El susurro de las amapolas 57
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Una elipsis

Desde el incidente pasan:

Tres interminables años,

cuatro largos meses,

doce intensos días,

siete aburridas horas,

cuarenta y cinco lentos minutos;

y dieciséis sepulcrales segundos.

Y en todo este tiempo, la familia Lazkano ha dedicado cada minuto a arrepentirse por lo que pasó en esa fatídica noche.

Cintia se arrepiente porque ha perdido a un marido, pese a que este la maltrataba.

Pero ella volvía y volvía una y otra vez a caer rendida ante sus brazos.

Ella no es una mujer débil, sino una mujer enamorada que confió en la falsa ilusión que le vendió un hombre que no merecía la pena.

Un hombre que para sentirse mejor que los demás tenía que ser mejor que ella.

Pero ya no va a volver a ponerle la mano encima. Porque está muerto.

Amaia se arrepiente porque ha condenado a su familia a un viaje continuo, una eterna penitencia vagando por toda una península tejiendo una compleja telaraña para que nadie pueda seguirles el rastro.

Una andadura sin cesar en la que no pueden destacar, en la que si asoman el hocico puede que alguien les pille y los lleven a prisión.

No pueden entablar amistad con nadie porque, en cualquier momento, tienen que irse y dejar atrás a aquellos que puedan delatarles.

Marco se arrepiente de no haber podido darle a su familia una vida más digna.

Siendo vendimiador en los campos de Jaén, y sin haber ido activamente a la escuela, no se le ha permitido acceder a otro trabajo que no requiera el esfuerzo físico.

Pero él nunca se ha quejado del dolor que le asola los riñones, ni del encasquetamiento de rodillas cada vez que se levanta al estar sentado.

Él siente que, si las cosas hubieran sido de otra manera, quizá esa noche no habría sucedido lo que desencadenó la marcha de la familia entera.

Y los niños no pueden arrepentirse de nada, porque son demasiado pequeños.

Carlos no entiende por qué ha tenido que abandonar su hogar en el sur, recogiendo sus cosas a toda prisa distinguiendo sus pertenencias entre imprescindible y lo que debe dejar.

Y Julia… un caso aparte, no sabemos ni siquiera si la más bebé de la familia puede pensar algo al estar en los brazos de su madre.

La familia lleva deambulando por la península más tiempo del que deberían.

Huyendo de las casas abandonadas y de los pisos de alquiler sin dejar rastro.

Cambian de identidad cada vez que se mueven, no pueden arriesgarse a que los descubran.

Si alguien les delata como los responsables de la muerte de Roberto Díez, ellos correrán el mismo destino que los cerdos en el día de San Martín.

En todo este tiempo no han conseguido asentarse en ningún lugar, por lo que se fuerzan a recorrer distancias ingentes para dar con el que será su hogar definitivo.

Tras años de anonimato y de desplazamientos, ha llegado la hora de dejar de ser nómadas. Han llegado hasta el País Vasco y han decidido explorar la costa bilbaína. El lugar que buscan solo está señalado por una bolita roja de un color muy débil sobre el mapa del territorio vasco.

El pueblo que están buscando se llama Praixze.

Es un pueblito costero del que nadie ha oído hablar porque forma parte de esos lugares casi mitológicos que, aunque existen, poca gente visita.

Es uno de esos pueblos de paso en los que solo residen la gente que allí nació.

No hay ni rastro de modernidad en sus calles, no tienen nada que implique un contacto directo con el mundo actual.

En otras palabras: nadie en su sano juicio se mudaría a ese pueblo perdido.

Al menos nadie que tenga más opciones y que disponga de otras alternativas.

Pero, en este caso, no las tienen. Las únicas personas que se mudan a Praixze o lo hacen por una situación de pobreza, porque necesitan desconectar del mundo que les rodea o porque tienen algo que esconder. Pero allí nadie va a hacer preguntas inoportunas. Nadie les va a amenazar con acusaciones.

Por fin van a tener la vida que se merecen.

O eso es lo que ellos piensan.

No tienen ni idea de lo que están a punto de hacer.