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Padre, he pecado
Amaia entra en la cabina de las confesiones como cada lunes por la tarde.
—Ave María Purísima —comienza Amaia.
—Sin pecado concebida —termina el padre— ¿Qué te trae hoy aquí, hija mía? ¿Has pecado?
—No, padre. Necesito ayuda, no me encuentro bien.
—¿Está tu malestar asociado a lo que hiciste?
—Sí, padre.
—No debes preocuparte por aquello, hija mía. Si estás preocupada por si te quedas fuera de la casa de Dios, déjame decirte que nuestro señor misericordioso ya te ha perdonado.
—No es por eso, padre. Yo ya tengo claro que Dios me ha perdonado todos mis pecados.
—Entonces, ¿qué es lo que te ha traído aquí, Amaia?
—El miedo. Padre, tengo mucho miedo. Cada día que me levanto pienso si va a ser el último en el que voy a ver a mis hijos.
Porque no soy capaz de convivir con lo que hice.
Sellé su destino, yo les he condenado a vivir una vida marcada por la huida.
No me importa lo que me hagan a mí, padre, pero pensar que pueden llevarse a mis hijos, me reconcome por dentro.
—Hija mía, tú no has sellado el destino de tus hijos, ha sido Dios quien lo ha hecho.
Él tiene un plan para todos nosotros, no somos más que simples hormigas que deambulan por su complejo laberinto.
Da igual lo que nos esforcemos en cambiar el pasado, presente o futuro, se trata de su voluntad, él quiere que sea así.
La noche que disparaste a Roberto fue porque él te lo permitió.
Te está poniendo a prueba para ver si eres digna de entrar a su reino, si superas las pruebas a las que él te somete, ganarás un billete dorado al cielo de la cristiandad.
Amaia, no se puede hacer nada ante sus deseos. Haremos lo que él nos ordene.
—Yo... —Amaia no sabe qué responder. Ya ni le salen las palabras—. Presiento que va a suceder algo terrible, más pronto que tarde van a encontrarnos, padre. Siento como si algo me acechara.
—Pero tú eres una madre coraje, ¿verdad? ¿Qué estás dispuesta a hacer para proteger a tus hijos?
—Lo que sea, a ellos les di la vida y a ellos juré proteger. No voy a dejar que mueran a manos de aquellos que nos persiguen.
—¿Incluso volverías a matar?
—Eso no tiene ni que preguntarlo. Por supuesto que volvería a matar con tal de salvar a mis hijos, aunque sus fantasmas me persiguieran por el resto de mis días.
El padre sale del confesionario, y le hace una seña a Amaia para que haga lo mismo.
—Lo que tú sientes, hija mía, es un vacío que solo puede llenar Dios.
Amaia rompe en llanto y se lanza a los brazos del hombre, que la recibe con un caluroso abrazo.
—Déjame que te regale algo, como muestra del aprecio que ambos nos tenemos.
El padre se va a una sala apartada y deja a Amaia sola en la capilla. La iglesia de San Judas Tadeo es enorme, y la estatua de Jesús clavado en la cruz con los ojos abiertos da la sensación de que Amaia se encuentra en un juzgado divino.
Allí sola, sin nadie que pueda verla o escucharla, Amaia recurre a la única salida que le queda. Dios mío, sé que no soy tu seguidora más fiel, pero ayúdame a sanar mi vida , reza Amaia con las manos juntas y cerrando los ojos.
El padre vuelve de la sala apartada y le hace entrega a Amaia de un libro muy gordo, de esos tochos que difícilmente puedes llevar en la mochila.
—Este es uno de mis ejemplares de La Biblia más queridos.
Es una de las traducciones más fidedignas.
Lee la palabra de Dios y él te ayudará en todo cuanto le pidas.
Antes de que me preguntes, sí, funciona.
Si estás dispuesta a seguir su palabra, Dios te hablará al oído para guiarte por el buen camino.
—¿Seguro? ¿Cómo lo sabré?
—Dios habla con todos nosotros, pero solo unos pocos privilegiados somos capaces de transmitir sus mensajes, es como si fuéramos un descodificador divino.
—Gracias por todo, padre.
—Puedes ir en paz, hija mía.
Amaia sale de la iglesia con el libro entre sus manos. Ya está más tranquila, pero la presión sobre el estómago le sigue indicando que va a suceder algo terrible. Y que eso, sea lo que sea, va a suceder más pronto que tarde.