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Fuera de juego
Lo peor que le puede pasar a un señor mayor de sesenta años es tener que trabajar hasta la extenuación para dar con un callejón sin salida.
A esta impotencia súmale dos factores: es un policía en el interior rural del País Vasco + hace años que ha perdido el rumbo porque el caso que está investigando tiene que ver con el asesino de su hija = no tiene ninguna gana de trabajar porque ya el mundo le importa bien poco .
Este es uno de los tantos pensamientos que Augusto Brueca sobrepiensa todas las mañanas.
Lo hace nada más tomarse el café, mientras se fuma un cigarro en la taza del váter.
Solo dedica ese tiempo a pensar lo poco que le importa ya el mundo, porque después fuerza a sus músculos, nervios y demás componentes del sistema nervioso a trabajar para poner rumbo al cuartelillo.
Javier Morales, en cambio, como ya hemos visto, es absolutamente el alter ego del teniente Brueca.
El pobre chaval cree que haciendo atestados va a salvar el mundo de todo el mal que le rodea.
Que cualquier cosa que se le asigne se lo toma tan enserio que lo lleva hasta las últimas consecuencias.
Lo que pasa es que lo que él quiere es evitar que un supervillano genérico vestido con un traje caro destruya el mundo usando todo su armamento nuclear.
Por eso se quedó en el pueblo, porque era donde su padre le había enseñado a desenvolverse.
Pero ni va a ser espía, ni va a salvar el mundo.
Y si esto les desanima todas las mañanas, las buenas noticias del día no han hecho más que comenzar.
Mientras que Brueca está redactando informes (más bien se está peleando con el ordenador) y Morales está organizando las pruebas, la jueza Caballero entra al cuartel con pies de hierro y con su ya de por sí habitual cara de mala hostia.
—Teniente Brueca, cabo Morales. Conmigo —les ordena, en un modo imperativo con ligeros toques de despotismo.
Morales responde a la orden casi al instante, porque el temor que le tiene a esa mujer es mucho mayor que cualquier cosa que esté haciendo.
Brueca, por otra parte, no arranca hasta pasados unos segundos, cuando ve que la mirada de la jueza se le está clavando en la frente.
Así que hace un esfuerzo sobrehumano para él y va junto a ella.
—Dígame, señoría —le responde el teniente casposo.
—Tengo que hablar muy seriamente con ustedes dos.
Una de las manos de la jueza apunta en dirección al pasillo donde se encuentran las salas de interrogatorios. Un lugar fúnebre en el que dar noticias. Y, por el tono que ha empleado la susodicha, parece que de buenas no tienen ni el nombre.
—Después de ustedes. —Por la comisura de los labios se va asomando una sonrisa que no es de gracia, sino que es símbolo de algo mucho más perverso.
Brueca y Morales encabezan la marcha, como quien va detrás de un ataúd acompañando al difunto. La jueza les sigue, como si fuera un verdugo que les acecha.
El pelotón entra en la sala de interrogatorios número dos y ambos policías toman sus respectivos asientos. La jueza directamente se queda de pie, por si hiciera falta otra muestra de superioridad ante ellos.
—¿A qué se debe el honor, su excelencia? —pregunta, retórico, el teniente Brueca.
—Si no fuera porque está a punto de jubilarse, teniente, ya lo habría despachado del cuerpo.
—Yo también la quiero, señoría —declara con una sonrisa irónica.
—Y más que me van a querer —prosigue, haciendo un barrido con los ojos que va desde Brueca a Morales. El joven tiene el estómago revuelto a punto de echar una buena papilla, mientras que al veterano le entra la información por un oído y le sale por el otro.
Para ser totalmente honestos, a ninguno de los dos policías le cae bien la jueza Caballero. No haría falta hacer la prueba del polígrafo para comprobarlo, basta con verles la cara cada vez que se acerca y pone la puntillita .
—Ustedes dos están fuera del caso, no van a investigar más este asunto de las amapolas —lo suelta sin paños calientes, sin remordimiento alguno.
