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Señales difusas
El miedo es un arma de doble filo.
Si eres tú quien lo emplea contra otra persona, las consecuencias pueden ser devastadoras.
En cambio, si el miedo lo tienes tú, rondándote cada noche y transformando tu cuerpo en una masa de carne inservible, estás perdido.
Amaia lleva sin pegar ojo durante dos días. Va durmiendo a ratos, cuando el sueño la vence y ella da unas cuantas cabezadas.
Pero las pesadillas siempre la despiertan. Ya no sabe distinguir qué es real y qué es fruto de su perturbada imaginación. Ya escucha ruidos por todas partes, ve sombras allá donde falla la luz.
Amaia está cayendo en una paranoia severa. Cada vez le resulta más difícil aguantar porque todavía no era consciente del todo de su situación. Aunque mirándolo con perspectiva, no tiene una táctica de maniobra fácil.
Hace años que asesinó a un capo de la mafia gaditana cuyos secuaces están dispuestos a hacer lo que sea por mantener el honor. Suma eso a que llevan tres años huyendo de las consecuencias de lo que hicieron la noche de un lunes cualquiera.
Amaia ya no puede ni ir caminando tranquila por la plaza del pueblo sin pensar que va a venir un hombre a toda velocidad y la va a ejecutar de un disparo en la cabeza.
El peso de la culpa la consume. Con cada día que pasa ocultando lo que hizo, sus órganos internos se van pudriendo cada vez más. En la casa de los Lazkano solo hay una consigna: no se habla de Roberto Díez. Y esto Amaia lo respeta por el bien de sus hijos, pero le está costando la salud.
Por eso está de camino a la iglesia. No es que ella sea muy devota, a decir verdad solo tiene la primera comunión y lo hizo obligada por sus padres porque en los tiempos de antes eras cristiano por las buenas o por las malas.
Pero el cura de la iglesia es el único que se ofrece a escucharla, no es la primera vez que se sienta junto a ella para consolarla. Además, el secreto de confesión la ampara, por lo que todo lo que diga en la iglesia, debe quedarse encarcelado en sus cuatro paredes.
Al fin y al cabo, Amaia no está rompiendo ninguna consigna de su familia. En casa de los Lazkano no se puede hablar de Roberto Díez, pero nadie le ha prohibido que hable de él en la casa de Dios.
Por todo ello, Amaia entra a su sesión habitual de confesión.