El susurro de las amapolas 55
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La mujer que soñaba sin dormir

La residencia de ancianos situada en la Calle Monacal no tiene pinta de ser un antiguo monasterio.

Construida totalmente en piedra, se asemeja más a una casa rural que a un lugar para cuidar a personas mayores.

Julia pasa a la recepción con una andadura que se queda a mitad de camino entre el miedo y la incertidumbre. Su padre ya le ha advertido que cuando sepa lo que su tía tiene que contarle, no habrá vuelta atrás.

A través de un pequeño mostrador separado por un fino cristal, una mujer algo mayor y con gafas de culo de vaso le llama la atención.

—Disculpe, ¿a qué residente viene a ver?

—Cintia Marín —responde Julia.

La mujer asiente y le desliza a Julia un papel en el que acredite su llegada para completar el registro de visitas.

Una vez firmado el documento, la mujer le dice a Julia el número de la habitación.

La habitación 207, esa es su parada.

Cintia Marín está postrada en su silla de ruedas observando los árboles del jardín por la ventana.

Justo cuando comienzan a danzar a causa de una suave brisa, la puerta se abre. Pasa primero una enfermera, pero Cintia no la mira.

—Cintia, corazón, tienes visita, ¿vale? —La enfermera se gira hacia Julia—. Te dejo con ella. Cualquier cosa estoy de ronda por el pasillo.

Julia asiente y la enfermera se marcha.

Va junto a su tía y se agacha para poder mirarla a los ojos. Cuando las pupilas de Cintia ven por completo la figura de Julia hecha ya toda una mujer, se le saltan las lágrimas.

Julia se extraña ante esta reacción, pues la chica de la recepción le ha advertido que apenas esboza emociones.

—Hola, Cintia, ¿sabes quién soy? —le pregunta con delicadeza, como quien coge a un vulnerable recién nacido.

—Por supuesto que sé quién eres —contesta enérgica y con naturalidad—, tienes los mismos ojos que mi hermana. Eres Julia, mi sobrina.

La susodicha se queda de piedra, porque no esperaba que alguien con demencia pudiera encadenar con coherencia tantas palabras seguidas.

—Pero... ¿cómo...? —Julia ni siquiera sabe qué decir, la situación la sobrepasa.

—No es momento de quedarse en shock, niña. Ve y cierra la puerta y atráncala con la silla.

Ahora sí que Julia empieza a pensar que le ha dado una embolia y que esto lo está soñando mientras está inducida en estado de coma.

—Venga, Julia, hazlo. No quiero que nos molesten mientras te cuento lo que debes saber.

Julia obedece a su tía y cierra la puerta. Después coge la silla y la pone entre el picaporte y el suelo, de manera que, a falta de pestillo, nadie pueda entrar.

—Ahora siéntate en la cama.

Julia obedece por segunda vez.

—¿Cómo sabes que vengo a preguntarte algo?

—Porque llevo muchos años esperando esta conversación. Además tu padre vino el otro día y me advirtió de tu llegada a Praixze.

Julia vacila un poco antes de hacer la verdadera pregunta, pero Cintia se le adelanta.

—Dime, sobrina, ¿qué es lo que quieres saber?

—¿Quién era Roberto Díez?

Cintia sonríe.

—Era mi marido —contesta.

—¿Y por qué mi padre dice que ese hombre nos jodió la vida?

Cintia chasquea la lengua. Estaba claro que su sobrina no se ha cruzado media península para que le den la versión corta de la historia.

Ella quiere la versión completa de la explicación, no va a conformarse con las migajas.

Ha llegado el momento de afrontar la conversación.

—Escúchame, Julia, lo que te voy a contar no puede saberse nunca —le dice su tía con un tono siniestro.

Julia asiente, preparada para escuchar.

Cintia Marín comienza su horrible relato.