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La noche que mi marido cayó muerto
El primer error que cometió Roberto Díez fue “enamorarse” de ella. El segundo de sus errores fue ponerle la mano encima a la mujer equivocada. Y, el tercer acto que acabó por condenarlo, fue cruzarse en el camino de Amaia Marín.
Pero vayamos por partes.
Nos situamos en la noche de un lunes cualquiera, donde aparentemente todos los hogares están sumidos en la penumbra que supone haber superado el lunes, acostarse a toda prisa y afrontar con una sonrisa el martes.
Así están todos los hogares menos el de Cintia Marín.
Porque a pesar de ser lunes, Roberto ha vuelto a aparecer borracho a las nueve y media de la noche.
Porque vuelve a estar enfarlopado hasta las cejas después de haber formulado decenas de promesas rotas alegando: cariño, esta es la última vez que pruebo esta mierda, te lo juro .
Pero Roberto lleva encadenando juramentos muchos años y ya incluso él mismo sabe que no va a poder cumplirlos.
Sobre todo porque él es el que debe probar la mercancía antes de ejecutar una entrega.
Díez es uno de los mayores narcotraficantes sobre suelo andaluz. Usando a su antojo a todo el que se le acerca y haciendo desaparecer a todo aquel que ose causarle algún contratiempo. Basta un solo chasquido de dedos para que todo lo que saben de ti, se desvanezca por completo.
Todos en el pueblo saben qué tipo de negocios regenta, pero ningún habitante es lo suficientemente valiente como para plantarle cara. La última vez que alguien se metió con Roberto (pobre alma huérfana) acabó “suicidándose” de dos tiros en la cabeza.
Por eso hay que tener mucho cuidado con Roberto Díez, porque su mala ostia no la aplaca las caricias de su esposa.
Una esposa no deseada, por cierto. Roberto se casó con Cintia por presiones de los padres de esta, ya que les debía algún que otro favor. Ellos decidieron casar a su hija soltera con la pretensión de sacar tajada de sus negocios.
Por lo que Cintia Marín lleva años viviendo en una mentira.
Ella no sabe que los cortejos de su marido formaban parte del plan de sus padres desde el principio.
No sabe que los días que su marido no aparece por casa hasta las seis de la madrugada se ha estado gastando el dinero sucio en burdeles distribuidos por Andalucía.
Cintia tampoco sabe que su marido manda ejecutar a inocentes y que distribuye droga por todo el territorio gaditano. Es mejor que no lo sepa.
Este lunes no es muy diferente de los demás días entre semana. Borrachera, farlopa y golpes, todo en ese orden. Pero este lunes tampoco es igual porque esta vez Cintia no está sola cuando su marido le levanta la mano.
Esta vez Cintia ha sido valiente y ha avisado a su hermana y a su cuñado, quienes han acudido de inmediato a su llamada de socorro.
—¿Qué coño está pasando aquí? —vocifera Roberto con un marcado acento andaluz.
—Que no le vas a volver a poner la mano encima a ninguna mujer, cabrón. —Amaia le planta cara a Roberto, se adelanta y pone a su hermana a la espalda.
Roberto esboza una sonrisa lobuna y le enseña los colmillos. Acto seguido corre hacia Amaia y le asesta un puñetazo en la barriga. Ella cae al suelo y se retuerce de dolor.
Marco va junto a él y le propina un castañazo en la mejilla, pero Roberto no se queda atrás y le devuelve el ataque. Marco dura un poco más en la lucha, y ese es el tiempo que emplea Amaia para levantarse del suelo y ayudar a su marido.
Roberto va defendiéndose como puede, esquivando los golpes de Amaia y Marco mientras intenta zafarse de sus agarres.
A Marco le tocan unas cuantas patadas en el costado, que hace que se tambalee y acabe estrellándose contra la mesa de cristal, que se hace añicos.
Amaia va soportando puñetazos en la espalda y en las costillas, pero llega un momento en el que sus músculos se debilitan y Roberto aprovecha para darle un codazo en toda la mandíbula.
Amaia cae al suelo desplomada mientras Roberto se regocija.
—La siguiente eres tú, hija de puta —advierte Díez sin mirar a Cintia.
Si Roberto hubiera tenido ojos en la nuca, habría visto que algo había cambiado en el semblante de su mujer.
La antigua Cintia era muy sumisa y callaba ante el maltrato; la nueva Cintia, la que ha abierto los ojos tras ver a su hermana tendida en el suelo con un hilo de sangre emanándole de la boca, ha descubierto que su vida merece más la pena que la del pobre desgraciado que tiene por marido.
Así que mientras que Marco y Amaia estaban luchando contra él, ella ha abierto uno de los cajones del mueble del salón y ha sacado el abrecartas.
El impacto es directo y el corte limpio.
Suena un ruido húmedo seguido de un estallido de dolor. Roberto grita e insulta a su mujer al tiempo que desenfunda su pistola del cinturón.
(una pistola que, en toda su existencia, solo disparará cuatro balas)
Al tiempo que Roberto alza el arma, Cintia aprovecha y le tira una de las figuritas de la mesa del salón. El impacto le desequilibra y va junto a su marido. Ambos forcejean y ella le muerde la mano para que suelte la pistola. El arma cae al suelo y ella la empuja con el pie.
Roberto le propina un cabezazo y Cintia cae al suelo.
Este le rodea su frágil cuello de cisne con sus gruesas manos y comienza a ejercer presión sobre la tráquea.
La cara de Cintia comienza a amoratarse, el oxígeno ni le llega a los pulmones y mucho menos al cerebro.
Está a punto de dejarse llevar y dejar que gane la pérdida de conocimiento.
Cuando, de repente, suena un disparo que reverbera por todas las paredes de la casa.
Los ojos de Cintia se abren como platos, una ola de oxígeno inunda sus pulmones.
Roberto cae al suelo con la sien destrozada.
Cintia se levanta despacio del parqué para no marearse y ve a su hermana sujetando la pistola con la que le acaba de volar la cabeza a su marido.
Amaia va junto al cuerpo de Roberto y alza el cañón de la pistola. Ejecuta dos disparos más en la cabeza, solo por asegurarse de que ese cabrón no va a volver a la vida de improviso y les va a buscar por todo el suelo español.
—Cintia —llama Amaia.
—Dime.
—Tenemos que irnos antes de que llegue la policía.
Lo que siguen son pasos apresurados mientras a lo lejos se escuchan las sirenas de los maderos y el crepitar de una llama creciente que se está expandiendo por las cortinas del salón.
Pasados cinco minutos, la casa de Roberto Díez se funde con el calor del fuego.
Lo único que consigue sacar la policía del lugar son sus restos óseos y una caja fuerte medio quemada en la que ha sobrevivido la documentación que compromete tanto al cártel de Roberto como a muchos socios poderosos.
Desde ese día, Klaus Drechsler, mano derecha de Díez, se jura que encontrará a los responsables de la muerte de su socio y que, junto con sus mercenarios, los torturarán hasta el desfallecimiento.
Media hora después, toda la familia Lazkano va viajando en coche hacia su nuevo destino.
Un destino desconocido, sí. Pero al menos van a irse a un lugar donde nadie va a buscarles. Se cambiarán de identidad, porque no se llaman Amaia, Carlos y Cintia (estos son sus nuevos nombres, los de verdad son otros, pero no los vamos a mencionar aquí).
Ahora tienen que ir con mucho cuidado, porque tanto la policía como los socios de Roberto les van a ir pisando los talones.
Van a ser las tres personas más buscadas, porque hace media hora han ejecutado de tres disparos al narcotraficante más importante de Andalucía.