El susurro de las amapolas 54
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La familia faltante

Julia llega extasiada hasta la casa familiar. Ha recorrido el bosque en un tiempo récord, porque alguien le destrozó el coche hace unos días. Así que se ha pateado el camino pedregoso a pie hasta llegar a la finca.

Parece que acabo de terminar La Larga Marcha , piensa exhausta y con la respiración entrecortada.

Pero al menos ha llegado de una pieza.

Marco está sentado en el porche, fumándose un cigarro mientras va pelando patatas.

Julia le chista y le saluda con la mano.

—¡Hija! Pasa, que está abierto.

Julia va junto con su padre. Cuando llega al porche, ambos se funden en un caluroso abrazo.

—No te esperaba, ¿te quedas a comer?

—No te preocupes, papá, no vengo para mucho rato. Venía a pedirte la dirección de la residencia en la que está la tía Cintia, quiero ir a visitarla antes de marcharme.

Marco asiente.

—Es en el pueblo de al lado, Txuca, en la calle Monacal. Es un edificio grande y con un pequeño jardín. Antes era un monasterio.

—Gracias, papá.

—Ya te aviso que la tía no está muy allá, así que dime, ¿por qué quieres ir a verla con tanta urgencia? Porque no le vas a dar solo las buenas tardes.

Julia emite una risilla nerviosa, como cuando a un niño le pillan en plena travesura.

—Hombre, niña, que habrán pasado treinta años, pero sigo siendo tu padre. Así que desembucha.

—¿Quién era Roberto Díez? —formula entonces Julia.

En cuanto los canales auditivos de Marco captan el nombre y envían la información al cerebro, su cara se ensombrece y pierde todo rastro de color. Las mejillas están de un color leche desnatada.

—Créeme que no quieres saberlo. Julia, no vayas con tu tía.

—Papá, ¿quién era ese tío?

Marco duda antes de emitir una respuesta. Se debate entre mentirla y que ella descubra la verdad por su cuenta, o empezar a ser sincero con su hija.

Finalmente opta por hacer lo segundo.

—El hombre que nos jodió la vida —contesta Marco tendiéndole a Julia un papel con la dirección de la residencia de ancianos.