Acaba de expulsar a los principales investigadores del caso.
Les ha quitado de un tirón la tirita que tenían en la herida más profunda de su alma, dejando a plena vista la cicatriz con una costra todavía sin formar.
—Usted no puede hacer eso —replica Morales.
—En realidad, sí que puedo. Tan solo he tenido que hacer llegar una carta solicitando el relevo a la comisaría central de Bilbao.
Dentro de unas horas vendrá otra nueva unidad para relevarles.
Ustedes dos pueden seguir haciendo lo que han venido haciendo hasta ahora, nada.
Además, este caso nos da dolores de cabeza, ¿en serio creen que hace treinta años nadie movió los hilos para que esto se olvidara?
Escuchen: todo rastro de noticias y periódicos ha desaparecido, hay a gente que les interesa que este pueblo y sus minas estén tranquilos.
Si no, ¿ustedes creen que se habría presentado aquí la escritora?
En cuanto hubiera visto algún resultado en internet que mencionase los asesinatos, ni siquiera se habría acercado a este pueblucho de mala muerte.
Así que, si no quieren buscarse problemas, déjenme trabajar para cerrar este caso a la mayor brevedad posible.
—Señoría, con todo el debido respeto —intenta apaciguar Morales—, no creo que seamos incompetentes. Hace treinta años no había tantas facilidades. Aun contando con ayuda no pudieron dar con él.
El teniente está callado, demasiado tranquilo para la situación, y masculla algo entre dientes que mejor que no lo escuche la jueza porque las palabras que le está dedicando son de todo menos bonitas.
—Por eso voy a hacer llegar un nuevo equipo que sí que me asegure resultados. La fiscalía quiere cerrar este asunto cuanto antes y yo quiero dejar ya este pueblo con olor a marisquería de segunda —termina la jueza, dejando claro que no van a rebatirle su alegato. Ella es la que manda y punto.
La jueza les abre la puerta mostrando sus relucientes dientes blancos. Con una mano sujeta el pomo y con la otra les hace un gesto para que salgan de la habitación. Un gesto muy cortés si no habláramos de la marquesa de tocaloscojones .
—Después de ustedes.
Brueca y Morales salen de la habitación y, a sus espaldas, la jueza cierra la sala y les adelanta por el pasillo, perdiéndose en la multitud que puebla el cuartel.
Allí se quedan el teniente y el cabo, como dos figuras atemorizadas que no han visto nunca la luz del día y que deben salir al exterior. Ahora que ya están fuera, a Brueca no le queda nada por lo que luchar.
—Me voy al bar, chico —espeta el teniente, mientras se relame por la caña espumosa que se va a tomar.
—Lo dejamos así, ¿y ya está? ¿Es que vamos a dejar que nos pisoteen? ¿No vamos a hacer nada por recuperar un caso que es nuestro por derecho?
—Morales, chico, me caes bien. Tu padre era el hombre más bueno que he conocido, de verdad.
Así que por el aprecio que le tengo a él déjame que te diga un consejo que te va a acompañar para el resto de tus días.
Cuanto antes aprendas que la vida se basa en hostias injustificadas y que nada tienen que ver con lo que haces, mejor.
Llegan sin previo aviso para derrumbarlo todo, y no estás saliendo de una cuando ya estás metido en otras dos.
La vida, Morales, no se basa en pillar a los malos y que te cuelguen una medalla del cuello.
La vida consiste en disfrutar cada uno de los días que nos regala porque a la mínima ya tenemos no uno, sino los dos pies en el otro barrio.
Así que, Morales, tómate una cerveza en salud de tu padre y pasa a otra cosa.
A Morales no le da tiempo a responder cuando el teniente ya le ha propinado una palmada en la espalda y se ha marchado por la puerta principal del cuartel bajo la atenta mirada de la jueza Caballero.
Pues se ha quedado buena tarde , piensa Morales antes de echarse a llorar por pura impotencia.