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La tapadera
—A ver, repítelo otra vez, ¿qué nombres tenemos ahora?
Carlos está ya harto de repetir lo mismo, porque ya llevan dos horas con los nombres y él lo ha pillado a la primera.
—Mamá ahora se llama Amaia, papá ahora es Marco, la tita es Cintia y mi hermana es Julia —repite, obediente, Carlos.
—Y tú, ¿cómo te llamas tú? —insiste Amaia.
—Carlosssss —contesta con cierto desdén en la voz.
—Perfecto, mañana otra vez.
El niño pone los ojos en blanco.
—Sigo sin saber por qué hacemos todo esto, mamá. ¿De verdad es necesario?
Aquí Amaia transita un sendero resbaladizo, porque obviamente no le ha dicho la verdad a su hijo.
No es plan de sentarle y decirle: cariño, mamá ha matado de tres disparos a tu tío Roberto .
Así que se ha limitado a inventarse lo primero mínimamente coherente que se le ha venido a la mente y ha añadido un: porque lo digo yo y punto, que soy tu madre .
Pero ahora, mirando la cara de su primogénito, se compadece porque el pobre ha tenido que madurar a destiempo. Se ha marchado de la que era su casa dejando atrás todo cuanto le rodeaba.
No hace ni tres días que se asentaron en Praixze, en una vieja finca abandonada en mitad del bosque que no pertenece a nadie. Marco ya está remodelándola por dentro para que sea un buen hogar donde criar a sus hijos.
En este pueblo perdido nadie va a encontrarles, nadie va a destruir lo que tanto esfuerzo les ha costado ganarse. Serán libres y por fin, después de tanto tiempo vagando sin rumbo, podrán vivir en paz.
—Escucha, todo va a salir bien. Estamos en una casa maravillosa donde vamos a vivir fenomenal.
—Amaia la de un buen abrazo a su hijo—. Mi hombre de la casa...
Eres lo que más quiero en este mundo, ¿me oyes?
Lo que más. Tú y tu hermana sois lo que más me importa, así que os voy a proteger hasta el final.
No voy a permitir que nadie os haga nada malo porque entonces me lo llevo por delante.
—Pero mamá... tengo mucho miedo. —El pequeño se aferra al torso de su madre. Llora. Llora de miedo como un niño inocente que es. Su madre le seca las lágrimas mientras le van rodando por las mejillas.
—Escúchame, vamos a hacer una cosa. —Amaia mira a los ojos a Carlos—. Cuando tengas miedo, piensa en mi cara. Así sabrás que, pase lo que pase, yo siempre estaré ahí para protegerte.
—¿Me lo prometes? —pregunta el pobre, que no acaba de fiarse del todo.
—Te lo prometo, hijo. —Amaia da por finalizada la sesión cuando besa la frente de Carlos.