo no se le escapa un melanoma, a Julia no se le escapan los sutiles movimientos de los ojos cuando alguien miente.

Aparte de ser una experta en mentirse a sí misma, a Julia también se le da de muerte pillar a mentirosos.

Le echa una mirada a su tía que le indica que ha pillado el engaño.

No sabe qué es lo que le está ocultando, pero tiene muy claro que o hay una media verdad en esta historia o una mentira al completo.

—¿Por qué me miras así, cariño? —le deja caer Cintia, como si no hubiera visto que su sobrina tiene de tonta lo que ella de rubia.

—Quiero que me cuentes la verdad. He venido aquí buscando respuestas y no pienso irme con ninguna pregunta.

—Está bien —admite Cintia— supongo que te lo debemos.

—¿Debemos? ¿Quiénes? —Julia comienza a impacientarse.

—¿Qué quieres saber, Julia?

—Quiero saber qué fue lo que le ocurrió a mi madre.

A Cintia se le escapa una lágrima, que rueda a toda velocidad por su mejilla. Después se mete la mano en uno de sus bolsillos y saca una hoja de cuaderno muy bien doblada que le tiende a su sobrina. La mira por última vez y, con una leve sonrisa que evoca una sensación de nostalgia, le dice:

—Eso tendrá que contártelo tu padre —le dice mientras le da el papel y le cierra la mano.